Cien años de ‘A este lado del paraíso’, de F. Scott Fitzgerald

por James McDonalD
30 noviembre 2020

El centenario de la publicación de A este lado del paraíso, la primera novela de F. Scott Fitzgerald, amerita algo más que un reconocimiento superficial en esta época de pandemia, cuando incontables millones de estadounidenses enfrentan el desempleo, el desalojo y la pobreza, cuando las instituciones democráticas de Estados Unidos sucumben a los estragos causados por una clase dominante cada vez más dictatorial y cuando el enojo de la clase obrera por todos estos problemas comienza a desbordarse. Es una obra con defectos, que se desarrolla principalmente en los jardines y paseos tranquilos de la Universidad de Princeton y explora la educación moral de un protagonista privilegiado y narcisista.

Primera edición de This Side of Paradise de F. Scott Fitzgerald (1920)

Sin embargo, como punto de partida de la obra de Fitzgerald como novelista, A este lado del paraíso merece una revisión. La novela recompensa al lector contemporáneo con su complejidad psicológica, la prosa lírica y brillante de Fitzgerald y su retrato igualmente personal e incisivo de la sociedad de clases estadounidense.

Francis Scott Key Fitzgerald nació en 1896 en St. Paul, Minnesota, pero vivió los primeros once años de su vida en Syracuse y Buffalo, Nueva York. Los Fitzgerald regresaron a Minnesota en 1908, y en 1911 F. Scott fue enviado a la Newman School, una escuela preparatoria católica en Nueva Jersey, donde demostró tener una inteligencia excepcional y talento para la literatura. En 1913, Fitzgerald entró en Princeton y escribió para una serie de publicaciones del campus universitario, pero dejó la universidad en 1917, sin graduarse, para unirse al ejército tras la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Lamentó el hecho de que nunca pudo servir en el extranjero.

Mejor conocido por El gran Gatsby (1925), enseñada en casi todos las escuelas secundarias y universidades de Estados Unidos y generalmente aclamada como una de las mejores novelas de la literatura estadounidense, Fitzgerald completó solo cuatro novelas: A este lado del paraíso, Los hermosos y malditos (1922), El Gran Gatsby y Suave es la noche (1934). Una quinta novela, El último magnate, fue terminada por el amigo de toda la vida de Fitzgerald, el crítico Edmund Wilson, luego de la muerte de Fitzgerald, en 1940. Pero F. Scott fue un prolífico escritor de cuentos y todavía se hacen muchas antologías con sus relatos, sobre todo con «Bernice se corta el pelo» (1920) y «Sueños de invierno» (1922).

F. Scott Fitzgerald, c. 1920

En su conjunto, la producción literaria de Fitzgerald es a la vez brillante y desigual, un hecho que no debe atribuirse principalmente a ningún defecto del autor, ni siquiera a su conocido alcoholismo, sino a la existencia precaria que el capitalismo impone al artista serio. Si bien disfrutó de una prosperidad fugaz después de la publicación y el gran éxito de A este lado del paraíso, período durante el cual él y su esposa Zelda Sayre se convirtieron en las figuras emblemáticas de «la era del jazz», un término acuñado por el propio Fitzgerald, su carrera se pareció a la de muchos otros escritores de su época. A menudo estaba endeudado y tenía que ganar tiempo para escribir algo notable produciendo mucha mediocridad.

La principal fuente de ingresos de Fitzgerald fue la revista Saturday Evening Post. Esta fue la publicación a la que vendió sus cuentos, muchos de los cuales son bastante buenos (Fitzgerald fue un practicante talentoso y hábil de la forma narrativa), pero algunos fueron hechos solo por el dinero. A mediados de los años treinta, el Post le pagaba a Fitzgerald cuatro mil dólares por historia, mucho dinero en ese momento, pero no lo suficiente para darle la libertad necesaria para hacer un trabajo más serio. Después de Gatsby, pasarían nueve años antes de que Fitzgerald produjera su próxima novela, la magnífica Suave es la noche.

En 1930, Zelda Sayre Fitzgerald tuvo su primer colapso mental. Diagnosticada con esquizofrenia, pasó la mayor parte de sus años restantes en una serie de hospitales y clínicas psiquiátricas y, tristemente, murió en un incendio en un hospital de Carolina del Norte en 1948. Entre los artículos de Fitzgerald hay cartas largas y apasionadas a los psiquiatras de Zelda en las que el escritor intenta ayudar en el diagnóstico y la atención médica de su esposa.

