Setenta y cinco años desde el Día D y el peligro creciente de una guerra imperialista

8 junio 2019

La conmemoración del 75 aniversario de la invasión de Francia el Día D, el 6 de junio de 1944, fue un evento marcado por profundas contradicciones.

La invasión en sí, el asalto marítimo más grande en la historia mundial, fue una operación militar masiva que involucró 160.000 tropas —estadounidenses, británicas y canadienses— miles de buques y barcazas de desembarque, así como una campaña intensa de bombardeos aéreos.

Como toda operación de esta índole, el Día D presenció bastantes acciones imprudentes y malos cálculos que cobraron la vida de muchos soldados, muchos de los cuales tenían 18 y 19 años de edad y nunca habían disparado un arma en combate.

Antes de acabarse la batalla, casi 20.000 habían muerto, tanto invasores como las tropas alemanas que enfrentaron. Otros 20.000 civiles franceses perdieron sus vidas en la batalla de Normandía, incluyendo más de 4.000 el mismo Día D.

Los veteranos de la batalla que regresaron para el aniversario, con bastones, andadores o sillas de ruedas, y muchos sin duda por última vez, recordaron los horrores de una guerra que los marcó por el resto de sus vidas. Aquellos que comentaron sobre sus experiencias ese día, y muchos todavía no pueden hacerlo, describieron haber trepado sobre los cuerpos de compañeros soldados para llegar a la playa y escuchar a sus amigos agonizando y pidiendo ayuda. La memoria imborrable de un médico británico del Día D fue sostener a un soldado alemán de 16 años que había perdido ambas piernas, morirse en sus brazos.

El sufrimiento, el dolor y, ciertamente, el heroísmo de estos envejecidos veteranos de la guerra más terrible en la historia de la humanidad son innegables. No cabe duda de que sus declaraciones de que hicieron un sacrificio necesario en lucha por la “libertad” son sinceras, reflejando sentimientos populares y ampliamente compartidos en ese tiempo de que la guerra se libraba para derrotar el fascismo.

Los discursos pronunciados por varios líderes, con Donald Trump como protagonista, fuero de un carácter completamente diferente. Para ellos, las palabras “paz”, “libertad” y “democracia” invocados en Portsmouth, Inglaterra, y cerca de la playa Omaha en Normandía, cargaban tanto cinismo e hipocresía que se convirtieron en lo contrario.

Trump, aplaudido por la supuesta prensa liberal por leer y aspirar profundamente durante la larga serie de trivialidades y anécdotas redactadas por su personal, dio crédito a los veteranos del Día D por “la supervivencia de la libertad”, de “nuestra civilización” y “nuestra forma de vida”, así como “por la bendición de la paz”.

Su anfitrión, el presidente francés Emmanuel Macron, siguió una línea similar. “Nunca dejaremos de trabajar en pro de la alianza del mundo libre”, dijo. “Debemos demostrar que somos dignos de este legado de paz que se nos ha entregado”. Al mismo tiempo, se refirió a las Naciones Unidas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea —instituciones que han sido objeto de burlas desdeñosas de Trump— como la encarnación de este legado.

Toda esta palabrería sobre la “paz” es desmentida por las muertes de al menos 20 millones de personas en las guerras libradas por el imperialismo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, desde Corea, hasta Vietnam, los Balcanes, Irak, Libia, Siria y ni hablar de Argelia, donde el ejército francés masacró aproximadamente a 200.000 personas.

Más allá, inmediatamente después de sus discursos, Trump y Macron se reunieron para discutir sobre Irán, donde Washington está acumulando gradualmente sus fuerzas militares en preparación para la guerra.

No sería posible adivinar, a partir de los discursos celebrando una guerra supuestamente para derrotar a los Nazis, que el mismo Trump está azuzando deliberadamente las llamas de la xenofobia, el ultranacionalismo y el chauvinismo antiinmigrante que constituyen la base ideológica esencial del neofascismo contemporáneo, o que Macron rindió tributo al dictador fascista de Francia, el mariscal Philippe Pétain, quien concedió su apoyo incondicional a la ocupación nazi, llamándolo tan recién como el año pasado un “gran soldado”. O, si vamos al caso, que Europa en su conjunto tiene más neofascistas en Gobiernos ahora que en cualquier otro momento desde la caída del Tercer Reich, con la fascistizante Alternativa para Alemania (AfD) como el mayor partido de oposición en el Bundestag (Parlamento) alemán.

Detrás de los discursos pronunciados el jueves, así como del sangriento evento que supuestamente conmemoraban, yacen los cálculos políticos definidos de políticos que buscan avanzar los intereses imperialistas de sus respectivos países.

La Segunda Guerra Mundial, pese a los discursos en ambos lados del canal de la Mancha, no fue una “guerra por la democracia” contra el fascismo. En cambio, así como la Primera Guerra Mundial que ocurrió 21 años antes, fue el resultado de las contradicciones fundamentales del sistema capitalista, entre la economía mundial y su división en Estados nación antagonistas, y entre la producción socializada y la propiedad privada de los medios de producción.

La invasión del Día D se derivó de la lucha prolongada entre EUA y Reino Unido durante el curso de la guerra y la apertura de un “segundo frente” que la Unión Soviética había pedido durante por lo menos dos años.

