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Walter Reuther y el auge y caída del UAW

por Tom Mackaman
17 octubre 2019

La huelga de 46.000 trabajadores de la General Motors ha azuzado a los trabajadores en una batalla no solo contra una poderosa corporación transnacional sino contra el United Auto Workers, que, lejos de movilizar a los trabajadores para luchar, está haciendo todo lo posible por dividir a los trabajadores y allanar el camino para una claudicación.

La transformación del UAW en una herramienta corrupta de las compañías automovilísticas plantea enormes desafíos a la clase trabajadora. La situación actual es el producto de una larga evolución de los sindicatos a escala global: Como organizaciones basadas a nivel nacional orientadas a la defensa del sistema de ganancia capitalista, los sindicatos han degenerado, bajo el impacto de la globalización capitalista, hasta llegar a ser poco más que una fuerza policial de la patronal. Sin una clara comprensión de las raíces de este proceso, no será posible construir una nueva dirección en la clase trabajadora que sea capaz de elevarse al nivel de las tareas planteadas por la situación actual.

Para ayudar a los trabajadores de hoy estamos publicando de nuevo artículos que tratan sobre la historia del United Auto Workers y la evolución de los sindicatos.

Hoy estamos colgando un artículo escrito por el miembro de la junta editorial, Tom Mackaman, que fue publicado originalmente en 2015 tras la lucha de ese año por el contrato en el sector automotor. Este artículo se centra en la refutación de la leyenda que se construyó alrededor del expresidente del UAW, Walter Reuther (1907-1970). Los apologistas del UAW a menudo intentan contraponer un reutherismo supuestamente “progresista” al rumbo actual del UAW. De hecho, como demuestra Mackaman, el estado actual del UAW representa el resultado histórico de las políticas propuestas por Reuther.

* * *

El sindicato United Auto Workers, en su impulso por romper la oposición de la base e imponer contratos dictados por las compañías automovilísticas, se ha revelado como una agencia de las corporaciones y del Estado. Los trabajadores se han dado de bruces con el hecho de que no tienen medios organizados para oponerse a las demandas de Wall Street.

Bajo estas condiciones, no sorprende que exista una cierta nostalgia hacia tiempos pasados cuando el UAW se asociaba con mejoras en los salarios y las condiciones. Esto está a menudo vinculado al nombre de Walter Reuther, presidente del UAW desde 1946 hasta su muerte en 1970 en un accidente de avión.

Varias fuerzas han cultivado la leyenda de Reuther, desde altos burócratas del UAW hasta los supuestos “disidentes” dentro del aparato sindical, desde los medios y académicos liberales hasta la pseudoizquierda estadounidense representada por grupos como la Organización Socialista Internacional y Alternativa Socialista. El mito se resume en un esbozo biográfico de Reuther en el sitio web del AFL-CIO:

“Reuther era ampiamente admirado como el modelo de sindicalista de mente reformista, liberal y responsable —el más destacado intelectual obrero de su época, un campeón de la democracia industrial y de los derechos civiles que usaba el proceso de negociación colectiva y la influencia política del trabajo para hacer avanzar la causa de la justicia social para todos los estadounidenses”.

Tras la presentación oficial de la carrera de Reuther hay concepciones políticas definidas. Si esta evaluación fuera cierta, se seguiría que el declive del UAW y el resto del movimiento obrero oficial fue o bien el resultado inevitable de factores que están completamente por fuera del control de la dirección sindical y no tenían nada que ver con cuestiones de programa y política, o bien que este declive podría revertirse y se podrían mejorar las cosas para los trabajadores si burócratas visionarios como Walter Reuther pudieran volverse a encontrar.

En realidad, la transformación del UAW en un apéndice patronal de los grandes negocios y del Estado, y su papel como fuerza policial industrial desplegada contra los trabajadores a los que representa nominalmente, no es la negación, sino más bien el resultado del reutherismo. El que fuera presidente del UAW por tanto tiempo defendía el compromiso de clase y la aceptación del “derecho” de los capitalistas a la ganancia, junto al apoyo político al Partido Demócrata, la defensa sin ambigüedades del imperialismo estadounidense y el anticomunismo.

Reuther nació en 1907 en la ciudad industrial acerera y tabacalera de Wheeling, en West Virginia, y era hijo de un inmigrante socialista de Alemania. Su padre, Valentine, se postuló como candidato por el Partido Socialista en West Virginia e idolatraba a Eugene Debs, el socialista y dirigente sindical que fue encarcelado dos veces —una vez por dirigir la huelga de los ferroviarios en Pullman en 1894, y otra vez por su discurso en Canton, Ohio en 1918 oponiéndose a la participación de los EEUU en la Primera Guerra Mundial.

