El asalto de Nueva Delhi contra Cachemira y la lucha contra la reacción comunal, el imperialismo y la guerra

12 agosto 2019

El lunes pasado, le Gobierno indio del partido supremacista hindú, Bharatiya Janata Party (BJP), canceló ilegalmente el estatus especial y semiautónomo de Jammu y Cachemira (J&C), la parte controlada por India de la región de Cachemira, en el centro de la rivalidad militar y estratégica que se ha prolongado por siete décadas entre India y Pakistán, dos países con armas nucleares.

Nueva Delhi también bifurcó J&C y degradó el estatus del que era hasta ahora el único estado con mayoría musulmana de India, dividiéndolo en dos meros “territorios de la Unión”, reduciendo sus poderes. J&C será controlado por el Gobierno central. Los miembros “electos” de su asamblea y Gobierno no serán más que una fachada.

Mapa de la región en disputa de Cachemira [fuente: Wikimedia Commons]

Estos cambios se implementaron por medio de un golpe constitucional, concebido en secreto por el primer ministro Narendra Modi, el ministro del Interiior, Amit Shah, y el presidente indio, Ram Nath Kovind, junto a las cúpulas del ejército y las agencias de inteligencia de India.

El pueblo de Jammy y Cachemira, ni del conjunto de India, recibieron una advertencia ni la oportunidad de debatir estos cambios. Se despertaron el lunes para leer las noticias de que el Gobierno había suprimido la condición especial de J&C de la Constitución y que la región de Cachemira controlada por India se encontraba bajo un sitio sin precedentes.

Al finalizar la semana, el internet, las noticias por cable y los servicios de telefonía móvil y fija seguían suspendidos en J&C. Decenas de miles de soldados y paramilitares seguían aplicando un toque de queda draconiano y una prohibición de cualquier reunión de cuatro o más personas. La “integración plena” de J&C a la Unión India ha comenzado bajo la bota militar del Estado indio, al tiempo en que, como lo señaló el diario de Chennai Hindu, la región “se encuentra completamente desconectada del resto del país”.

Fuerzas de seguridad indias en la capital de verano en Jammur y Cachemira, Srinagar

El golpe constitucional tiene múltiples objetivos reaccionarios, como:

Este último objetivo es especialmente importante. Mientras que el BJO acaba de ganar una elección, está muy consciente de que preside un polvorín social. Incluso mientras aumenta la oposición en la clase obrera, encara mayores presiones de la patronal s para acelerar dramáticamente la implementación de reformas proempresariales que son socialmente incendiarias.

La élite gobernante de India, incluyendo gran parte de la supuesta oposición parlamentaria, se ha alineado detrás del golpe constitucional del BJP, incluso si lo califican como “una apuesta de alto riesgo”.

Esta es una tendencia global. En todas partes, las élites gobernantes están sumidas en crisis y pavor, y su respuesta es girar hacia los conflictos militares y las medidas extraconstitucionales para atender problemas políticos y geoestratégicos intratables.

Imran Khan, el primer ministro populista de derecha e islamista de Pakistán, describió el martes la posibilidad de un descenso escalofriante y rápido hacia “una guerra hasta que se derrame la última gota de sangre”, incluyendo el uso de armas nucleares. Tal guerra inevitablemente desencadenaría un conflicto global.

La clase obrera de India y Pakistán debe intervenir de manera independiente en esta crisis sobre la base de un programa socialista internacionalista e inflexiblemente opuesto a todas las facciones de ambas élites burguesas y sus intrigas en Cachemira, el resto del sur de Asia y más allá.

La partición y el fracaso del gobierno burgués

El crecimiento de la reacción comunal y del peligro de guerra en el sur de Asia deben entenderse como el resultado de dos procesos interrelacionados.