Uno de los aspectos más impactantes de las conmemoraciones del aniversario del Día D, tanto en Reino Unido como Francia, fue la exclusión deliberada de Rusia de los eventos. Independientemente del papel indudable desempeñado por la invasión de Normandía en la derrota del Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial, los sacrificios y el impacto abrumadores del Ejército Rojo, que fueron responsables del 80 por ciento de las bajas causadas a las fuerzas alemanas, también es incuestionable. Mientras que las muertes por combate de casi 300.000 efectivos militares estadounidenses son algo pasmoso, los números palidecen en comparación con los 26 millones de soviéticos muertos, tanto militares como civiles.

Fueron las victorias del Ejército Rojo —y detrás de este la resistencia antifascista de las masas soviéticas— combatiendo a lo largo de un frente de más de 1.600 kilómetros, que empujaron a EUA y Reino Unido a llevar a cabo la invasión del Día D y abrir finalmente el segundo frente exigido por Moscú.

Tanto el presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, como el primer ministro británico, Winston Churchill, estaban preocupados de que, sin una intervención en Francia, la guerra en Europa podría ser ganada unilateralmente por la Unión Soviética, planteando la posibilidad de una revolución socialista en todo el continente.

Ambos jefes de Estado imperialistas estaban consternados por la defensa del capitalismo en una Europa de posguerra y la posibilidad de que millones de trabajadores, tras vivir las experiencias dolorosas de la Gran Depresión, la aparición del fascismo y los horrores de las guerras mundiales, tomarían el camino de la revolución.

Churchill tenía un largo historial como un anticomunista fanático e implacable enemigo de la Unión Soviética, desde el despliegue de las tropas británicas en Arcángel y Múrmansk en 1918 en lo que describiría luego, como ministro de guerra, una campaña “para estrangular el Estado bolchevique desde su nacimiento”.

Mientras describía el bolchevismo como una “enfermedad” y una “pestilencia”, tan tarde como 1935, Churchill, al igual que muchos en la clase gobernante británica, tenían la esperanza de que Adolf Hitler “pasara a la historia como el hombre que restauró el honor y la paz mental a la gran nación germánica y que la trajo de vuelta serena, provechosa y fuerte, al frente de la familia europea”. En los años treinta, él y sus copensadores derechistas del Partido Conservador esperaban que la Alemania nazi ajustara cuentas con la Unión Soviética.

Los cálculos de Churchill durante la Segunda Guerra Mundial no estaban basados ni en la “democracia” ni en la “libertad”, sino en defender el imperio británico que tenía esclavizados a cientos de millones de trabajadores y campesinos en colonias en el subcontinente indio, África y Oriente Próximo.

Por su parte, Roosevelt representaba un imperialismo estadounidense en auge que se había convertido en la potencia atlántica y estaba buscando ejercer la hegemonía global. Para el Día D, Estados Unidos estaba produciendo el 45 por ciento de los armamentos del mundo y casi el 50 por ciento de los bienes, mientras que dos terceras partes de todos los barcos en uso en el mundo habían sido construidos en EUA.

Estos intereses divergentes subyacieron las diferencias angloestadounidenses en cuanto a una estrategia militar en Europa, tanto antes como después del Día D, con Washington dictando en última instancia los planes de guerra contra Alemania.

En el libro recientemente publicado War and Peace: FDRs Final Odyssey: D-Day to Yalta, 1943-1945 (Guerra y Paz: la odisea final de FDR: desde el Día D a Yalta, 1943-1945), el biógrafo británico, Nigel Hamilton, describe como Churchill estaba furioso después del Día D cuando el general Dwight Eisenhower, el comandando aliado supremo, decidió no enviar un ejército para que se apurara al este para llegar a Berlín antes que el Ejército Rojo soviético.

Hamilton escribe: “Demasiado pronto, de hecho, [Churchill] hubiera ordenado que se desarrollaran planes para una Operación Barbarroja angloestadounidense [el nombre código nazi para la invasión de la Unión Soviética]: un ataque desde el área de Dresden ‘para imponerle a Rusia la voluntad de Estados Unidos y el imperio británico’… ¡Involucraría casi cincuenta divisiones—principalmente estadounidenses—y hasta cien mil tropas de la Wehrmacht! Además, iba a lanzarse cuatro días antes de las elecciones generales británicas: la operación impensable”.

La propuesta de Churchill de aliarse con los ejércitos del régimen nazi alemán para atacar la Unión Soviética fue opuesta por Washington, que consideró correctamente que la población de Estados Unidos —después de que les dijeran que estaba librando una cruzada contra el fascismo— nunca apoyaría tal guerra. Sin embargo, expuso el fraude de las pretensiones “democráticas” y “antifascistas” de la clase gobernante capitalista estadounidense y su principal aliado.

Setenta y cinco años después, con la Unión Soviética disuelta por la burocracia estalinista y con el imperialismo estadounidense recurriendo cada vez más agresivamente al militarismo como medio para contrarrestar el declive de su hegemonía económica global, la amenaza de una nueva guerra mundial, librada con armas nucleares, nunca ha sido mayor. La marcha hacia la guerra va de la mano con el resurgimiento de los elementos de extrema derecha y fascistas tanto en Europa como en Estados Unidos, junto con la escalada de represión estatal.

Una vez más —y por tercera vez en un siglo— la humanidad se enfrenta a la decisión entre el socialismo y la barbarie. No existe otro camino para detener el advenimiento de otra guerra imperialista y, con ello, la amenaza de una aniquilación nuclear, fuera de la revolución socialista. La cuestión decisiva es establecer una nueva dirección revolucionaria en la clase obrera por medio de la construcción del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 7 de junio de 2019)

Bill Van Auken