Eugene Debs

Para su segunda condena, Debs fue encarcelado en el penitenciario federal de Moundsville, en West Virginia, muy cerca de Wheeling. Allí, Valentine Reuther llevó a sus hijos —Walter, de 11 años, y Victor, de 6— a saludar al viejo interno “para que su hijo viera a su gran líder obrero, Eugene Debs, en persona, y así ser inspirado por él para seguir el mismo sendero de devoción a los principios de la clase trabajadora”, en palabras de un biógrafo.

Walter Reuther dejó la escuela secundaria a los 16 años de edad, y se empleó en la industria de la fabricación de herramientas en Wheeling. Pronto lo pondrían en una lista negra, probablemente por agitación sindical, y en 1926 se fue de West Virginia y se mudó a Detroit, uniéndose a la migración de cientos de miles de trabajadores —blancos, negros e inmigrantes— atraídos por la aparentemente interminable necesidad de trabajo de las fábricas de coches.

El desplome de la bolsa de 1929 puso un fin brusco a este crecimiento. Por el punto bajo de la Gran Depresión, en 1933, 250.000 trabajadores de Detroit habían perdido el empleo, entre ellos Walter Reuther. En esos mismos años, Reuther volvió a la política socialista, y se unió a la Liga por la Democracia Industrial en lo que más tarde sería la Universidad Estatal de Wayne, donde él y Victor tomaron clases y, en 1932, al Partido Socialista. En 1933, Walter y Victor viajaron a la Unión Soviética, donde trabajaron durante casi dos años en una planta construida por la Ford. Reuther fue un trabajador ejemplar en la Unión Soviética. Condecorado con medallas y gratificaciones, también contribuyó con artículos a diarios moscovitas.

Más tarde Reuther intentó restar importancia a este período de su vida. Pero en Detroit en los '30, no era raro que jóvenes trabajadores como los hermanos Reuther se desplazaran hacia la órbita de grupos que se consideraban a sí mismos socialistas o comunistas. La atracción al socialismo se basaba en gran medida en la influencia de la Revolución rusa y el fracaso visible del “sindicalismo patronal” de colaboración de clases de la vieja American Federation of Labor (AFL), que se negaba a organizar a los trabajadores industriales —la “gentuza” y “desechos” de la sociedad estadounidense, en palabras del presidente de Teamster de la AFL, Dan Tobin. La humillación del trabajador industrial estaba hecha de la miseria social de la Gran Depresión.

Por encima de todas las otras cosas, la AFL de Samuel Gompers y su sucesor como presidente de la federación, William Green, intentó alejar del socialismo a los trabajadores, que Gompers pensaba que “confundiría a los asalariados y los engañaría con una esperanza vana” de una sociedad mejor. “El movimiento obrero, para tener éxito políticamente, debe trabajar por resultados presentes y tangibles”, Gompers dijo al resumir la filosofía de la AFL. Entre las “vanas esperanzas” que no eran vistas como “tangibles” estaba el organizar a los trabajadores industriales.

Samuel Gompers

En 1934, los trabajadores industriales hicieron trizas el mito de su desamparo. Ese año, tres grandes huelgas a nivel de una ciudad entera —de los camioneros de Minneapolis, los estibadores de San Francisco y los trabajadores automotores de Toledo— electrizaron a la clase trabajadora. Cada huelga tuvo socialistas en su dirección y, en el caso de Minneapolis, la huelga fue dirigida por trotskistas. La huelga de Toledo obtuvo el primer contrato significativo en la historia de la historia automotriz. Fue guiada por miembros del American Workers Party, que se fusionó unos pocos meses después de la huelga con los trotskistas de la Communist League of America para crear el Workers Party.

Los burócratas que presidían los sindicatos industriales ya existentes —incluyendo a John L. Lewis del United Mine Workers (UMW), Sidney Hillman del Amalgamated Clothing Workers, y David Dubinsky del International Ladies’ Garment Workers— reconocían que la revuelta de los trabajadores en la industria básica continuaría con o sin la sanción de la AFL. Formaron el Comité para la Organización Industrial como un cuerpo dentro de la AFL a finales de 1935 como un medio de poner coto al recrudecimiento. Pero tal fue la oposición de la AFL a organizar a los trabajadores industriales que condenó al CIO como “sindicalista dual” y lo expulsó de la Casa del Trabajo en septiembre de 1936. El naciente UAW, con solo unos pocos miles de miembros cotizantes, siguió al CIO al salir de la AFL.

