Otra vez: ¿Qué pasó con la caza de brujas de #MeToo?

por David Walsh
12 septiembre 2020

Ya preguntamos antes y preguntamos otra vez: ¿qué pasó con la campaña de #MeToo (#YoTambien)?

Desde octubre de 2017 en adelante, al menos hasta los primeros meses de 2020, los medios de comunicación estadounidenses estaban repletos —se podría decir pletóricos— de acusaciones espeluznantes por conducta sexual inapropiada contra figuras destacadas de las artes y otros ámbitos. La salvaje caza de brujas atacó a figuras como Kevin Spacey, James Levine, Louis C. K., Charles Dutoit, Garrison Keillor, Jeffrey Tambor, Plácido Domingo y muchos otros.

Se destruyeron carreras y vidas sobre la base de afirmaciones generalmente infundadas. Ninguna de las figuras mencionadas fue condenada por un solo crimen; solo Spacey fue acusado de un delito (el caso de Massachusetts, que se disolvió patéticamente). Los periódicos el New York Times y el Washington Post y las revistas The New Yorker y New York participaron alegre y regularmente en el destripamiento de varias celebridades en base a pruebas dudosas o sin evidencia alguna. En 2017 la revista Time eligió como “personaje del año” a las “rompedoras del silencio”.

¿Cómo y por qué desapareció repentinamente de las portadas y los noticieros la conducta sexual inapropiada, uno de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo, sobre todo en Hollywood, de acuerdo a lo que decían los medios de comunicación en 2017, 2018 y 2019? ¿Por qué cesó repentinamente la fiebre “MeToo”?

En primer lugar, su desaparición, temporal o no, apunta al carácter altamente manipulado de tales esfuerzos. Con gran fanfarria, los medios estadounidenses abren un grifo en un momento determinado y lo cierran en el siguiente. Todo está dictado por las necesidades de la élite gobernante de orientar a la opinión pública en un sentido u otro, siempre con una agenda política más amplia en mente, sobre todo para confundir y engañar al pueblo.

Uno de los papeles principales de la prensa sigue siendo, en palabras de Lenin, “acallar a gritos la verdad, por impedir que sea oída, por ahogarla en un torrente de chillidos e insultos para impedir una aclaración seria de los hechos”. Cuando el New York Times cambia de tema y reemplaza sus titulares de “¡sexo, sexo, sexo!” con otros dedicados casi exclusivamente a la “¡raza, raza, raza!” y “¡Rusia, Rusia, Rusia!”, sabe que amplios sectores de la clase media acomodada le seguirán la corriente.

Desde octubre de 2017, muy pocas voces (más allá del WSWS) han señalado que el “escándalo sexual”, un instrumento para ajustar cuentas y regular los asuntos públicos, ha estado asociado casi siempre a la actividad de elementos reaccionarios, decididos a contaminar el ambiente político y a empujarlo hacia la derecha.

La operación #MeToo utilizó un lenguaje muy emotivo con respecto a temas muy íntimos y apeló a la repulsión natural del público ante la idea de abuso sexual y la explotación de personas vulnerables. Junto con la histeria anti-Rusia, la protesta por los delitos sexuales fue uno de los medios para retener a un electorado principalmente de clase media alta (y a cualquier otra persona que fuera persuadida) dentro de la órbita del Partido Demócrata.

Con respecto a la llamada “cultura de la violación”, los demócratas se pintaron a sí mismos como “progresistas” que “defendían a las mujeres” de los abusadores. Hubo mucho material turbio y dudoso en las sórdidas afirmaciones que fueron transmitidas de manera instantánea por el Times y el resto; peor aún, las acusaciones dieron lugar a reportajes “a fondo” que se quedaron cortos en nombres y hechos. La supuesta lucha universal y atemporal entre mujeres “impotentes” y hombres “poderosos” fue una cortina para tapar o minimizar los temas candentes de clase y desigualdad social y el deterioro de las condiciones en las que viven decenas de millones de personas.

La campaña de conducta sexual inapropiada se convirtió, por otros medios, en una extensión de la miserable campaña presidencial de 2016 de la demócrata Hillary Clinton, que estuvo saturada de política de identidad antiobrera, incluida la demonización de Brock Turner, el desafortunado estudiante de dieciocho años de la Universidad de Stanford.

Desde el punto de vista de sus defensores, estas operaciones tienen además el efecto práctico de desplazar a hombres de puestos altos en los medios de comunicación, la industria del entretenimiento y el mundo académico y reemplazarlos con mujeres. Esto es parte de la guerra de género que se libra actualmente en esas esferas profesionales, que no tiene el más mínimo resultado positivo para las mujeres de la clase obrera.

