Clases sociales, capitalismo, el asesinato de George Floyd

12 junio 2020

El funeral para George Floyd en Houston, Texas el martes se produjo después de dos semanas de poderosas protestas contra la violencia policial que estallaron tras la publicación del video de su asesinato a manos de cuatro oficiales policiales de Minneapolis.

Cientos de miles han tomado las calles en cada estado en Estados Unidos y en docenas de ciudades internacionalmente. Estas manifestaciones espontáneas, uniendo a los manifestantes de toda raza y etnicidad, no solo han sido motivadas por un sentido abrumador de ira y disgusto por el asesinato policial de un hombre negro desarmado, sino también una ira generalizada por la brutalidad, injusticia y desigualdad que prevalecen en la sociedad estadounidense.

Lo que subyace la respuesta explosiva a la agonía final de Floyd es la experiencia masiva de millones de jóvenes y personas trabajadores y ordinarias frente a la realidad brutal estadounidense.

Manifestantes en una conmemoración de George Floyd donde murió fuera de Cup Foods, en la calle este 38 y la avenida Chicago, 1 de junio de 2020, Minneapolis (AP Photo/John Minchillo)

Las manifestaciones han dado expresión a un poderoso deseo de cambio fundamental. Dentro de este movimiento, hay cada vez más personas que reconocen que la brutalidad policial es una manifestación de malestares sociales más profundos, arraigados en la estructura económica de la sociedad y la extrema concentración de la riqueza en un segmento pequeño de la población. Esta consciencia cada vez mayor, la cual se dirige inevitablemente hacia el socialismo y un rechazo explícito del capitalismo, genera temor en la clase gobernante. Por ende, ella hace todo lo posible para desviar este movimiento de masas hacia cauces que pueda manejar políticamente. Esta es la función de la narrativa racial que domina toda discusión oficial sobre la brutalidad policial y el asesinato de George Floyd.

Vale la pena repasar las etapas de la respuesta de la clase gobernante al asesinato.

La respuesta inicial al asesinato de Floyd fue el encubrimiento típico de todo asesinato policial. Ninguno de los oficiales involucrados fue sometido a cargos ni arrestos. El video de su muerte, el cual se había vuelto viral en redes sociales, hizo colapsar la narrativa de que simplemente fue otra muerte más bajo custodia policial y e hizo estallar la ira que venía acumulándose bajo la superficie.

Después de la sorpresa inicial en la élite política ante la respuesta al asesinato de Floyd, con una noche tras otra de protestas, primero en las calles de Minneapolis y luego en todo el país, la clase gobernante respondió con la fuerza completa del Estado. La policía golpeó e hirió a manifestantes, con una ronda y otra ronda de gases lacrimógenos, granadas de humo, balas de goma, sacos de perdigones y aerosol de pimienta. Se calumnió a los manifestantes pacíficos como alborotadores y saqueadores, mientras que los periodistas se volvieron un blanco de ataques y arrestos. Más de diez mil fueron arrestados, en su mayoría por violar los toques de queda impuestos por alcaldes demócratas, cientos quedaron heridos y muchos murieron como parte de la embestida. La Guardia Nacional fue desplegada en docenas de estados para asistir en la represión.

El ápice de la represión ocurrió en Washington D.C., donde el presidente Donald Trump intentó poner en marcha un golpe de Estado militar. Este plan fracasó, al menos por el momento, no por la oposición del Congreso (no hubo ninguna), sino porque algunos militares temían que su intervención prematura pudiera desencadenar una resistencia violenta y una guerra civil para la que el Pentágono no está aún lo suficientemente preparado.

En esta situación inestable, el Partido Demócrata, los principales medios de comunicación y las grandes empresas han pasado a la etapa de la cooptación, tratando de reformular las cuestiones que motivaron a los jóvenes y a los trabajadores a salir a la calle de una manera más aceptable para la clase dirigente. El papel que desempeña el racismo en la violencia policial se ha amplificado para encubrir todas las demás cuestiones sociales.

Aunque el funeral de Floyd permitió expresiones genuinas de dolor por parte de su familia y el público que la acompañó, fue cínicamente manipulado por ese sector de la élite política y la burguesía negra, que se especializa en descarrilar y desarmar la opinión pública.

El presunto candidato presidencial de los demócratas, el exvicepresidente Joe Biden, y el embaucador político Al Sharpton recibieron en la ceremonia una prominente atención para enmarcar la violencia policial como una cuestión fundamentalmente racial, que puede resolverse con reformas leves. Ninguno de los dos tuvo nada que decir sobre el hecho de que el presidente Trump y una parte importante del Estado aprovecharon las protestas para preparar un golpe de Estado para derrocar la Constitución.

Sharpton afirmó deshonestamente que, si la víctima en Minneapolis hubiera sido blanca y los policías negros, no se habría dudado en arrestar a los policías y presentar cargos. Biden declaró que el asesinato de Floyd fue el resultado de un “abuso sistémico”.