John L. Lewis y David Dubinsky

Mientras tanto, crecían las señales de un próximo estallido en las plantas de la industria automotriz. En abril de 1935, los trabajadores de la transmisión de Chevrolet en Toledo fueron a la huelga. El paro cerró la producción en toda la región y fue seguido pronto por huelgas de solidaridad en otras plantas de la Chevrolet que implicaron a unos 35.000 trabajadores. En el invierno de 1935-1936, se propagaron huelgas —que incluían ocupaciones de fábrica en “huelgas de brazos caídos”— por la industria de neumáticos en Akron, Ohio.

En la segunda convención del UAW, celebrada en la primavera de 1936 en South Bend, Indiana, los delegados votaron unánimemente la formación de un partido laborista y votaron rechazar una resolución que prohibía a los comunistas en la organización. Una segunda resolución, que rechazaba apoyar a la administración Roosevelt, fue revertida solo en el último minuto después de que el lugarteniente de John L. Lewis en la convención, Adolph Germer, a quien el CIO encomendó “mantener la situación controlada”, amenazó con cortar toda la financiación al UAW.

En palabras del historiador Art Preis, “Jóvenes militantes de todas las tendencias radicales, especialmente el Partido Socialista (cuya izquierda por entonces incluía a los trotskistas) y el Partido Comunista, desempeñaron un papel muy activo e influyente en la convención”. Entre los delegados radicales estaba Walter Reuther, a quien al principio se le había negado la admisión porque, como trabajador en una lista negra, fue contratado bajo una identidad falsa en su planta de la General Motors en el oeste de Detroit. Habiendo entrado a la convención de South Bend como un desconocido, Reuther salió de allí habiendo ganado la elección al Consejo Ejecutivo del UAW.

Había solo unos pocos delegados del área de Flint y representaban solo a más o menos 500 trabajadores. Pero meses después, fue en Flint, hogar de la corporación más grande del mundo, la General Motors, que los trabajadores industriales dieron su siguiente gran paso adelante con las ocupaciones de fábrica con huelga de brazos caídos de 1936-1937. La huelga, una de las más importantes en la historia de los EEUU, empezó espontáneamente pero pronto se encontró bajo el liderazgo de los radicales del UAW.

Entre los principales organizadores estaban Kermit y Genora Johnson. Parte de la izquierda del Partido Socialista, ellos pronto se unieron al movimiento trotskista. Genora Johnson desempeñó el papel principal en la organización de Auxiliar de Mujeres de Flint, un desarrollo inspirado por la huelga de Teamsters de 1934 en Minneapolis, para apoyar la ocupación de 44 días. Otro organizador clave fue Roy Reuther, el hermano menor de Walter también miembro del Partido Socialista. Walter Reuther contribuyó a la victoria ayudando a llevar 500 trabajadores a Flint —una de las muchas caravanas de trabajadores que vinieron cuando el gobernador de Michigan Frank Murphy, demócrata y partidario del New Deal, apareció dispuesto a enviar la milicia del Estado para desalojar a los trabajadores. La huelga obligó a GM, la corporación más grande del mundo, a reconocer al UAW como el agente negociador de sus trabajadores.

Ocupación de fábrica en Flint

Después de Flint, las ocupaciones de fábrica barrieron el país, incluyendo a Chrysler en Detroit. Una oleada huelguística sacó del trabajo a casi dos millones de trabajadores en 1937. Desde septiembre de 1936 hasta junio de 1937, más de 484.000 trabajadores estadounidenses participaron en ocupaciones de fábrica o de sus lugares de trabajo. De estos, casi todos estaban en industrias no sindicalizadas o sectores en los que los sindicatos apenas estaban surgiendo.

El UAW creció de 30.000 miembros antes de Flint a casi 500.000 en solo un año. El propio West Side Local 174 de Detroit de Reuther creció de 100 a 30.000 miembros. Los sindicatos que incluía el CIO (renombrado Congreso de Organizaciones Industriales) rápidamente llegó a los 3,7 millones de miembros, más de la mitad de los 6,3 millones de trabajadores estadounidenses organizados.

