Las negociaciones de paz en Afganistán y la debacle de la guerra contra el terrorismo

30 enero 2019

El enviado especial del Gobierno de Trump a Afganistán, Zalmay Khalilzad, anunció el lunes el borrador de un “marco” para un acuerdo de paz con el Talibán, el cual ha estado en guerra con las tropas estadounidenses por más de 17 años.

Khalilzad tiene un largo historial elaborando e implementando las políticas criminales de Estados Unidos que han llevado a las muertes de millones de afganos durante las últimas cuatro décadas y desplazando a millones más como refugiados.

En 1979, fue un asistente particularmente cercano de Zbigniew Brzezinski, el asesor de seguridad nacional durante el Gobierno de Carter, cuando se organizó la “Operación Ciclón”. Este fue el nombre de la guerra encubierta orquestada por la CIA, la cual dio miles de millones de dólares en armas y financiamiento para apoyar a los muyahidines —un conjunto de milicias islamistas que darían origen tanto al Talibán como a Al Qaeda— para derrocar el Gobierno en Kabul respaldado por la Unión Soviética y para envolver a la URSS en lo que Brzezinski llamó “su propio Vietnam”. Continuó trabajando bajo el Gobierno de Reagan para coordinar las políticas detrás de esta sangrienta operación.

Después de una brutal guerra civil en la que el Talibán terminaría estableciendo su control sobre la mayor parte del país, Khalilzad se convirtió “consultor” del conglomerado energético Unocal, el cual ahora forma parte de Chevron, para negociar con los talibanes un acuerdo para un oleoducto transafgano.

En 1996, escribió un memo insistiendo que “Los talibanes no practican el estilo antiestadounidense de fundamentalismo que practica Irán. Deberíamos… estar dispuestos a ofrecerles nuestro reconocimiento y ayuda humanitaria y promover una reconstrucción económica internacional”, es decir, promover acuerdos para las corporaciones petroleras.

En 2001, fue uno de los arquitectos de la invasión ilegal estadounidense del 7 de octubre para derrocar al Talibán. Su pretexto era vengar los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington. En el análisis final, la invasión de Afganistán, así como la guerra criminal contra Irak comenzada en 2003, no se debieron a ningún terrorismo, sino que buscaban el dominio militar estadounidense sobre dos importantes regiones productoras de petróleo y gas natural, la cuenca del mar Caspio y Oriente Próximo.

Khalilzad, un defensor de fiar para estos intereses, fue nombrado en diciembre de 2001 enviado estadounidense a Afganistán. Como un procónsul imperialista, trabajó en Kabul para solidificar el régimen títere de Hamid Karzai, un antiguo socio suyo de Unocal.

Huelga decir que Khalilzad no es un apóstol de la paz en quien confiar. Todavía queda por verse si las negociaciones que preside junto a una delegación de líderes talibanes en Qatar resultarán en el retiro de las 14.000 tropas estadounidense en Afganistán, además de 8.000 otros soldados en otros países.

Lo que es incuestionable es que su anuncio refleja un giro en la política militar y geoestratégica de Estados Unidos vinculado a la debacle de los últimos 17 años de “guerra contra el terrorismo” y de la invasión y ocupación de Afganistán —la guerra más larga con creces de EUA—. Al mismo tiempo, pregona un giro hacia la preparación de una confrontación militar con las potencias nucleares de China, Rusia y otras “grandes potencias”.

Los puntos generales del “marco” discutido en Qatar presuntamente involucra una reducción de las fuerzas estadounidenses durante 18 meses a cambio de garantías que el Talibán prevendrá que el país se “convierta en una plataforma para grupos terroristas internacionales”, según Khalilzad.

Dicha demanda podría hacérsele con incluso más justificación a Washington, el cual utilizó a milicias asociadas con Al Qaeda como fuerzas indirectas en sus guerras de cambio de régimen en Libia y Siria y, según varios informes, ha estado abierto a promover las actividades del Estado Islámico en Afganistán como un contrapeso al Talibán.

Un alto oficial citado por el New York Times reportó que la postura de Estados Unidos es que el retiro de sus tropas solo sucederá después de que el Talibán acepte negociar con el Gobierno respaldado por EUA en Kabul y acuerde a un cese al fuego.

En el pasado, los dirigentes del Talibán han rechazado tales negociaciones con el régimen apoyado por EUA, viéndolo como un títere de una ocupación extranjera, algo confirmado por el hecho de que Khalilzad esté realizando las negociaciones en Qatar detrás de las espaldas de la corrupta camarilla en Kabul.

