Revelada: confabulación directa del Guardian con la censura de los medios por parte de los servicios secretos

por Thomas Scripps
24 junio 2019

Las actas de las reuniones del Ministerio de Defensa (MoD) han confirmado el papel del diario británico Guardian como portavoz de las agencias de inteligencia.

La semana pasada, el periodista independiente Matt Kennard reveló que el editor adjunto del diario, Paul Johnson, recibió personalmente el agradecimiento del comité Reseña Asesora de los Medios sobre Defensa y Seguridad (o D-Notice) por integrar al Guardian en las operaciones de los servicios de seguridad.

En las actas de una reunión de 2018 se lee: “El Director le agradeció a Paul Johnson por los servicios prestados al Comité. Paul se había unido al Comité tras el asunto Snowden y había sido instrumental en reestablecer los vínculos con el Guardian”.

El Estado británico usa las D-Notices para vetar la publicación de noticias que dañen sus intereses. La confabulación servil de los medios establecidos asegura que tales reseñas [notices] funcionen como órdenes mordaza.

Johnston se unió al comité en 2014 y evidentemente descolló en su actuación. Un conjunto separado de actas de la primera reunión a la que asistió Johnson recoge la estrecha colaboración del Guardian con funcionarios militares.

Bajo una sección que detalla los “consejos” dados por las agencias de inteligencia a los medios, el documento dice “la mayor parte de las ocurrencias y solicitudes de consejo tenían relación con más publicaciones por parte del Guardian de extractos de los documentos de Snowden. El Secretario informó de que el compromiso del Secretariado del DPBAC [Comité Asesor de Prensa y Transmisiones de Defensa] con el Guardian han continuado fortaleciéndose durante los seis últimos meses, con diálogos regulares entre el Secretario y los Vicesecretarios y periodistas del Guardian ”.

El secretario y los vicesecretarios eran el Vicemariscal del Aire Andrew Vallance CB OBE, el Comodoro del Aire David Adams y el Brigadier Geoffrey Dodds OBE. El director fue Peter Watkins CBE, el director general de Estrategia, Seguridad y Operaciones de Políticas del MoD. [CB OBE, OBE y CBE son órdenes militares británicas.]

Bajo la dirección de esos encargados de la inteligencia militar, el Guardian desempeñó un papel en someter a otros periódicos a nivel internacional. Las actas consignan, “a causa de un acuerdo entre el Guardian y publicaciones aliadas en el exterior para coordinar sus respectivas divulgaciones del material de Snowden, los consejos dados al Guardian han sido pasados al New York Times y otros, ayudando a guiar las divulgaciones de esos medios”.

En septiembre de 2014, el Guardian permitió al exjefe del GCHQ (Sede de Comunicaciones del Gobierno) Sir David Omand publicar un artículo titulado, “Las filtraciones de Edward Snowden están equivocadas —nos ponen en riesgo de quedar expuestos a ciberataques”.

Declaró, “Los periodistas no son idóneos para identificar riesgos de seguridad; tenemos que confiar en los que supervisan la recolección de la inteligencia”.

En 2016, Paul Johnson usó una entrevista sin precedentes con un jefe en ejercicio del MI5, Andrew Parker, para hacer propaganda para los intereses antidemocráticos y bélicos del imperialismo británico.

Estos hechos son prueba condenatoria de la total integración del Guardian en el ala propagandística del MoD tras su implicación en la publicación de los expedientes de WikiLeaks y Snowden. De hecho, el trabajo de WikiLeaks y de su fundador Julian Assange ha servido para exponer y confirmar los lazos profundos de todos los medios establecidos con el complejo militar y de inteligencia.

El Guardian ha sido considerado históricamente la voz de la disidencia liberal británica, crítica de los peores excesos del capitalismo británico a nivel doméstico y en el extranjero. Pero siempre ha actuado como un policía político —filtrando las noticias “responsablemente” y canalizando la ira resultante hacia llamamientos morales impotentes al Estado y otras autoridades. Su manera de tratar a Assange y a Snowden transformó la lealtad política en servilismo directo. Sus pretensiones liberales y críticas quedaron claras en cuestión de unos pocos meses.

Cuando Assange miró al Guardian y otros diarios a nivel internacional tal como el New York Times para publicar los registros de la guerra de Afganistán y los de la de Irak y cables diplomáticos secretos estadounidenses en 2010, la principal preocupación de los editores era el control de los daños. A un mes de una publicación inicial de documentos, el Guardian había roto relaciones con Assange —publicando un editorial infame el 17 de diciembre: “WikiLeaks: el hombre y la idea”. Declaró que el Guardian solo había estado de acuerdo en publicar “un pequeño número de cables” para controlar los efectos secundarios políticos de los detalles de los asesinatos, la tortura, el espionaje y la corrupción que revelaban y darle la oportunidad de “editar, poner en contexto, explicar y redactar”.