Estas cifras subrayan un punto crítico: el recrudecimiento de la militancia de la clase trabajadora no solo tenía lugar por fuera de la AFL, sino en oposición a esta. El viejo sindicato no podía ser reformado. Había que sacarlo a empujones. El intento del jefe de la AFL William Green por cooptar al UAW tuvo como resultado que el presidente del UAW que él puso a dedo, Francis Dillon, fuera expulsado un año antes de Flint. Más tarde, cuando el presidente del UAW Homer Martin intentó llevar de vuelta al UAW a la AFL, también él fue hecho a un lado.

La hostilidad era recíproca. Green denunció las ocupaciones de fábrica como teniendo “graves implicaciones en detrimento de los intereses de los trabajadores”. Las huelgas de brazos caídos desafiaban la perspectiva de los colaboracionistas de clase de la AFL al plantear la pregunta: ¿quién regirá la industria, los trabajadores o los capitalistas?

El CIO luchó por la organización industrial, pero sus más altos funcionarios también temían la rebelión. Como los dirigentes de la AFL, ellos no podían simplemente colocar un burócrata favorito en la presidencia del nuevo sindicato, como Lewis había hecho cuando puso a su lugarteniente del UMW Phillip Murray a cargo del Comité Organizador de los Obreros del Acero en 1936. En ese momento, había demasiada democracia dentro del UAW como para tanta mano dura.

Lewis y Hillman tuvieron que encontrar un aliado en el UAW con una reputación como una base militante y por lo tanto real de apoyo entre las bases, que era sin embargo responsable ante el objetivo dominante del CIO: subordinar la revuelta de los trabajadores industriales a Franklin Roosevelt y el Partido Demócrata. La audición de Reuther llegó en 1938, cuando Lewis y Hillman “insistieron en que renunciara al Partido Socialista”, en palabras del historiador Sidney Fine, y que apoyara al aliado de Roosevelt, Frank Murphy, en su candidatura a la reelección como gobernador de Michigan. Reuther le dio el gusto, pero presentó su aceptación del Partido Demócrata en 1938, como lo haría siempre en las elecciones ulteriores, como un expediente práctico y “realista” en beneficio de los trabajadores. No rechazó abiertamente la formación de un partido laborista independiente hasta principios de los ‘50.

El ascenso de Reuther al círculo íntimo del CIO coincidió con el fin de sus grandes conquistas organizativas. En 1937, con el apoyo tácito de Roosevelt, las corporaciones lanzaron un contraataque antisindicalista en medio de la “recesión de Roosevelt” de 1937-1938 —una recesión dentro de la Gran Depresión durante la cual el desempleo subió al 19 por ciento y la producción manufacturera cayó el 37 por ciento, volviendo a niveles de 1934.

La subordinación del CIO al Partido Demócrata ya había llevado a los trabajadores industriales a un punto muerto. Durante su intento fallido por organizar “Little Steel” —los competidores menores de US Steel— al menos 15 trabajadores fueron asesinados a sangre fría en Chicago y en Ohio en la primavera y en el verano de 1937. Simultáneamente, los espías y matones de Henry Ford se las arreglaron para parar el impulso organizador del UAW en el segundo mayor fabricante de automóviles del país. Reuther aumentó su reputación al recibir una paliza de manos de los matones de Ford en la “Batalla del paso elevado”, que ocurrió el 26 de mayo de 1937 en la planta de Ford en River Rouge, donde él y otros organizadores del UAW estaban intentando distribuir literatura sindical. Pero el impulso organizativo se detuvo. El CIO en su conjunto añadió solo 400.000 miembros en los dos años siguientes.

La batalla del paso elevado

León Trotsky, analizando los acontecimientos estadounidenses desde su exilio final en Ciudad de México, advirtió ya desde 1938 de que los nuevos sindicatos se llevaron a sí mismos a un callejón sin salida. Explicó: “La clase trabajadora se halla ante una alternativa. O bien los sindicatos serán disueltos o bien ellos se unirán para la acción política”.

En 1940 Trotsky observó que las semillas de la destrucción de los sindicatos industriales estaban presentes en el nacimiento del CIO. Escribió: “La nueva organización sindical ‘izquierdista’ ni bien se fundó cayó en el abrazo de acero del Estado imperialista. La lucha en la cima entre la vieja federación y la nueva se puede reducir en gran medida a la lucha por la simpatía y el apoyo de Roosevelt y su gabinete”.

