Cómo el WRP traicionó al trotskismo:1973-1985

35. Un extraño interludio: las elecciones de 1983

Declaración del Comité Internacional de la Cuarta Internacional
20 febrero 2019

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Este es el trigésimo quinto de 43 capítulos que se publicarán diariamente. Originalmente fueron publicados como el Volumen 13, no. 1, de la revista Fourth International en el verano de 1986.

En 1985, después de un proceso prolongado de degeneración, el Workers Revolutionary Party, la sección británica del CICI, rompió en definitiva con el trotskismo. En mayo y junio de 1986, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional se reunió y realizó un exhaustivo análisis de las cuestiones teóricas, políticas e históricas involucradas en el colapso del WRP. “Cómo el WRP traicionó al trotskismo: 1973-1985” fue una labor clave en rearmar al movimiento y prepararlo para las batallas políticas en torno a la construcción de una dirección revolucionaria en la clase obrera. Estas lecciones son vitales para el desarrollo de nuevas secciones del CICI internacionalmente.

Durante la jornada electoral de 1979, el WRP se jactó de sus planes para postular suficientes candidatos en las próximas elecciones y así poder formar un gobierno. Pero cuando Thatcher inesperadamente convocó a elecciones para mayo de 1983, aquellos que recordaron esos planes tan ambiciosos tuvieron que sorprenderse de lo que leían en el News Line del 10 de mayo de 1983: “El Workers Revolutionary Party con gran orgullo anuncia que postulará 21 candidatos en varios distritos de Inglaterra, Escocia y Gales”. Es decir, un tercio de los candidatos que había postulado cuatro años antes. No se hizo el menor análisis para explicar este cambio mayor en la estrategia política del WRP.

Las declaraciones del WRP en las elecciones comprobaron que no había aprendido absolutamente nada del desastre de 1975-79. La línea que promulgaba durante mayo-junio de 1983 era aún más ecléctica y contradictoria que en la campaña anterior.

El News Line del 10 de mayo llevaba una declaración del Comité Político con el siguiente título: “Voto de clase para sacar a los conservadores”. Afirmaba que, si Thatcher salía reelecta, “pondría en marcha un programa de retroceso histórico que devolverá a Reino Unido a los primeros días del siglo diecinueve”. La declaración procedía a advertir:

Las tareas que enfrenta la clase gobernante son la destrucción de los sindicatos, la imposición de una economía basada en salarios esclavizantes y la destrucción de los servicios sociales y la NHS.

No podría tolerar ninguna oposición política. Los conservadores planean una legislación para abolir la tasa del Partido Laborista y privarlo de fondos. Al mismo tiempo, a los sindicatos se les multará en las cortes por huelgas que se consideren “ilegales”. Sus fondos serán confiscados.

A pesar de este análisis, los dirigentes del WRP, aunque parezca increíble, no pudieron convencerse a sí mismos de lanzar un fuerte llamado a volver a poner en el poder al Partido Laborista. En vez de esto, la línea central que adoptaron no fue más que una evasión pasiva de las tareas inmediatas que la clase trabajadora tenía que enfrentar —evasión disfrazada con una retórica llena de alarde:

Decimos que la respuesta es la movilización de la clase trabajadora bajo la dirección del Workers Revolutionary Party para acabar con el anticuado sistema capitalista y establecer un Reino Unido socialista y una economía planificada bajo el control y la administración de los trabajadores.

Es bastante difícil determinar si los autores de estas palabras eran idiotas, cínicos, criminales o alguna combinación de estas tres cosas. En primer lugar, hablaban de movilizar a la clase trabajadora bajo la dirección del WRP y ante condiciones en las que la influencia del partido durante los cuatro años previos había declinado tan drásticamente que solo pudo postular un tercio de los candidatos que había ofrecido en 1979. En segundo lugar, era innegable que la mayoría de las masas trabajadoras todavía se encontraba bajo el dominio político de la socialdemocracia. Por lo tanto, en un momento en el que el WRP hacía advertencias de que la reelección de Thatcher causaría la inminente destrucción del movimiento obrero —y era obvio que el partido no era capaz de movilizar a ninguna sección significante de la clase trabajadora bajo sus consignas para enfrentarse a esta amenaza—, este no vio la urgente necesidad de luchar por una victoria del Partido Laborista.

