El plan de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood para implementar criterios raciales y de género: un ataque de derecha a la libertad artística

por David Walsh
14 septiembre 2020

La decisión de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood (AMPAS) de exigir que las películas se ajusten a ciertos criterios raciales y de género sexual para ser candidatas a su premio a Mejor Película es un ataque feroz a la libertad artística y un paso hacia un camino siniestro.

Las acciones revelan que el sector acomodado que está a cargo de Hollywood, aliado con el Partido Demócrata, es indiferente u hostil al proceso mediante el cual se crea el arte y está decidido a perseguir despiadadamente su agenda política y económica egoísta y codiciosa. Lejos de generar más “diversidad” e “inclusión” en un sentido significativo, las reglas impuestas por la Policía del Pensamiento de AMPAS restringirá aún más la producción de películas y establecerá límites implícitos sobre lo que se puede y no se puede decir.

Sitio web de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas

En realidad, lo que estamos presenciando es el intento de imponer un segundo Código de Producción, el conjunto de regulaciones de censura, impuesto por un infame aparato político y cuasirreligioso, que restringió severamente a los cineastas estadounidenses desde 1934 hasta mediados de los años sesenta.

Las nuevas políticas son el resultado de varios años de intensa presión por parte de activistas de la política de la identidad, figuras de Hollywood alineadas con el Partido Demócrata y medios de comunicación como el periódico el New York Times. El pretexto para esta iniciativa fue proporcionado por #ÓscaresTanBlancos, la polémica que estalló en 2016, cuando, por segundo año consecutivo, los veinte actores seleccionados para los premios en la categoría principal y de reparto fueron intérpretes blancos.

La Academia se propuso “diversificarse”; por eso invitó a varios miles de personas (con una proporción considerable de mujeres y miembros de “comunidades étnicas/raciales poco representadas”) a unirse a sus filas. Según el sitio web Deadline, este año la organización anunció que sus invitados son “internacionales en un 49%, mujeres en un 45% y de escasa representación étnica/racial en un 36%”.

En junio los funcionarios de AMPAS hicieron el anuncio alarmante de que un grupo de tareas estaba trabajando en la siguiente fase de su “iniciativa de equidad e inclusión”, conocida como “Apertura de la Academia 2025. Un comunicado de prensa del 8 de septiembre anunció los nuevos “estándares de representación e inclusión” para el premio a la mejor película propuestos por el grupo de tareas, presidido por dos gobernadores de la Academia, DeVon Franklin (¡productor, conferencista de motivación y predicador!) y Jim Gianopulos (multimillonario presidente y director ejecutivo de Paramount Pictures).

Las fórmulas ideadas por este organismo son viles y absurdas. Para ser considerados elegibles para el premio a la mejor película en los premios de la Academia 2024 (en 2022 y 2023 los productores solo tendrán que enviar “un formulario confidencial de Estándares de Inclusión de la Academia”), una película deberá cumplir con al menos dos de cuatro estándares (A hasta D).

Para alcanzar el “Estándar A”, una película debe cumplir uno de los siguientes criterios:

El “Estándar B” exige que un cierto número de “jefes de departamento o puestos de liderazgo creativo” (“Casting, Fotografía, Música, Vestuario, Dirección, Edición, Estilista, Maquillaje, Producción”, etc.) pertenezca a los citados “grupos poco representados”. Requiere que al menos el 30% del equipo de producción de la película forme parte de los mismos grupos de escasa representación.

El “Estándar C” se refiere al “acceso y las oportunidades en la industria”, que incluye la provisión de becas o pasantías remuneradas para mujeres y miembros de grupos raciales o étnicos; y el “Estándar D” requiere que un estudio o productora cuente con varios altos ejecutivos pertenecientes a los “grupos poco representados (...) en sus equipos de marketing, publicidad y/o distribución”.

La Academia invita a 819 personas a ser miembros en 2020

¿Por dónde empezar?

La premisa subyacente de esta iniciativa, como argumentamos en 2016, cuando esto se convirtió en un tema destacado, es que “aparentemente hay que clasificar y evaluar las obras de arte en función de si estas reflejan una perspectiva masculina o femenina, negra o blanca”. Les gustara o no, advertimos que estas fuerzas estaban estableciendo un estándar básico: “las mujeres ganan más del arte producido por las mujeres, los judíos del creado por los judíos, los afroestadounidenses del ‘arte afroestadounidense’, etc.”.

Con la idea de que la perspectiva artística está encuadrada completamente por la raza o el género, los burócratas de AMPAS y sus asesores han elevado estos asuntos al nivel de una cosmovisión. En términos ideológicos, en su obsesión por la raza en particular, estos puntos de vista han estado asociados históricamente con la extrema derecha.