Había una contradicción en el propio nacimiento de los sindicatos industriales. Trotsky reconoció en el surgimiento del CIO “pruebas indiscutibles de las tendencias revolucionarias dentro de las masas obreras”. Esta era la base del éxito del CIO, tal como era. Pero a falta de una lucha política a base de políticas socialistas, el movimiento sindical industrial sería capturado por la política capitalista, desarmado y en última instancia derrotado. Este último fue el rumbo que tomó el UAW y el CIO.

La Segunda Guerra Mundial revirtió la fortuna del CIO, pero solo acercando al UAW aún más al “abrazo de acero del Estado imperialista”. El CIO, como la AFL, impuso un compromiso sin huelga. A cambio, la administración Roosevelt creó varias comisiones tripartitas, invitando a los burócratas a las antecámaras del poder, donde elaboraron acuerdos con directores ejecutivos de corporaciones y funcionarios del Estado. El gobierno tomó la medida de respaldar el sistema de retención fiscal pagadero automáticamente como medio de financiar a dirigentes sindicales “responsables”. De este modo, el trabajo organizado creció rápidamente.

En lo que se refiere al patriotismo bélico y la colaboración de clase, ningún funcionario sindical fue superado por Reuther. “Las batallas de Inglaterra, se decía, se ganaron en los campos de juego de Eton”, dijo en 1940. “Las de EEUU pueden ganarse en las líneas de ensamblaje de Detroit” —pero solo si los trabajadores pudieran ser mantenidos alejados de los piquetes. Reuther abogaba por una regla de no hacer huelgas a nivel de todo un sector industrial que garantizara a las corporaciones automovilísticas ganancias caídas del cielo —y aumentos de salarios de trabajadores que nunca, a lo largo de la guerra, se emparejaron con la inflación. Y se unió a una serie de juntas tripartitas entre sindicato, patronal y gobierno, y sirvió en la Oficina de Gestión de la Producción, la Junta de Producción de Guerra, la Comisión de Fuerza de Trabajo de Guerra y el Comité de Producción Conjunto Obrero-Patronal.

León Trotsky

El odio de la clase trabajadora a Hitler y el fascismo le permitió a Reuther y a los otros jefes sindicales esconder el verdadero propósito de la administración de Roosevelt en la guerra —establecer la supremacía del capitalismo estadounidense sobre todos los rivales. Pero después de la guerra, las reivindicaciones contenidas de los trabajadores ya no se podían seguir teniendo en jaque y la clase trabajadora estadounidense estalló en la mayor oleada huelguística en su historia en 1945 y 1946.

Muchos de los paros eran “ilegales”, llevados a cabo desafiando a los dirigentes sindicales y sus aliados del estalinista Partido Comunista de los EEUU, cuyo cometido era, por orden de Moscú, no hacer nada que pusiera en peligro el modus vivendi elaborado entre Stalin y Roosevelt durante la alianza contra Hitler.

En ese momento, Reuther podía, a diferencia de los funcionarios sindicales de hoy, en cierta medida dar rienda suelta a la ira de clase de los trabajadores automotores. Percibiendo el estado de ánimo en las bases, se remodeló a sí mismo como militante una vez más, asumiendo el liderazgo de la huelga de 113 días en General Motors de 1945 y 1946, que logró un aumento salarial del 30 por ciento, aunque se aseguró de que los trabajadores de Ford y Chrysler permanecieran en sus trabajos.

Reuther se apropió astutamente de demandas planteadas por los trotskistas, incluyendo la exigencia de un ajuste automático del coste de vida, la “cláusula de actualización”, y la exigencia de que los fabricantes de automóviles abrieran sus libros contables, aunque propuso que los inspectores del gobierno examinaran los libros y no el propio UAW, como exigían los trabajadores automotores militantes.

De esta manera, Reuther superó en astucia a los rivales que le iban quedando hacia la cima del UAW, todos los cuales se aferraron al compromiso de no ir a la huelga durante la guerra. Llegó a ser presidente del UAW en 1946, y para finales de 1947 había eliminado a todos los contendientes serios y se posicionó para alcanzar la presidencia del CIO, cargo que asumió tras la muerte de Philip Murray en 1952.

Como el resto de los burócratas del CIO, Reuther condenó públicamente la antiobrera Ley Taft-Hartley de 1947, que fue promulgada a pesar del veto del presidente demócrata Harry Truman por una coalición de republicanos y demócratas del sur. Truman tácitamente apoyó la Taft-Hartley, y una vez aprobada, la invocó más que cualquier otro presidente estadounidense en la historia.