En la lucha contra el fascismo en Alemania, Trotsky batalló contra el ultimatismo de los estalinistas en relación con la socialdemocracia; y esto a pesar de que el Partido Comunista contaba con varios millones de obreros. Cuando el WRP no dirigía a más que unos pocos cientos —de los cuales solo varias docenas ocupaban puestos en los sindicatos y muy pocos de estos a nivel administrativo—, no le hacía ninguna exigencia al Partido Laborista.

Esto no era más que una estupidez política y, en el caso de Healy, un izquierdismo senil. Después de todo, ¿qué se puede entender por la siguiente declaración?

Las elecciones generales no pueden resolver estas cuestiones históricas. Para destrozar el Estado capitalista y lograr los objetivos de la revolución socialista, hay que emprender acciones bajo la dirigencia del WRP.

Las próximas cuatro semanas, sin embargo, serán decisivas para toda la clase trabajadora. Para todo el movimiento obrero serán cuatro semanas de intenso debate político en el cual el WRP ejercerá su derecho democrático para hacer campaña, reclutar y ampliar la circulación diaria del News Line (Subrayado en el original).

Después de advertir que la existencia misma de las organizaciones obreras corría un peligro inminente si ganaban los conservadores, esta declaración casualmente afirmaba que los resultados no eran particularmente importantes. Lo crucial era que el WRP iba a pasarse cuatro semanas en debates intensos. ¡Cuánto cinismo! Estaba bien claro que el WRP no tomaba sus propias advertencias en serio. ¿Qué era lo que en realidad les iba a decir el WRP a los trabajadores durante esas cuatro semanas de intenso debate? “Sus vidas corren gran peligro si Thatcher gana, ¡pero los resultados de las elecciones no importan para nada!”.

El único llamado a un voto por el Partido Laborista apareció como una reflexión tardía después de que se les hubiera dicho a los trabajadores de los 21 distritos que votaran al WRP.

Consideremos más cuidadosamente el contenido político de la línea del WRP durante las elecciones de 1983. Durante los tres años anteriores había cultivado las relaciones más estrechas posibles con la izquierda laborista en el GLC de Londres y con secciones de la burocracia sindical. En 1981, el WRP insistió en que el control laborista del Concejo de Lambeth y del GLC era tan decisivo para la supervivencia de la clase trabajadora que abogó por la cancelación de las huelgas y la aceptación de incrementos de las tarifas para que los laboristas se mantuvieran en el poder. El WRP insistió en que los oficiales laboristas elegidos tenían que mantener sus puestos para que pudieran dirigir la lucha contra los conservadores.

Pero, con todo esto, en unas elecciones nacionales en las que el WRP había advertido que si los conservadores ganaban habría ataques masivos contra el movimiento obrero, la elección de laboristas ya no asumía ninguna importancia.

Era mucho más extraña la siguiente paradoja: dado que el WRP ya estaba en una alianza de facto con un sector bastante significativo del Partido Laborista y de la burocracia sindical, ¿por qué no abogaba por una lucha sin cuartel para sacar a los conservadores del poder? Y, más importante aún, ¿por qué no exigía que Livingstone, Knight, y sus aliados entraran en acción para movilizar a las masas con una política socialista?

Y aquí llegamos a la criminalidad de la política del WRP. Siempre y cuando los conservadores permanecieran en el poder, los amigos del WRP en la izquierda laborista podían seguir sus vidas fáciles como críticos del gobierno, cubriendo sus traiciones e impotencia con acusaciones radicales —y vacías— a los conservadores. Al mismo tiempo, el WRP se libraba las manos para seguir cimentando sus relaciones oportunistas con estos socialistas de domingos por la tarde. De esa manera no le incumbía desenmascararlos ante las masas. Esta relación, tan mutuamente calurosa y armoniosa, solo corría peligro si los laboristas regresaban al poder.