En primer lugar, el fracaso manifiesto del movimiento nacional indio encabezado por la burguesía, en cuanto a ganar una independencia auténtica del imperialismo y resolver cualquiera de las urgentes tareas democráticas como erradicar el latifundismo y el sistema de castas. Este fracaso lo demostró la partición comunal sangrienta del subcontinente cuando se da la “independencia” en 1947 y se divide en un Pakistán musulmán y una India predominantemente hindú.

La rivalidad interestatal indo-pakistaní ha servido como el medio continuar el dominio imperialista, impedir cualquier desarrollo económico racional y derrochar incontables vidas y recursos en guerras y preparativos de guerras. Hoy día, amenaza al pueblo del sur de Asia y, de hecho, de todo el mundo, con un holocausto nuclear.

El segundo proceso es la crisis sistémica del capitalismo mundial. Está obligando a toda camarilla burguesa basada nacionalmente a intensificar dramáticamente la explotación de la clase obrera y, con EUA y las otras potencias imperialistas al frente, a apuntalar su propia posición en la palestra mundial por medio de agresiones y guerras.

El movimiento antiimperialista de masas que arrasó por todo el sur de Asia por tres décadas entre 1919 hasta 1947-48 tenía un potencial emancipatorio enorme. Pero, bajo la dirección de la burguesía nacional, fue traicionado y abortado.

El Congreso Nacional Indio de Mahatma Gandhi y Jawaharlal Nehru, el principal partido de la burguesía nacional, afirmaba defender la unidad entre hindúes y musulmanes. Pero, temiendo perder su propiedad, la dirección del Congreso era incapaz de y hostil hacia unir a los trabajadores y oprimidos del sur de Asia con base en un llamado a sus intereses comunes de clase.

Les horrorizó el fortalecimiento y las intervenciones independientes cada vez mayores de la clase obrera en los años treinta y, especialmente entre 1942 y 1947, cuando la India británica vivió un levantamiento revolucionario incipiente. Los líderes del Congreso persiguieron cada vez más desesperadamente un acuerdo con Londres para poder asumir control del Estado colonial británico y estabilizar el gobierno burgués.

Habiendo entregado el poder de la iniciativa a los señores coloniales que se iban y a la Liga Musulmana comunalista y dominada por señores feudales, el Congreso no solo aceptó la participación, sino que a fines de la primavera y durante el verano de 1947 unió fuerzas con el partido Hindu Mahasabha para insistir en la partición comunal religiosa de Punyab y Bengala.

En un análisis con gran visión del futuro, los trotskistas organizados en el Partido Bolchevique Leninista de India (BLPI, por sus siglas en inglés) expusieron, en medio de estos eventos titánicos, el par de mentiras con las que la dirección del Congreso justificó apoyar la ´Partición’ —de que resolvería “el problema comunal” y “abriría el camino hacia la libertad”—.

Por el contrario, advirtió el BLPI, serviría “como un medio para reforjar las cadenas” de “la esclavitud imperialista”, para incitar una mayor rivalidad interestatal y nacional-comunal y para “acentuar” el comunalismo religioso “en cada estado”. La tarea progresista de unir al conjunto de pueblos del sur de Asia solo podía lograrse por medio de una lucha contra todas las formas de irredentismo burgués-comunal y de gobierno burgués. “Los que fueron divididos en pedazos y de forma reaccionaria por la burguesía”, afirmó el BLPI, “solo podrán ser unidos progresistamente por la clase obrera”.

La herida abierta que constituye Cachemira confirma este análisis y el carácter completamente reaccionario de ambos Estados nacidos de la partición. Por siete décadas, tanto Nueva Delhi como Islamabad han aplastado los derechos democráticos del pueblo cachemiro, el cual ha estado dividido por una de las fronteras más fortificadas del mundo desde la primera guerra indo-pakistaní de 1947-48.

