El imperialismo alemán y el extraño caso de Alexei Navalny

7 septiembre 2020

El 20 de agosto, el político prooccidental ruso Alexei Navalny se enfermó en un vuelo a Moscú, Rusia. Después de ser transferido a un hospital en Berlín, el Gobierno alemán anunció categóricamente que había sido envenenado con un agente nervioso “novichok”.

Políticos y medios de comunicación de los países occidentales, y sobre todo de Alemania, han declarado que el Gobierno ruso es responsable del envenenamiento de Navalny y han intensificado sus llamamientos a enfrentar a Rusia. Un cierto patrón se está repitiendo. Se produce un incidente e inmediatamente los medios de comunicación declaran que “Putin” o “Asad” son los responsables, lo que requiere una respuesta inmediata.

Incluso un caso rutinario de homicidio implica una gran cantidad de investigación antes de que se nombre públicamente al presunto autor. Pero en este caso, todos los medios de comunicación occidentales concluyeron inmediatamente y de forma unánime quién es el culpable.

Asumiendo que Navalny fue envenenado, uno pensaría que al menos habría una selección de sospechosos. ¿Es remotamente posible que alguien haya envenenado a Navalny porque se opone al régimen de Putin, no porque lo apoya?

Después de todo, el Gobierno alemán está bajo una inmensa presión de los Estados Unidos para detener la construcción del gasoducto Nord Stream II, y los últimos acontecimientos ya han acelerado los llamamientos para el abandono del proyecto.

Alemania ha considerado históricamente a Europa del Este como su esfera de influencia, o para usar el término de Hitler, “Lebensraum”. Ahora, casi ochenta años después del comienzo de la Operación Barbarroja, que causó más de 27 millones de muertes soviéticas, Alemania vuelve a liderar la carga contra Rusia.

En una entrevista con el periódico Rheinische Post, la ministra de Defensa alemana Annegret Kramp-Karrenbauer amenazó explícitamente al Gobierno ruso con represalias.

El “sistema de Putin” es un “régimen agresivo, que busca sin escrúpulos hacer valer sus intereses por medios violentos y viola repetidamente las normas internacionales de comportamiento”, declaró. El envenenamiento de Alexei Navalny es la prueba de que en Rusia se utilizan armas químicas prohibidas contra la población. Así pues, el régimen de Putin está “al mismo nivel que regímenes, como el de Siria, que han utilizado armas químicas contra su propia población civil”.

Las acusaciones infundadas y en muchos casos totalmente desmentidas de que el Gobierno sirio desplegó armas químicas contra civiles han servido repetidamente de pretexto para que las potencias occidentales lancen ataques aéreos contra el país.

La retórica es igualmente agresiva en las páginas de opinión de los principales periódicos. El diario financiero alemán Handelsblatt arrementió el 25 de agosto al decir que hay que dejar claro “que Occidente tiene un mordisco además de un ladrido, y que su enfoque de congraciarse con Moscú ha llegado a su fin”. El 3 de septiembre, Der Spiegel exigió: “El momento de la dureza es ahora. Este es el momento de herir al hombre del Kremlin”.

La canciller Angela Merkel echó combustible al fuego el miércoles, cuando declaró en una conferencia de prensa que los toxicólogos del ejército alemán habían demostrado “sin lugar a dudas” que Navalny fue víctima de un crimen y fue envenenado por un agente nervioso de la familia novichok. Dio un ultimátum al Gobierno ruso para que “responda a preguntas muy serias” y anunció que la Unión Europea y la OTAN emprenderían una acción conjunta.

Ambas organizaciones respondieron inmediatamente a las demandas de Merkel. En una declaración del jueves, la UE amenazó a Rusia con sanciones. En una carta al Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, 107 diputados del Parlamento Europeo exigieron una investigación “dentro de las estructuras de las Naciones Unidas o del Consejo Europeo” para “indagar sobre los antecedentes reales de este crimen”. La iniciativa de la carta fue tomada por el diputado alemán de los Verdes, Sergey Lagodinsky.

Sería el colmo de la ingenuidad creer que el posible envenenamiento de Navalny es la razón de esta agresiva campaña contra Rusia. Su caso solo sirve como pretexto para intensificar la ofensiva contra Rusia que la OTAN lleva mucho tiempo persiguiendo. Alemania en particular está aprovechándose del caso para dar un paso más hacia su largamente acariciado objetivo de resurgir una vez más como una gran potencia militar.