Reuther tildó a Truman de “ineficaz” y especuló con que el CIO podría desplazarse finalmente hacia la formación de un partido laborista. En cambio, él y el resto del CIO redoblaron sus esfuerzos por ganar influencia dentro del Partido Demócrata, incluso abandonando el impulso por organizar a los trabajadores en el sur, la Operación Dixie (1945-1953), por temor a incomodar al ala sur supremacista blanca de la “coalición del New Deal”.

El CIO condenó la Taft-Hartley como un “proyecto de ley de trabajo esclavo”, pero Reuther abrazó su intento de ilegalizar el socialismo en los sindicatos. La Ley de Relaciones Obrero-Patronales de 1947, como se la conoce formalmente, les negaba protección a los sindicatos bajo la ley laboral existente si cualquier funcionario se negaba a firmar una declaración jurada en la que garantizara que no era miembro de “ninguna organización que creyera en el derrocamiento del gobierno de los EEUU o que enseñara eso”. Reuther se sirvió de esta nueva palanca para echar del sindicato mediante cazas de brujas a miembros del Partido Comunista, que habían perdido gran parte de su base de apoyo entre los trabajadores automotores debido a su aceptación del compromiso de no hacer huelgas durante la guerra. También apartados o demonizados fueron los trotskistas y otros militantes con mente socialista que habían encabezado la lucha en Toledo y en Flint.

La purga que hizo Reuther de los socialistas fue más que una maniobra táctica para fortalecer su control. El susto rojo que empezó en los sindicatos era el corolario doméstico del impulso del imperialismo estadounidense por el dominio del mundo, anunciado en la forma de la “doctrina Truman”, que proclamaba apoyo ilimitado a los “pueblos libres”, es decir, dictaduras militares alineadas con los EEUU tales como el régimen realista de Grecia y el régimen de Syngman Rhee en Corea del Sur.

El CIO se puso a sí mismo al servicio del Departamento de Estado de los EEUU y de la CIA, asumiendo la tarea de brindar al imperialismo estadounidense un barniz de legitimidad democrática. Reuther era miembro fundador en 1947 del liberal y anticomunista Estadounidenses por la Acción Democrática. En 1949, ayudó a fundar la Confederación Internacional de Sindicatos Libres, que pregonaba la cooperación de los sindicatos estadounidenses con la CIA en sus crímenes sangrientos por el Tercer Mundo.

En 1955, Reuther llevó al CIO de vuelta a una federación con la AFL, señalando el fin de los impulsos sindicales entre los no organizados y acelerando el declive de la proporción de trabajadores sindicalizados que ha estado produciéndose desde entonces.

Reuther fue incluso más lejos que la colaboración de clases imaginada por Gompers. “Mucho antes de que la Ley Taft-Hartley requiriera que los dirigentes sindicales firmaran declaraciones juradas no comunistas, la mayoría de los comunistas habían sido desplazados de los cargos de poder”, escribió William H. Miernyk en 1962 en su libro Trade Unions in the Age of Affluence [Los sindicatos en la era de la opulencia]. “Organizaciones antisindicales siguieron atacando a los dirigentes del CIO por su supuesto radicalismo, pero los empleadores que trataban con ellos los encontraron tan pragmáticos en la mesa de negociaciones como los líderes de la AFL. Los nuevos sindicatos industriales eran … en muchos casos más conscientes de la productividad que los empleadores [y] no tenían deseos de eliminar prestaciones”.

El “Tratado de Detroit” de Walter Reuther, el contrato del UAW de 1950 con GM, resumía la perspectiva de Reuther y el UAW. GM acordó subir los salarios y las prestaciones. El UAW, purgado ahora de los radicales y socialistas que habían encabezado las luchas que establecieron el sindicato durante la Gran Depresión, no cuestionaría el dominio de la patronal.

Walter Reuther en la portada de Time

En contratos ulteriores negociados en los '50 y los '60 el UAW logró conquistas para los trabajadores, incluyendo ajustes del coste de la vida (COLA), Prestaciones de Desempleo Suplementarias (SUB) y Factores de Mejora Anual (AIF). Protecciones que brindaban un grado de seguridad pero que desde entonces se han erosionado o eliminado, haciéndolos ajenos a la experiencia de los trabajadores de hoy, COLA aseguraba que los salarios siguieran el ritmo de la inflación, la paga SUB añadió una atenuación para los despidos temporales, y el AIF garantizaba aumentos salariales cuando subía la producción.