Una vez que el exproductor de Hollywood Harvey Weinstein fue declarado culpable y sentenciado brutalmente, a mediados de marzo, la campaña #MeToo fue pospuesta. Como argumentamos en julio, uno de los principales factores que dictaron este cambio de táctica y tono fue el proyecto electoral 2020 del Partido Demócrata y las perspectivas de Joe Biden en particular. En una entrevista radial del 25 de marzo, Tara Reade, la exempleada de Biden, afirmó que el entonces senador de Delaware la había agredido sexualmente en 1993. El New York Times y la mayoría de los grandes medios recibieron la noticia con frialdad e incluso con escepticismo. En este caso la consigna “creer a las mujeres” choca de manera obvia y peligrosa con los planes y la política del New York Times y de los demócratas.

A mediados de mayo el Times dio la señal oficial de que la campaña ya no era una preocupación totalmente apoyada al criticar a Ronan Farrow, del New Yorker, uno de los héroes de #MeToo por sus revelaciones sobre el caso Weinstein en octubre de 2017. Si bien el Times usó un lenguaje relativamente moderado, su artículo insinuaba que Farrow era un farsante, como había señalado el WSWS. ¿Y dónde está Farrow ahora?

También se ciernen sobre los hechos los efectos persistentes (no informados seriamente) del escándalo de Jeffrey Epstein. Epstein, el financiero que se “suicidó” en agosto de 2019, tenía conexiones con muchas figuras influyentes en Estados Unidos y el resto del mundo. El caso de un individuo que parece haber sido el proxeneta de los multimillonarios representa una amenaza constante para personajes importantes, algunos de ellos sin duda en las altas esferas de los medios estadounidenses. Es otra razón para poner freno a las acusaciones sexuales más salvajes. Esto permite entender, por ejemplo, por qué Rose McGowan, la inestable activista de #MeToo, celebrada alguna vez por su “valentía”, ha perdido momentáneamente el acceso a los medios de prensa “respetables”.

Desde marzo las principales feministas de #MeToo han hecho piruetas para justificar su apoyo a Biden a la luz de las acusaciones de Reade. Para aclarar: su dilema no tiene nada que ver con que Biden sea un viejo lacayo de las grandes empresas, un oportunista podrido (que una vez se alió en el Senado con segregacionistas ultrarreaccionarios como James Eastland, de Mississippi, y Herman Talmadge, de Georgia) un belicista y corporativista que tiene las manos manchadas con la sangre de miles y miles de personas en Libia, Siria, Irak y Afganistán. Esos temas no perturban a esta gente privilegiada.

Lo que realmente inquieta a estas feministas con respecto a Biden, para ponerlo en las palabras de Rebecca Traister en “The Biden Trap” (La trampa Biden), una nota de abril en el sitio web The Cut, de la revista New York, es que el exvicepresidente es “un acosador que ha sido acusado de manera creíble de agresión”. En agosto, cuando se acercaba la proclamación de Biden como candidato, Traister se refirió a él (en la nota “La fantasía de sumisión femenina de Biden”), como alguien que “ha hecho que muchas mujeres se sientan incómodas con su hábito de toqueteo no consentido”. Pero que Biden prosiga con los crímenes masivos del capitalismo estadounidense en el país y en el extranjero no es un motivo de preocupación para Traister y los de su calaña.

Por su parte, Jessica Valenti, del sitio web Medium, solo estaba preocupada a principios de agosto por el “examen” que tendría que aprobar la mujer elegida por Biden como candidata a vicepresidente. “Ya es bastante malo”, comentó Valenti, “que otro hombre blanco y mayor represente a los demócratas en las elecciones presidenciales, pero ahora tenemos que volver a ver cómo se critica y se descarta a mujeres inteligentes y capaces, otro recordatorio de lo misógino que es este país”. Valenti, naturalmente, incluyó en ese grupo de “mujeres inteligentes y capaces” a Kamala Harris, la exfiscal de derecha que finalmente fue elegida por Biden como compañera de fórmula presidencial.

Estas personas están a miles de kilómetros de las necesidades y los problemas de la clase obrera; hombres y mujeres, blancos y negros e inmigrantes. O, mejor dicho: su lealtad al Partido Demócrata, la obsesión por su propio avance, sus privilegios y su apego al mercado de valores y a la parasitaria economía capitalista estadounidense los vuelve cada vez más hostiles al grueso de una población que se opone a todo el sistema político.

Quienes se consideran de izquierda y apoyaron el fraude de #MeToo deberían patearse su propio trasero y preguntarse por qué se dejaron manipular y arrastrar tan fácilmente por esta caza de brujas vergonzosa y destructiva.

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(Artículo publicado originalmente en inglés el 8 de septiembre de 2020)