Zelda Sayre, c. 1919

En 1937, Fitzgerald se mudó a Hollywood, como hicieron muchos otros escritores, para hacer libretos para cine y salir de deudas, pero las películas y Fitzgerald nunca se llevaron del todo bien. En 1940, Fitzgerald escribió a sus amigos: «Mis grandes sueños sobre este lugar se hicieron añicos y he escrito la mitad de una novela [ El último magnate ] y una veintena de piezas satíricas (...) al respecto». Ese mismo año, después de haber sufrido durante años una enfermedad cardíaca como resultado del alcoholismo, Fitzgerald murió de un ataque al corazón en su apartamento de Hollywood.

A este lado del paraíso

Como ya se señaló, A este lado del paraíso tiene méritos genuinos.

Fitzgerald escribió esta novela antes de alistarse en el ejército. Su título original era El ególatra romántico y fue publicada cuando él tenía 23 años. A este lado del paraíso es una obra semiautobiográfica sobre la juventud del autor. El protagonista es Amory Blaine, quien, como Fitzgerald, nace en una familia de Minnesota de clase media alta. Durante su infancia, Amory viaja por Estados Unidos y México con su excéntrica madre, Beatrice, visitando un centro turístico tras otro. De su madre, a quien el joven Amory llama por su nombre de pila y de quien no se hace «ilusiones», aprende el arte clásico y el esnobismo de clase: «a los once [años] ya era capaz de hablar corrientemente y con reminiscencias de Brahms, Mozart y Beethoven».

Al igual que Fitzgerald, Amory nace en un ambiente acomodado durante la era progresista de Estados Unidos, antes de que la crisis del capitalismo mundial culmine con el estallido de la Gran Guerra en 1914. Observador pero poco consciente políticamente, el joven Amory es testigo de un mundo de pretensiones de la clase media alta y de rígida estratificación social, donde los criados reciben órdenes de niños malhumorados y uno se hunde en los sofás de cuero del Club Minnehaha.

Seguimos a Amory a un colegio preparatorio del este donde «Al principio todo le fue mal; era universalmente detestado y considerado al mismo tiempo despreciable y arrogante». Efectivamente, Amory es despreciable y arrogante; al comienzo, el lector tiene problemas para identificarse con el personaje y contempla sus aventuras emocionales como una curiosidad. Del tiempo que Amory vive en Princeton, Fitzgerald señala que «la mejor parte del intelecto de Amory estuvo concentrada sobre temas mundanos y sobre las triquiñuelas del sistema universitario y de la sociedad estadounidense representada por los tés de Baltimore y las canchas de golf de Hot Springs».

Otros defectos del joven Amory son su fascinación con el concepto nietzscheano del superhombre, un afecto nostálgico por la «homogeneidad» de la Confederación y un cierto desdén elitista (de hecho, una repulsión) hacia los inmigrantes no anglosajones, todos síntomas de la ideología de la clase dominante de la época. Los propios sentimientos de Fitzgerald sobre las cuestiones de raza y etnia han sido un tema de debate crítico (el más notable involucra el retrato supuestamente antisemita de Nick Carraway del mafioso judío Meyer Wolfsheim en Gatsby ), pero Amory no sería un personaje muy creíble si no compartiera los prejuicios de su clase social. También se puede argumentar que al final de A este lado del paraíso, Amory experimenta una evolución respecto a esas ideas.

En la primera mitad de la novela, la gracia redentora de Amory para el lector, además de su innegable inteligencia, es su sufrimiento afectivo. Su dolor emocional pasa por su apego romántico y desafortunado a una joven o mujer. El objeto principal de su atracción en esta mitad de la novela es la coqueta y presumida Isabelle Borgé (aparentemente inspirada en Ginevra King, una debutante de Chicago y el primer amor de Fitzgerald). Fitzgerald es incisivo y comprensivo con la personalidad de la joven: «Los dos lo habían comenzado por las mismas razones, buenas promesas y un temperamento excitable; el resto era consecuencia de la lectura de unas cuantas novelas baratas y de charlas de vestuario con jóvenes de más edad». Pero Isabelle, como Amory, es consciente de su papel social y lo juega «con una astucia tan descomunal que habría horrorizado a todos sus antepasados». De hecho, uno se sorprende una y otra vez por el grado alto de autoconciencia de los personajes, una tendencia que puede haber llevado a la mayoría de los críticos a considerar que A este lado del paraíso no era una obra de arte totalmente madura.

Ginevra King, c. 1916, la inspiración para uno de los personajes prominentes de This Side of Paradise

En la segunda mitad de la novela, después de un breve «Intermedio» que se ocupa de la experiencia de Amory durante la Primera Guerra Mundial, otros tres personajes femeninos ganan el afecto de Amory y contribuyen a su crecimiento. Clara Page, la prima bella y empobrecida de Amory, es para él una suerte de ideal humano. «Su bondad», piensa Amory, «estaba por encima de la prosaica moral de la cazadora de maridos, dejando aparte la necia literatura sobre la virtud femenina».