A partir de 1989, Nueva Delhi ha librado una “guerra sucia” en J&C, repleta de desapariciones y ejecuciones sumarias, contra la insurgencia que estalló después de que amañara las elecciones estatales e ignorara y suprimiera las protestas masivas que esto provocó. Mientras tanto, Islamabad ha buscado manipular la ira y la disensión hacia el dominio indio de J&C para sus propios fines estratégicos reaccionarios, proveyendo apoyo logístico a los separatistas islamistas cachemiros que se han visto involucrados en ataques comunales y limpieza étnica.

Después de la independencia, Pakistán aceptó pronto servir como una sátrapa del imperialismo estadounidense durante la confrontación de la Guerra Fría contra la Unión Soviética. Por más de la mitad de la existencia del estado, Pakistán ha estado gobernado por dictaduras militares patrocinadas por EUA.

Por su parte, la burguesía india aprovechó el auge de la posguerra y las ofertas de apoyo soviético para perseguir un proyecto de desarrollo capitalista encabezado por el Estado que llamó cínicamente el “socialismo del Congreso”, incluso mientras dejaba a las masas en la pobreza, la miseria y la ignorancia. Asimismo, se presentó ante al mundo como líder del Movimiento de Países no Alineados “antiimperialista”.

Sin embargo, así como su rival pakistaní, la burguesía india siguió la estratagema colonial británica de incitar diferencias de casta y comunales religiosas a fin de desviar la creciente oposición social. Pese a simbolizar supuestamente el compromiso constitucional de la Republica de India con el secularismo, el Partido del Congreso o Congreso Nacional Indio promovió cada vez más el nacionalismo indio de tinte hindú. Presidió y conspiró en atrocidades comunales, incluyendo el pogromo instigado por el propio Congreso contra los sijs en 1984 y la demolición de la mezquita de Babur o Babri Masjid en 1992.

La burguesía india acoge el imperialismo y la reacción

Cuando la globalización y la restauración del capitalismo por parte de la burocracia estalinista en la URSS socavó la estrategia de desarrollo capitalista encabezada por el Estado, la burguesía india descartó rápido sus pretensiones socialistas, antiimperialistas y, si vamos al caso, seculares. Con el Partido del Congreso como punta de lanza, viró agresivamente hacia forjar una nueva alianza con el imperialismo, con base en la transformación de India en una plataforma de mano de obra barata para el capital global y el estrechamiento de las relaciones con Washington.

Los frutos del “auge” de India post-1991 han sido monopolizados por una diminuta élite capitalista que se ha atiborrado con las ganancias de las maquilas y la venta rápida de activos públicos. La desigualdad social y la miseria humana se encuentran entre las mayores en el mundo.

Sin embargo, la burguesía se encuentra profundamente ansiosa e insatisfecha. Bajo condiciones de turbulencia económica global y la intensificación de los conflictos geopolíticos, teme que se esté cerrando rápido “la ventana de oportunidad” para que India emerja como un núcleo rival en la cadena de producción frente a China y que pueda proclamarse como otra potencia grande.

La patronal india ha apoyado a Modi y convertido su BJP derechista en la principal fuerza política del país con el objetivo de acelerar la reestructuración neoliberal y afirmar más agresivamente sus intereses a nivel mundial.

El Gobierno de Modi está decidido a cambiar “las normas del juego” con Pakistán, calculando que necesita transformarse en la potencia hegemónica regional del sur de Asia si quiere ser un protagonista en la geopolítica mundial y reclamar el petróleo y los otros recursos necesarios para hacer crecer el capitalismo indio. Al fomentar el conflicto con Pakistán, también busca desviar las tensiones sociales internas, ante el crecimiento de la lucha de clases.

A partir de la “alianza global estratégica” con Estados Unidos que fue forjada por los Gobiernos predecesores del Partido del Congreso, el Gobierno de Modi ha transformado India en verdaderamente un Estado en la línea del frente de batalla de la ofensiva militar-estratégica de EUA contra China, concediendo apoyo material y aliento a la campaña maniaca de Washington en busca de hegemonía global.

A su vez, Washington degradó dramáticamente sus relaciones con Islamabad y ha envalentonado la campaña desquiciada de India contra Pakistán.