En un nivel más profundo, el Tratado de Detroit fue una gran retirada por parte de los trabajadores. “GM puede haber pagado mil millones por la paz pero obtuvo un chollo”, escribió la revista Fortune en 1950. “General Motors ha recuperado el control sobre … funciones de gestión cruciales”.

Fue el primer contrato del UAW “que de manera inconfundible acepta la distribución existente de ingresos entre salarios y ganancias … tirando por la borda todas las teorías de que los salarios vienen determinados por el poder político y de las ganancias como ‘plusvalía’”. El acuerdo marcó, según el historiador de la economía Robert Collins, “una reorientación que se alejaba del compromiso anterior de los trabajadores con la planificación económica, la reforma estructural, y la solidaridad social, hacia un nuevo esfuerzo por crear un Estado del bienestar del sector privado a través de la negociación colectiva por salarios, prestaciones y jubilaciones”.

Las conquistas que obtuvieron los trabajadores automotores determinaron un estándar que siguieron otras industrias. Sobre esta base, muchos trabajadores de los EEUU disfrutaron de la mejora de sus condiciones de vida de finales de los '40 hasta finales de los '60, el período que corresponde con el control de Reuther del UAW.

Los trabajadores automotores que habían pasado por el trauma de la Gran Depresión —hombres y mujeres que conocieron el hambre y el frío— ahora podían comprarse los autos que ellos mismos fabricaban y mandar a sus hijos a la universidad. Estas condiciones objetivas debilitaron más entre los trabajadores la influencia del socialismo, que era falsamente equiparado con el régimen estalinista de la Unión Soviética, la China de Mao o la Cuba de Castro.

Estas conquistas tienen que ser puestas en perspectiva, a pesar de todo. En los EEUU, los contratos de la industria negociados por los principales sindicatos, con su atención sanitaria y prestaciones de pensión y seguro de desempleo, eran modestos en comparación con las garantías de seguridad gestionadas por el gobierno en Europa occidental, Japón, Canadá y Australia, que incluían sistemas nacionales de atención sanitaria de por vida.

Sectores enteros de la clase trabajadora estadounidense quedaron fuera de los sistemas de salud o de pensiones asegurados por el empleador —en las ciudades del interior, en el Sur Profundo, los Apalaches y gran parte de la América rural— y no había protección para el desempleo de larga duración, ni siquiera en las industrias altamente organizadas como la automotriz. Esto surgiría como un importante factor en la devastación social que envolvió al “Cinturón de Óxido” con la oleada de cierres de plantas que barrió la región en los '70 y los '80.

Una recesión en 1957 vaticinó los problemas que se venían. La compra de coches cayó en más del 30 por ciento y la tasa de desempleo subió un 20 por ciento respecto al año anterior. Walter Reuther, educado en la escuela del liberalismo estadounidense, argumentó que el problema fundamental era la “sobrecapacidad” en la producción y el “subconsumo” en el mercado. Esta suposición se basaba en la premisa errónea de que la ganancia y el crecimiento del capital se derivan solamente de las ventas, más que de la extracción de plusvalía de los trabajadores que participan en la producción. Reuther creía que el contrato social —en el que los capitalistas y los trabajadores “compartirían” los aumentos en la productividad y las ganancias— era un círculo virtuoso que podría durar para siempre.

Reuther se equivocaba en las dos cosas, como lo han mostrado las últimas varias décadas de recortes salariales y pérdida de empleo.

Bajo las condiciones de finales de los '40 y de los '50, en las que los Tres Grandes dominaban el mercado mundial, y eran capaces de dar por descontado el mercado estadounidense, los trabajadores sí que experimentaron una mejora en la paga y en las condiciones, aunque fortunas mucho mayores iban a los ejecutivos de la industria automotriz y a los grandes accionistas. En 1950, los EEUU presumían de casi la mitad del PIB mundial, producían el 80 por ciento de los automóviles del mundo, y laminaban el 40 por ciento de su acero.

Pero las tasas de ganancia en declive en la industria básica en los '60 y los '70, aceleradas por el resurgir de la competición japonesa y la alemana, hicieron trizas la base sobre la cual Reuther hizo sus cálculos. La industria automotriz se volvió una industria mundial no solo porque las grandes empresas tenían plantas en múltiples países —de hecho, esto había existido desde los '20— sino porque la manufactura se había vuelto una operación organizada globalmente y los mismos autos se habían vuelto conjuntos de mercancías producidas por trabajadores de todo el mundo.