El principal cometido del editorial era apoyar la extradición de Assange a Suecia por acusaciones inventadas de agresión sexual en relación con un viaje a ese país que hizo unos pocos meses antes.

En un artículo de opinión publicado el mes pasado por el exeditor del Guardian Alan Rusbridger, él asume la cima de la moralidad al afirmar que WikiLeaks publicaba filtraciones sin editar, y quería seguir esta práctica, en contraste con su periodismo “responsable”. Un editorial publicado inmediatamente antes del artículo de Rusbridger, una vez más apoyando la extradición de Assange para enfrentarse a “acusaciones” que no existen, declaró, “El Guardian desaprueba la publicación masiva de documentos no editados … y rompió con el señor Assange a causa de este tema”.

Esta es una mentira interesada. WikiLeaks ha señalado que el editorial “cómodamente deja fuera” que fue el Guardian —a través de un libro escrito por David Leigh y Luke Harding— el que reveló la contraseña del archivo digital que Assange les había dado en confianza. El libro fue una crítica feroz de WikiLeaks. Se vendieron sus derechos, y se volvió la base de una película difamatoria de Hollywood.

Cuando el contratista de la NSA Edward Snowden filtró archivos detallando la vigilancia masiva por parte del Estado de la población mundial en 2013, el Guardian se puso a jugar el mismo papel de “responsable”. Al preguntársele después si el periódico había detenido la publicación de algo sobre el GCHQ y los servicios de seguridad británicos a causa de “preocupaciones por seguridad nacional”, el muy maleable señor Rusbridger respondió, “Sí, hemos detenido mucho, hemos publicado una pequeña cantidad de lo que hemos leído”.

Esta vez, sin embargo, al Guardian los servicios secretos le dijeron que ni el filtrado riguroso de las revelaciones de Snowden era suficiente. Tenía que dejar de publicar inmediatamente.

El funcionario más alto del país, el secretario del gabinete Sir Jeremy Heywood, llamó a las oficinas del Guardian para trasladar las exigencias del entonces primer ministro David Cameron de que el material de Snowden fuera o bien devuelto al gobierno, o bien destruido. Se amenazó con querellas judiciales a los editores si no obedecían.

Rusbridger explicó después, “El tono era duro, aunque cordial, pero había una amenaza implícita de que otros dentro del gobierno y Whitehall favorecían un abordaje mucho más draconiano”. Esta es una obra maestra de la subestimación. Los correos electrónicos obtenidos por Associated Press en 2014 mostraban que esta era una operación conducida en estrecha complicidad entre el gobierno, los servicios secretos británicos y la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense, incluyendo al entonces Director de Inteligencia Nacional, James Clapper.

Al final, dos funcionarios de seguridad del GCHQ supervisaron directamente la destrucción por parte del Guardian de su propio material. Tres miembros del personal del Guardian, incluyendo al propio Paul Johnson, destruyeron los discos duros en posesión del Guardian con trituradoras angulares y otro equipamiento brindado por funcionarios del GCHQ.

Pusieron al Guardian en una posición que nunca quiso. Su reputación liberal, y revelaciones anteriores, habían hecho de él el periódico preferido para las revelaciones de WikiLeaks y Snowden. Pero la escala de lo que se había estado revelando amenazaba los intereses fundamentales del imperialismo británico y estadounidense. Por lo tanto se dio la vuelta cuando el gobierno le dijo que cesara y desistiera, antes de asumiera su lugar junto al resto de los medios derechistas sobre el comité secreto responsable de la censura de la prensa y de la difusión de la propaganda.

Uno de los perseguidores en jefe de Assange, Luke Harding, goza de las más íntimas relaciones con los servicios de seguridad. Su famoso bulo de noviembre de 2018, afirmando que Assange se reunió con el exdirector de campaña del presidente estadounidense Donald Trump, Paul Manafort, se publicó en el Guardian solo dos semanas después de que agradecieran a Johnson por “restablecer los lazos” con el MoD. La noticia fue ampliamente citada y formó una piedra angular de los esfuerzos, encabezados por los demócratas en los Estados Unidos, de presentar a WikiLeaks y la “injerencia rusa” como las causas de la victoria electoral de Trump en 2016.

Harding desempeñó un papel central en silenciar preguntas sobre la versión falsa del gobierno británico del asunto Skripal a mediados de 2018. Estos acontecimientos fueron el tema de por lo menos una D-Notice, emitida mientras Paul Johnson estaba en el comité responsable.

Una consecuencia involuntaria pero valiosa de las exposiciones de WikiLeaks ha sido reventar el fraude de la pretención del Guardian de cualquier independencia crítica respecto al Estado. Los crímenes de las principales potencias imperialistas contra la población mundial hecha pública por WikiLeaks fue tan grande que no podían ser neutralizados, ni por los guardianes de la “verdad” profesionales del Guardian. Ni una sola palabra publicada en este pasquín de propaganda imperialista puede tomarse jamás al pie de la letra.

(Publicado originalmente en inglés el 22 de junio de 2019)