La amenaza de la alianza Indo-estadounidense ha, al mismo tiempo, instado a China y Pakistán a fortalecer sus antiguos alzos militares y estratégicos.

Por movilizar a la clase obrera contra la guerra y la reacción comunal

El entrelazamiento de los conflictos de India con Pakistán y China, por un lado, con la confrontación creciente entre EUA y China presenta peligros extremos para el pueblo del sur de Asia y de todo el mundo. Ha añadido explosivos a los tres conflictos y ha dado a la región disputada de Cachemira un significado geoestratégico incluso mayor.

Cachemira tiene fronteras con las regiones autónomas de China del Tíbet y Xinjiang, mientras que el Corredor Económico de China y Pakistán, que Beijing considera un medio para esquivar los planes de Washington de bloquear los puertos chinos en una guerra o una crisis de guerra, atraviesa la región de Cachemira controlada por Pakistán.

Las últimas tres décadas no solo han sido testigo de este bandazo de la burguesía india hacia la derecha. India y el resto del sur de Asia han visto una expansión vasta en el tamaño y el poder social de la clase obrera. Más allá, el mundo está atestiguando un resurgimiento de la clase obrera cada vez más grande y cada vez más consciente de su carácter internacional, contra la austeridad, la desigualdad social y el militarismo capitalistas.

Es precisamente esta la fuerza que representa el antídoto a la reacción comunal y la amenaza de guerra. En oposición a las élites capitalistas reaccionarias en Nueva Delhi e Islamabad, los trabajadores de India, Pakistán y el resto del subcontinente deben intensificar la lucha de clases. Deben unir sus fuerzas, con base en la estrategia de la Revolución Permanente elaborada por León Trotsky, en una lucha por los Estados Unidos Socialistas del Sur de Asia y buscando unir sus luchas con los trabajadores de todo el mundo.

Solo el establecimiento del poder obrero en alianza con todos los sectores explotados puede garantizar la liberación frente al imperialismo, la unión de los innumerables pueblos del sur de Asia sobre una base auténticamente igualitaria, la abolición del comunalismo y el sistema de castas, y la satisfacción de las necesidades urgentes de trabajos, ingresos dignos y servicios básicos.

La lucha por este programa exige una guerra política contra el estalinismo, incluyendo su variante maoísta, que por décadas ha encadenado a la clase obrera al nacionalismo y a una u otra facción supuestamente progresista de la burguesía. Todos estos partidos defienden el legado político del Partido Comunista de India o CPI, por sus siglas en inglés, que subordinó a la clase obrera al Partido del Congreso y a la Liga Musulmana.

Por décadas, el Partido Comunista de India y su principal vástago, el Partido Comunista de India (Marxista) o CPM, han operado como una parte integral de la élite política burguesa. Apuntalaron una serie de Gobiernos derechistas, en su mayoría encabezados por el Partido del Congreso, entre 1991 y 2008, que encabezaron las reformas neoliberales y el estrechamiento de lazos con Washington. El CPI y el CPM apoyan la acumulación militar de India, alimentada por el ahora cuarto mayor presupuesto militar del mundo, y respaldaron los ataques militares de Modi contra Pakistán en septiembre de 2016 y en febrero de este año.

Han respondido a la reelección de Modi en mayo incrementando sus esfuerzos para alinear a la clase obrera con el Congreso y los otros partidos burgueses, así como a las instituciones “democráticas” del Estado burgués indio.

Pero, todas las grandes luchas sociales a partir del comienzo del siglo veinte han demostrado que la reacción y la guerra solo se pueden combatir exitosamente por medio de la movilización de la clase obrera como una fuerza políticamente independiente en la lucha por la revolución socialista.

Urgimos a todos los lectores del WSWS en India y Pakistán a asumir la lucha por el socialismo, trabajando por construir secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional en sus países respectivos.

(Publicado originalmente en inglés el 10 de agosto de 2019)

Keith Jones