Nada de lo dicho sobre el caso Navalny por los medios o los políticos puede ser tomado al pie de la letra. La hipocresía de la supuesta preocupación hacia lo que le ocurra a Navalny es imposible de exagerar.

Tras el asesinato de la periodista maltesa Daphne Caruana Galizia, y del periodista de investigación eslovaco Jan Kuciak y su prometido, no se habló de sanciones, a pesar de que existen pruebas sólidas que apuntan a la participación de círculos poderosos dentro de los Gobiernos y la patronal. Ambos países son miembros de la UE y de la OTAN.

Esta misma semana, el empresario eslovaco Marian Kocner fue absuelto por un tribunal del asesinato de Kuciak, a pesar de que varios testigos lo identificaron como el autor del asesinato del periodista. El régimen saudita nunca se enfrentó a la amenaza de sanciones después de que ordenara el asesinato y el desmembramiento del periodista de la oposición Jamal Khashoggi en su embajada en Estambul.

Aún no se han presentado pruebas que demuestren “más allá de toda duda” que Navalny fue envenenado por un agente nervioso de la familia novichok. El laboratorio de Múnich que presentó las pruebas no es ni neutral ni independiente. Está bajo el mando del ejército alemán, que juega un papel principal en la acumulación militar de la OTAN contra Rusia y tiene un interés directo en desacreditar al Gobierno ruso. Hace 20 años, la agencia de inteligencia extranjera alemana (BND) desempeñó un papel importante en “probar” la existencia de armas de destrucción masiva iraquíes, que sirvieron de pretexto para la guerra dirigida por EE.UU. contra Irak, pero que luego se demostró que no tenía fundamento.

Pero incluso si se aceptara que Navalny fue envenenado, esto no prueba de ninguna manera la participación del régimen de Putin. El novichok se produjo en los laboratorios soviéticos durante los años 70 y 80, pero tras la disolución de la Unión Soviética fue, como todo lo demás, obtenible con dinero. Por ejemplo, se sabe que el BND compró una muestra de novichok a un científico militar ruso en la década de los 90 y la compartió con sus homólogos occidentales, lo que sugiere que están en condiciones de producir novichok. El agente nervioso también se ha descubierto en manos privadas y se ha utilizado para ajustar cuentas entre los gánsteres búlgaros.

Además, es inexplicable que el exagente de inteligencia Putin haya sido tan tonto como para envenenar primero a Navalny y luego permitirle salir para una clínica alemana dos días después, donde debió haber asumido que el veneno sería descubierto.

Como explicó el World Socialist Web Site en un artículo esta semana, Navalny tiene lazos con extremistas de derecha, oligarcas que compiten con el Kremlin, y agencias de inteligencia occidentales. Tiene muchos enemigos que tenían interés en deshacerse de él. También es posible que haya pisado los pies de uno de sus mentores, que puede haber visto el ataque como una oportunidad para desacreditar a Putin.

En 2014, la clase dirigente alemana llegó a la conclusión de que era necesario asumir más “responsabilidad internacional” y emprender una gran acumulación militar. “Alemania es demasiado grande para comentar la política mundial desde el margen”, dijo el entonces ministro de Asuntos Exteriores y actual presidente alemán Frank-Walter Steinmeier en la Conferencia de Seguridad de Múnich

Desde entonces, el país ha puesto en marcha un programa de rearme masivo, ha participado en varias intervenciones militares en Oriente Próximo y África, y se ha unido a la concentración militar de la OTAN en las fronteras de Rusia. El resurgimiento del militarismo fue acompañado por la trivialización de los crímenes de los nazis y el fortalecimiento de las fuerzas de extrema derecha, como Alternativa para Alemania. Con la pandemia del coronavirus, estos acontecimientos se han intensificado.

Ya antes del asunto de Navalny, la Sociedad Alemana de Asuntos Exteriores (DGAP) publicó un comentario agresivo de su presidente, Tom Enders, en el que pedía a Alemania que llevara a cabo una política exterior “valiente y combativa”. Enders fue director ejecutivo de Airbus antes de pasarse a la DGAP. Airbus, junto con Boeing, no solo es el mayor productor mundial de aviones civiles, sino también el mayor fabricante de armas de Europa.

El hecho de que el imperialismo alemán esté emprendiendo ahora contra Rusia sigue un patrón histórico. En su lucha por el “espacio vital en el este”, el régimen nazi invadió la Unión Soviética y trató de exterminar a grandes sectores de la población soviética. En su creciente conflicto con Rusia, la burguesía alemana está recurriendo una vez más a estas tradiciones criminales.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 5 de septiembre de 2020)

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Peter Schwarz