Las corporaciones transnacionales tales como GM y Ford podían producir autos para cualquier mercado nacional en plantas localizadas casi en cualquier parte del mundo. Ya no tenían que producir coches para el mercado estadounidense en los EEUU. Esto hizo internacional al mercado de trabajo y socavó la capacidad de los sindicados basados a nivel nacional de usar las huelgas o la amenaza de huelgas como factor de presión contra las compañías, ya que los gigantes de la industria automovilística podían mudar la producción para el mercado estadounidense a instalaciones en ultramar.

Mientras tanto, los financistas de Wall Street retiraron el capital de la producción de mercancías hacia la especulación financiera parasitaria, mientras demandaban sin cesar que las fábricas generaran ganancias mayores aumentando la explotación de los trabajadores. Justificando el cierre de plantas, los recortes salariales y los acelerones, los fabricantes de automóviles una y otra vez señalaban hacia la falta de rentabilidad de las plantas estadounidenses.

Los herederos de Reuther en el UAW, basándose en la perspectiva de Reuther y el movimiento obrero oficial en su conjunto, no tenían respuesta. El poder de los sindicatos nacionales se había basado en su capacidad de conseguir un “mejor acuerdo” para los trabajadores reteniendo a los trabajadores en este o aquel mercado nacional. La globalización y la financiarización pusieron fin a esto.

Los capitalistas hicieron jirones del tratado de Reuther, pero el UAW no respondió, ni podía hacerlo, reviviendo los métodos de lucha militante que había construido el sindicato en los '30. En cambio, los sucesores de Reuther abrazaron una política de chauvinismo nacional y corporativismo, una perspectiva objetivamente arraigada en toda la naturaleza y la historia de la organización.

El nacionalismo del UAW, que siguió a Reuther, promocionó la concepción de que los enemigos de los trabajadores automotores estadounidenses no eran los capitalistas estadounidenses, sino los trabajadores automotores japoneses, canadienses, alemanes y mexicanos. La aceptación del corporativismo por parte del sindicato, también anticipado por la dedicación de Reuther al “derecho a la ganancia” de los capitalistas, promocionaba la concepción de que existía una identidad total de intereses entre el trabajo y el capital. Esta perspectiva —igual que la que guio a los sindicatos de la Italia fascista de Mussolini— preparó el camino para la colaboración ilimitada entre los burócratas sindicales, la gestión corporativa y el Estado capitalista que continúa hasta nuestros días.

Estos desarrollos les han creado un desastre a los trabajadores automotores. A partir del rescate de Chrysler en 1979, el UAW lanzó un ataque al conjunto de sus propios miembros en nombre de mantener la “competitividad” de los fabricantes estadounidenses de automóviles. Ya no presionaba a los Tres Grandes para arrancar concesiones para los trabajadores; ahora chantajeaba a los trabajadores para que hicieran concesiones a los Tres Grandes. Aun así, la industria automovilística estadounidense ha perdido más de un millón de empleos desde los '70, la década posterior a la muerte de Reuther.

De hecho, el que muriera en 1970 antes de que la alfombra fuera tirada de debajo de su tratado con el capitalismo estadounidense es responsable en gran medida de lo que le quede de reputación como militante y dirigente sindical honesto. Pero fue la defensa del capitalismo y el nacionalismo de Reuther, ya tan evidentes en el papel que desempeñó durante la guerra e intensificado en las purgas antisocialistas, lo que puso al sindicato en una trayectoria que podría llevar solo a su transformación de ser una organización defensiva de la clase trabajadora en un apéndice de las corporaciones y del Estado. Los elementos corporativistas que dominan ahora —la defensa del sistema de la ganancia, el nacionalismo, la colaboración de clase, la subordinación política de la clase trabajadora a la clase gobernante y sus partidos— ya estaban presentes durante la Segunda Guerra Mundial y estaban codificados en las premisas básicas del Tratado de Detroit.

Hay una última pregunta planteada en una consideración del papel de Walter Reuther en la historia de la clase trabajadora: ¿Puede un sindicato seguir siendo una organización obrera genuina por fuera de un programa político y una estrategia para el poder y el socialismo, basada en una perspectiva internacionalista, en vez de una nacional? La historia del UAW y el movimiento obrero estadounidense demuestra que la respuesta es que no.

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