El incendio en la catedral de Notre Dame en París

18 abril 2019

Millones de personas en Francia e internacionalmente quedaron perplejas y horrorizadas el lunes al ver un histórico monumento de varios siglos de edad arder en llamas. El martes, cuando aún humeaban los escombros alrededor de la catedral de Notre Dame, ya quedaba claro que el infierno del lunes había sido causado por un fallo horrendo de la seguridad antiincendios en las obreras de restauración de la catedral. La responsabilidad reside en el Gobierno francés del presidente Emmanuel Macron y, en última instancia, en el sistema capitalista.

El monumento más visitado de Europa, inmortalizado por la novela Notre Dame de Parisescrita por Victor Hugo en 1831 y sus adaptaciones cinematográficas, ha sido eviscerado en una catástrofe prevenible. Las llamas consumieron el techo y desplomaron la aguja central, cuya caída abrió la bóveda de piedra de la catedral, dejando llover plomo fundido y ceniza sobre las piezas de arte debajo. Vitrales irremplazables del siglo trece se quebraron, el principal órgano fue dañado y el interior de la catedral es ahora un armatoste ennegrecido.

Vista aérea del incendio en Notre Dame

Los expertos internacionales de arquitectura están subrayando lo costoso, técnicamente desafiante y laborioso que es la seguridad antiincendios para tales proyectos. El calor de los sopletes o las herramientas eléctricas —algunas veces con cables de larga distancia en tubos— comienzan incendios en madera o polvo lejos de donde suceden los trabajos.

Cuando se restauran edificios antiguos, indica Gerry Tierney de la firma con sede en San Francisco, Perkins and Will, “Tiene que haber una vigilancia de incendios de 24 horas si hay actividad alguna que genere calor porque poco después de que inicia, tiene que haber alguien que intente llegar ahí lo más rápido posible”.

Los incendios catastróficos están asociados típicamente con recortes a los gastos en los niveles del personal contra incendios, comentó Edward Lewis de la University of South Florida: “En mi experiencia, comienza con un error humano que se deriva de niveles inadecuados de supervisión y negligencia respecto a procedimientos de prevención de incendios… En muchos trabajos de construcción, la proporción entre supervisores y trabajadores no es adecuada”.

Las diferentes versiones sobre el incendio demuestran que esto es lo que ocurrió en Notre Dame. Después de una primera alarma de incendios en el área del techo a las 6:20 p.m. del lunes, mucho después de que los trabajadores de construcción se habían ido a casa, el personal de la iglesia se apuró para revisar el enorme laberinto entrecruzado de madera del siglo trece al diecinueve que sostiene el techo. No encontraron el incendio. A las 6:45 p.m., sonó una nueva alarma de incendio. Esta vez, en pocos minutos, la madera extremadamente vieja, seca e inflamable estaba ardiendo descontroladamente.

El financiamiento para la renovación de Notre Dame pendía de un hilo. Hace dos años, cuando los oficiales eclesiásticos buscaban €100 millones para el proyecto, se vieron obligados a hacer una apelación interna a donantes y caridades después de que el Estado francés, el cual es dueño de la catedral, aceptó sorprendentemente a dar solo €2 millones por año. Con la imagen de la ahora vaciada carcasa de Notre Dame grabada en la mente de millones de personas alrededor del mundo, queda claro que los niveles subsecuentes de personal para la seguridad antiincendios eran trágicamente inadecuados.

El incendio en Notre Dame es una expresión horripilante de los procesos destructivos que el capitalismo ha desatado en cada país. El periodo desde la disolución de la Unión Soviética en 1991 y particularmente desde el colapso de Wall Street en 2008 ha sido testigo de una austeridad intransigente que ha ido de la mano de un rearme febril por toda Europa. Macron preside rescates bancarios de varios billones de la Unión Europea, mientras planea gastar €300 mil millones en el ejército para el 2023 e instituir recortes de impuestos para los ricos de miles de millones más.

Como resultado, cada programa verdaderamente vital no está recibiendo los fondos necesarios y cada esquina esta doblada. A su vez, esto ha causado algo que la prensa corporativa y las fuerzas en el poder consideran completamente natural: el empobrecimiento sistemático del pueblo trabajador, los recortes a los servicios sociales y el desfinanciamiento de las instituciones culturales. Sin embargo, a veces el carácter imprudente, egoísta y parasítico de las políticas que persigue la aristocracia financiera se ven reflejadas en la destrucción de importantes monumentos de la cultura humana.