En 2016 señalamos que “los nazis promovieron la existencia de culturas ‘arias’ y ‘judías [bolcheviques, liberales, degeneradas]’ distintivas, separaron la ‘música aria’ de la ‘música judía’ y así sucesivamente. Clasificaron a las personas de manera colectiva como ‘razas’, con características heredadas y, como señala un comentarista, ‘relacionadas no solo por la apariencia externa y la estructura física, sino también por su vida mental, formas de pensar, habilidades creativas y organizativas, inteligencia, gustos y aprecio por la cultura, la fuerza física y la destreza militar’”.

Agregamos que “aquellos que ven el arte y la cultura en términos raciales (o de género) y hacen de la raza (o el género) la base de una teoría de la estética legitiman y fomentan este tipo de inmundicia”. Ahora se confirma con creces nuestra oportuna advertencia de que la Academia se encaminaba en la dirección de las cuotas raciales o de género.

Según la perspectiva del grupo de expertos de la Academia, el “arte” es un mero medio para un fin, poco más que la enunciación o expresión (mediante el uso de actores, platós, decorados) de la esencia racial o de género sexual de un artista. Otra vez, ¿qué tan lejos está esto del punto de vista de Hitler de que la forma exterior del arte debería encarnar “un ideal racial interno” (Henry Grosshans, Hitler and the Artists )?

Notablemente, en su comunicado de prensa la Academia tiene la audacia de afirmar que sus objetivos “no comprometerán la libertad creativa que deben tener los cineastas”.

Si los miembros del grupo de trabajo y los gobernadores de la Academia realmente creen esto, su iniciativa subraya cuán saturados están de política de identidad. “La libertad creativa”, en sus mentes, se reduce a la expresión de una identidad racial o de género.

En realidad, la Academia está empujando a los artistas cinematográficos en una dirección definida. No hay nada neutral o “inocente” en sus nuevos estándares.

Por su mera existencia e insistencia, estos estándares trasladan la atención del artista y del público hacia cuestiones de raza, nacionalidad y género y la alejan de los problemas de clase, desigualdad, pobreza y el peligro de la guerra y la dictadura. Es un mandato ligeramente velado de temas e historias. La burocracia de Hollywood les está diciendo a los productores, escritores y directores: esto es lo que debería preocuparles, estos son los temas patrocinados y respaldados oficialmente, lo que queremos que muestren al público.

La cuestión de la verdad artística genuina no es importante para estas personas. Para ellos es inimaginable que un cineasta se dedique de todo corazón, con abnegación, a la búsqueda de retratar la vida tal cual es, independientemente de las consecuencias.

Comienzan con cálculos cínicos sobre qué tipo de película podría ser aceptable para la opinión pública de clase media o rentable para los inversores y asumen que los artistas tienen el mismo punto de partida. Ninguna obra seria fue creada con un libro de recetas del que el artista simplemente selecciona los ingredientes adecuados.

En manos de los operadores de la política de la identidad en Hollywood, la “diversidad” y la “inclusión” es un eslogan vacío y fraudulento. Lo que está en juego desde un punto de vista económico es el intento de un sector ya privilegiado de afroestadounidenses y mujeres de acaparar una parte mayor de las ganancias de la industria del entretenimiento.

No hay más “diversidad” cuando una capa pequeñoburguesa adinerada reemplaza a otra y la única diferencia radica en el color de la piel o el género sexual. Todos los grandes esfuerzos de “inclusión” hechos hasta este momento no han mejorado ni un ápice la producción generalmente miserable en Hollywood. Blancos o negros, hombres o mujeres, lo único que vemos en las pantallas de cine son los pensamientos y sentimientos no muy inspiradores del cinco o siete por ciento del sector más rico de la población.

El egoísmo de estos sectores no conoce límites. En los últimos años, su desprecio hacia Lincoln, Free State of Jones, Green Book y otras películas ha revelado su profunda hostilidad hacia el cine que apunta a preocupaciones más amplias, más generales, las inquietudes más saludables de la gran mayoría de la población.

Como escribimos en otra ocasión hace cuatro años: “Obviamente, hay un enorme problema de ‘falta de diversidad’ en Hollywood, pero no es racial. Estados Unidos es una sociedad enormemente compleja, con una población de unos 320 millones de personas, que en su gran mayoría trabajan por un salario —o les gustaría hacerlo. ¿Qué tan bien representada está la clase trabajadora en el cine estadounidense, incluida la población afroestadounidense y latina abrumadoramente proletaria? En general, ¿qué tan a fondo retrata Hollywood las complejidades de la sociedad estadounidense y a su población?

“Con honrosas excepciones, el cine estadounidense y global contemporáneo explora únicamente las vidas y los sentimientos de una pequeña fracción de la población, la clase media alta acomodada y egoísta, en sus diversos reductos de riqueza”.

Todo artista serio debe experimentar un sentimiento de repulsión cuando se le dice qué y cómo crear una obra, especialmente por una alianza de vendedores de aceite de serpiente y directores ejecutivos racistas. La fórmula, la completa libertad para el arte, adquiere un significado cada vez mayor y más concreto, y revolucionario.

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(Artículo publicado originalmente en inglés el 11 de septiembre de 2020)