Si alguien representa el abuso sistémico, es Biden, cuya carrera política en un período de 40 años está marcada por la criminalidad, la indiferencia y la reacción. Ha actuado como una figura importante en la estructura de poder del Partido Demócrata, redactando la Ley de Control de Delitos Violentos y Aplicación de la Ley de 1994, que intensificó el encarcelamiento masivo de hombres principalmente afroamericanos y amplió la pena de muerte. Como vicepresidente de Barack Obama durante ocho años, Biden formó parte de una administración que canalizó equipo militar por valor de miles de millones de dólares a la policía y encubrió un asesinato policial tras otro.

Rechazando los llamados a “desfinanciar” a la policía, Biden propone en cambio proveer 300 millones de dólares en fondos federales adicionales para “revigorizar” a la policía y ayudar a implementar cambios limitados como más cámaras corporales, un estándar nacional para el uso de la fuerza y la contratación de más policías de las minorías. También pide que se integre a los proveedores de servicios sociales en la policía cuando respondan a llamadas de emergencia relacionadas con la salud mental, el consumo de drogas o las personas sin hogar, obligando a los trabajadores sociales a actuar como un brazo de la policía.

El antiguo oponente de Biden en las primarias del Partido Demócrata, Bernie Sanders, tomó la misma posición. En una entrevista publicada en The New Yorker el martes, Sanders se opuso a los llamados a “abolir” o “desfinanciar” a la policía, pidiendo en cambio más fondos y más entrenamiento. En su larga entrevista, Sanders evitó cualquier mención de la “revolución política” (su antiguo eslogan de campaña) o la “clase milmillonaria”. Sus posiciones son ahora indistinguibles de las de Biden.

Los principales medios de comunicación y la élite política han dejado de lado cualquier referencia a la realidad que subyace tanto a la brutalidad de la policía como a la erupción masiva de protestas populares.

No se menciona el hecho de que la policía mata a más de 1.000 personas cada año, un promedio de tres asesinatos diarios, la mayoría de los cuales no son afroamericanos. No se menciona la difícil situación de los trabajadores hispanos y otros que están siendo acorralados por miles como parte de la guerra fascistizante de Trump contra los inmigrantes. No se menciona el nivel histórico de desempleo que ha asolado el país debido a la pandemia COVID-19 ni los 114.000 muertos por las políticas asesinas de la Administración de Trump y los Gobiernos estatales.

También hacen caso omiso a las interminables guerras de EE.UU. y la relación entre las guerras en el extranjero y la violencia policial militarizada en el país. Se ignora un hecho que era ampliamente entendido en los años sesenta, a saber, que la violencia del imperialismo estadounidense en el extranjero estaba vinculada a la violencia estatal en el país, así como la bien documentada relación entre la policía, el ejército y los preparativos para la represión masiva.

Aunque es fácil que frases como “supremacía blanca” y “racismo sistémico” pasen por los labios de estos políticos burgueses, una palabra es inmencionable: capitalismo. No permiten ningún examen de los procesos sociales y económicos más profundos, los inmensos niveles de desigualdad social acumulados durante décadas que han creado las condiciones para la muerte de Floyd y tantos otros trabajadores como él.

En cambio, se promueven nuevamente reformas vacías, que se han mencionado una y otra vez en los últimos 50 años.

El objetivo de los demócratas y sus lacayos en la prensa, la pseudoizquierda y el mundo académico es anestesiar la opinión pública con retórica sobre enfrentar la “fragilidad blanca” y asegurar que la relación de la violencia policial con el sistema social y económico más amplio no se plantee de manera significativa. El propósito de la sofistería de los académicos de clase media y ahora avanzados por los demócratas es librar al sistema capitalista de cualquier culpa y, en cambio, afirmar que la violencia policial es el resultado de una sociedad irremediablemente racista —encarnado en particular en los trabajadores blancos.

Las manifestaciones de las dos últimas semanas, que han sido multirraciales y multiétnicas y que se han expandido por todos los sectores del país, han puesto en evidencia los argumentos de que los Estados Unidos son una sociedad fundamentalmente racista.

En declaraciones ayer ante el Congreso, Philonise Floyd, hermano de George Floyd, llamó elocuentemente la atención sobre el movimiento unido e internacional que ha surgido tras su muerte: “George pidió ayuda y fue ignorado. Por favor, escuchen el llamado que les hago ahora, los llamados de nuestra familia y los llamados que resuenan en las calles de todo el mundo. Las personas de todos los orígenes, géneros y razas se han unido para exigir un cambio”.

Los trabajadores y los jóvenes deben reconocer que la narrativa racial presentada por la clase dirigente no explica de ninguna forma los problemas fundamentales a los que se enfrenta la clase obrera en los Estados Unidos y en todo el mundo.

El Partido Socialista por la Igualdad busca conectar la lucha contra la violencia policial y la defensa de los derechos democráticos con un movimiento político independiente de toda la clase trabajadora contra la desigualdad, la pobreza, la guerra y el sistema capitalista. Hay un enorme potencial ahora para la construcción de un movimiento socialista. Pero la radicalización política de las masas de trabajadores y jóvenes debe convertirse en una lucha revolucionaria consciente por el socialismo.

(Publicado originalmente en inglés el 11 de junio de 2020)

Niles Niemuth