Solo puede llegarse a una conclusión política: en 1983, al WRP no le interesaba para nada que los laboristas regresaran al poder. Desde el punto de vista de preservar sus alianzas centristas reaccionarias con los reformistas laboristas de izquierda y con varios burócratas sindicalistas, una victoria laborista hubiera sido “un mal presagio”. Se hubiera creado una situación en la que el WRP tendría que desafiar abiertamente a sus amigos “izquierdistas” o correr el riesgo de ser desenmascarados ante toda la clase trabajadora.

La victoria de los conservadores en junio de 1983 le vino a Healy como un trago dulce. Le permitió regresar al viejo juego de construir su alianza anticonservadora dentro del GLC y secciones de la burocracia sindicalista… en contra de la clase trabajadora.

Tan pronto las elecciones terminaron, Healy inmediatamente retornó a la línea oportunista y en bancarrota que había usado entre 1981 y 1983 para transformar al WRP en un apéndice de la burocracia obrera del GLC. El 11 de junio de 1983, una declaración del Comité Político del WRP, bajo el título “El único camino adelante después de las elecciones generales”, decía lo siguiente:

La defensa de los empleos se combinará con la lucha por defender el Concejo del Gran Londres (GLC) y los seis concejos metropolitanos que los conservadores han jurado abolir. La piedra angular del plan conservador es su deseo de eliminar los servicios sociales que los gobiernos locales ofrecen y botar de sus empleos a los miles de empleados que trabajan para estos concejos y que brindan dichos servicios.

Es también un ataque político contra los derechos y niveles de vida de las comunidades obreras que existen dentro de las ciudades. Los concejos que se encuentran bajo el control laborista tienen que tomar la delantera e invitar a los sindicatos y todas las organizaciones comunitarias locales para formar Concejos Comunitarios que monten una resistencia de clase a la dictadura conservadora del gobierno central.

Los sindicatos, cuyos derechos básicos serán objeto de ataques aún más perniciosos por parte del gobierno conservador, tienen que involucrarse en esta lucha (News Line, 13 de junio de 1983).

Esto no era más que una reformulación del mismo plan traicionero para subordinar a todos los sectores de la clase trabajadora al Estado y a sus agentes entre los izquierdistas laboristas. La referencia a los sindicatos era particularmente cínica; como hemos visto, cuando Healy hablaba de que los sindicatos deberían “involucrarse en esta lucha”, en realidad quería decir —como quedó claro en el caso de los trabajadores del transporte subterráneo— que los sindicatos evitaran cualquier confrontación con los administradores laboristas del Estado capitalista y abandonaran la defensa de sus miembros.

Por último, ningún análisis de la campaña electoral del WRP quedaría completo si no se examinara la contribución especial de Alex Mitchell al entendimiento de la naturaleza del Partido Comunista y del Laborista. En el curso de un largo artículo de opinión acerca de los problemas que el WRP había tenido que confrontar durante la “Marcha popular por empleos” —que tuvo lugar en plena campaña electoral de 1983— Mitchell hizo este profundo descubrimiento:

Esto nos trae a la diferencia política esencial entre los reformistas del Partido Laborista y los estalinistas. Los socialdemócratas (laboristas) traicionan a la clase trabajadora, pero los estalinistas lo hacen conscientemente. Forman un partido de traiciones organizadas contra los intereses de la clase obrera (News Line, 16 de mayo de 1983. Toda esta sección aparece subrayada en el original).

Esta observación nos brinda un arsenal de ideas para pensar. Si los laboristas en realidad no traicionan conscientemente a la clase trabajadora, ¿no era por lo tanto posible, con tan solo mostrarles el error de su método, convencerles de que lucharan por la clase trabajadora? Y en cuanto a los estalinistas, el comentario de Mitchell le da un cierto matiz curioso a su apasionada defensa, solo tres semanas antes, de la lucha del Partido Comunista por controlar al Morning Star.