El colapso de la aguja de la catedral de Notre Dame

Durante la invasión ilegal de Irak encabezada por Estados Unidos en 2003, las tropas de ocupación estadounidenses promovieron el saqueo del Museo Nacional de Irak y se quedaron viendo como ocurría, dejando que se perdieran 50.000 artefactos de hasta 5.000 años de edad y la destrucción del catálogo de las piezas en el museo. En entonces secretario de defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, apoyó el saqueo, declarando, “La gente libre tiene la libertad de cometer errores y perpetrar crímenes”.

El incendio de Notre Dame no está desvinculado, en el análisis final, de tales actos sangrientos de saqueo, incluyendo de la antigua ciudad de Palmyra por parte de las milicias islamistas patrocinadas por la OTAN durante la guerra de Siria. Esto fluye de las políticas llevadas a cabo por la misma clase gobernante, con los mismos objetivos esenciales.

Macron, odiado por los trabajadores en Francia que lo llaman “el presidente de los ricos”, subordina toda cuestión al afán de lucro de la aristocracia financiera. Sus recortes fiscales para los ricos permitieron que el milmillonario, Bernard Arnault, aumentara su riqueza personal en €22 mil millones solo el año pasado.

En el manifiesto de 1938, “Hacia un arte libre y revolucionario”, redactado conjuntamente por León Trotsky y el poeta francés André Breton, escriben, “Podemos decir sin exagerar que la civilización nunca había estado tan amenazada como en la actualidad. Los Vándalos, con instrumentos bárbaros y comparadamente tan poco efectivos, borraron la cultural de la antigüedad en una esquina de Europa. Sin embargo, hoy, vemos que la civilización mundial, la cual está unida en su destino histórico, se repliega bajo los golpes de fuerzas armadas reaccionarias que cuentan con todo el arsenal de la tecnología moderna”.

Estas oraciones hallan una confirmación devastadora en lo ocurrido a la catedral parisina. Notre Dame atravesó ilesa más de ocho siglos desde que inició su construcción en 1163. Sobrevivió los levantamientos históricos de la Revolución Francesa, la Comuna de París de 1871, la Primera Guerra Mundial y la ocupación nazi. Sin embargo, no pudo sobrevivir las primeras dos décadas del siglo veintiuno y el reino de Emmanuel Macron.

Hoy, los dictados de la aristocracia financiera se enfrentan a una oposición política cada vez mayor y a huelgas militantes de la clase obrera internacional. Las huelgas de docentes en Estados Unidos, músicos de orquesta, paros salvajes de trabajadores de las maquiladoras en México y huelgas de trabajadores de plantaciones y servicios civiles en el subcontinente indio se están produciendo mientras los “chalecos amarillos” en Francia y los trabajadores en Argelia se movilizan en lucha contra Macron y sus aliados de la dictadura militar argelina.

Ayer, dos de los milmillonarios franceses más ricos, Bernard Arnault y François Pinault, anunciaron donaciones respectivas de €200 millones y €100 millones para ayudar a reconstruir Notre Dame. Sus donaciones, una pequeña fracción de su inmensa riqueza, fueron hechas para contener la ira pública hacia su exorbitante riqueza. Tan solo subrayan el desperdicio y la anarquía generada por el dominio de la vida pública por parte de milmillonarios. Tales sumas, las cuales debieron hacerse disponibles para la restauración de Notre Dame antes del incendio, sin duda serán insuficientes para financiar lo que será un proyecto de reconstrucción de muchos años y muchos miles de millones de euros.

Vastas lecciones políticas fluyen de la devastación de Notre Dame. A unos cuantos cientos de metros de Notre Dame, se encuentra el museo del Louvre, creado inicialmente por la nacionalización de las colecciones de arte reales durante la Revolución francesa en 1793, en medio de la expropiación de la aristocracia financiera y la decapitación por guillotina del rey Luis XVI. El Louvre, proclamaron los revolucionarios franceses, sería “un santuario donde los pueblos se elevarán a ellos mismos volviéndose conscientes de la belleza”.

El camino hacia adelante para el movimiento emergente de la clase obrera internacional contra la aristocracia financiera del siglo veintiuno es orientarse hacia las tradiciones revolucionarias y una lucha por la expropiación de la oligarquía y la abolición de su control sobre la vida social y política.

(Publicado originalmente en inglés el 17 de abril de 2019)

Alex Lantier