Rosalind Connage, aparentemente inspirada en Zelda, la futura esposa de Fitzgerald, es una joven de la alta sociedad, inteligente y apasionada, y se convierte en el interés amoroso más perdurable de Amory. La decisión de Rosalind de no casarse con Amory proporciona el núcleo dramático del resto de la novela.

Eleanor Savage, la última pareja romántica de Amory en la novela, es un personaje fascinante. Al igual que Clara, ella está intelectualmente a la par de Amory, pero Eleanor comparte además la inquietud y el deseo de Amory de tener un papel social satisfactorio, aunque cree que a las mujeres se le niega ese papel. Como resultado de ello, Eleanor pierde su equilibrio emocional y se convierte en un personaje trágico, una nota aguda y dolorosamente irónica de Fitzgerald teniendo en cuenta el colapso mental posterior de Zelda.

Amory demuestra que es capaz de tener amistades masculinas en Princeton, generalmente basadas en la admiración intelectual, como ocurre con el poeta Tom D'Invilliers y el radical Burne Holiday. Las conversaciones entre Amory y estos compañeros de clase ofrecen algunas de las mayores satisfacciones intelectuales de la novela, ya que los jóvenes hablan de poesía, carácter y propaganda de guerra. Amory también desarrolla una amistad estrecha con el Monseñor Darcy, un confesor y mentor cultural del protagonista, inspirado en el padre Sigourney Fay, el mentor de Fitzgerald en la Newman School.

La conciencia de Amory emerge de su matorral narcisista en su último año en Princeton y el protagonista comienza a reconocer la importancia del mundo a su alrededor. Aun así, como el mismo Fitzgerald, Amory deja Princeton sin graduarse para unirse al ejército. No hay una explicación para esta decisión, ni en la novela ni en las cartas de Fitzgerald, pero parece que tanto Amory como F. Scott sintieron que tenían el deber patriótico de luchar en la guerra.

Tras el «Intermedio» de la guerra y durante la segunda mitad de la novela, Amory desarrolla su madurez intelectual e independencia, pero con un costo material. En la escena final de la novela, un Amory desempleado acepta que dos hombres de negocios lo lleven en su automóvil. Cuando los hombres conversan con él, Amory se sorprende a sí mismo al decirles que es socialista. Aquí Fitzgerald usa a Amory principalmente como portavoz y presenta un argumento a favor de una sociedad socialista como respuesta a una clase burguesa que le ha negado a la clase obrera incluso las reformas propuestas por el sindicalismo: «Es lo que ustedes han conseguido», insiste Amory; «La gente como ustedes no hace concesiones hasta que se ven obligados a ello».

Fitzgerald/Amory enfrenta en este diálogo los argumentos comunes contra el socialismo que uno sigue encontrando en el día de hoy. A la objeción de que la propiedad estatal de la industria ha demostrado ser un fracaso (en Rusia), él responde: «No, solamente fracasó». A pesar de su evaluación del porvenir de la Revolución rusa desde el punto de vista privilegiado de 1919, Amory afirma que un sistema de industrias nacionalizadas se beneficiaría si pusiera «las mejores cabezas para los negocios a trabajar para el gobierno al mismo tiempo que para sus propios asuntos».

Sus interlocutores lo cuestionan respecto a la violencia de la revolución y uno de ellos le pregunta «¿No cree usted en la moderación?». Amory responde: «Nadie escucha a los moderados, es demasiado tarde. La verdad es que la gente ha hecho una de esas cosas sorprendentes que suele hacer cada cien años. Ha comprendido una idea y se ha apoderado de ella».

Naturalmente, ni Amory ni Fitzgerald tienen una comprensión sólida del marxismo, más allá de que sean claros sobre la incapacidad de la reforma y la «moderación» para contener las contradicciones internas del capitalismo. De todas formas, además de simpatizar con la Revolución de Octubre de 1917 y el bolchevismo, Fitzgerald estaba al tanto de la recesión económica y los levantamientos laborales internacionales que se produjeron después de la Primera Guerra Mundial. Los sentimientos antiobreros y antisocialistas encuentran su expresión en las bocas de los personajes menos interesantes del libro y la defensa enfática del socialismo por parte de Amory en esta escena proporciona una nota estimulante en el cierre de la novela.

Con estos puntos en mente, A este lado del paraíso es una obra de arte defectuosa que, empero, dialoga con nuestro tiempo político. Es un retrato íntimo y, en última instancia, una crítica incisiva de la cultura de la clase dominante estadounidense realizada por uno de los críticos más sofisticados de esa cultura.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 23 de noviembre de 2020)

 

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