¿Cuál ha sido el resultado de los 17 años de la intervención directa estadounidense en Afganistán? Según estimados conservadores, 175.000 han muerto por la guerra, una cifra que se aproxima a un millón incluyendo las muertes indirectas. Millones más han sido desplazados de sus hogares.

La guerra ha sido una serie interminable de atrocidades, desde la masacre de 800 prisioneros talibanes en noviembre de 2001 a la salvaje escalada de bombardeos estadounidenses durante el Gobierno de Trump. Solo en los primeros 10 meses del año pasado, los aviones de guerra y drones estadounidenses han descargado casi 6.000 municiones contra blancos en Afganistán.

La cifra de muertos también incluye las muertes de 2.300 militares estadounidenses y 1.100 soldados de otros países, además de un importante número de contratistas privados. Los heridos y mutilados son más de diez veces ese número, mientras que muchos más han quedado con síndrome de estrés postraumático debido a su servicio en una obscena guerra colonial. La tasa de suicidios de veteranos estadounidenses está alcanzando los 20 por día.

En cuanto a los costos materiales, la guerra en Afganistán ha drenado, según cálculos conservadores, más de $1 billón de recursos que pudieron haber ido a atender las vitales necesidades sociales de la población estadounidense, incluidos empleos, niveles de vida dignos, educación y atención de salud.

La “guerra contra el terrorismo” iniciada por la invasión de Afganistán fue utilizada como un pretexto para el asalto frontal a los derechos democráticos, incluyendo la aprobación de la Ley Patriota en 2001, la proliferación irrestricta del espionaje estatal, las “rendiciones extraordinarias”, las detenciones indefinidas, la tortura, los tribunales militares asociados con Guantánamo y las prisiones clandestinas de la CIA, la militarización de las agencias policiales y la persecución de musulmanes e inmigrantes. Gobiernos por todo el mundo han seguido el ejemplo de EUA, preparando como Washington una confrontación con su enemigo más peligroso, la clase obrera.

Siendo una guerra para reafirmar el dominio estadounidense sobre esta región rica en petróleo a fin de revertir el declive del imperialismo estadounidense a través de medios militares, no ha logrado ninguno de sus objetivos originales. La monstruosidad de dos cabezas que constituye el Gobierno afgano, uno de los más corruptos del mundo, es ampliamente odiado y se encuentra aislado. Los talibanes controlan más territorio ahora que en cualquier otro momento desde 2001.

En cuanto a los yacimientos de petróleo y gas estratégicos de Asia Central, tan solo han caído cada vez más en manos de Rusia y China.

Mientras que el imperialismo estadounidense sin duda seguirá intentando ejercer su influencia en Afganistán, sea por medio de bombardeos aéreos, la retención de bases estratégicas como en Bagram o el despliegue de mercenarios privados, las discusiones sobre el retiro de tropas están conectadas al giro estratégico estadunidense hacia un enfrentamiento militar con Rusia y China.

Esto quedó claro en la “Estrategia de seguridad nacional” publicada por el Gobierno de Trump hace un poco más de un año. Ahí se declara que la “competición entre grandes potencias” y los esfuerzos por contrarrestar los llamados “Estados revisionistas”, Rusia y China, serían el nuevo eje de la estrategia global estadounidense, substituyendo la supuesta “guerra contra el terrorismo”.

No existe un sector dentro de la élite gobernante estadounidense opuesto a la marcha hacia otra guerra mundial. Por el contrario, en la medida en que exista alguna oposición dentro del Partido Demócrata y el aparato militar y de inteligencia cuya perspectiva representa, se limita al reaccionario cuento de que Trump “coludió” supuestamente con Rusia y ha fracasado en perseguir con suficiente fuerza las guerras estadounidenses en marcha, particularmente en Siria y Afganistán.

Sin duda, en un artículo editorial el lunes del Washington Post, se expresa una hostilidad hacia las negociaciones de Khalizad con el Talibán completamente basa en la acusación de que la guerra finalizaría “según los términos del enemigo”, traicionando así “el orden político que [las fuerzas estadounidenses] han estado luchando por 17 años a un costo enorme”. El hecho de que este podrido “orden político” depende completamente en bayonetas extranjeras se deja sin mencionar.

La única forma de acabar con las interminables guerras del imperialismo estadounidense y prevenir el estallido de un cataclismo global es a través del crecimiento de la lucha de clases tanto en Estados Unidos como internacionalmente. Las condiciones están emergiendo rápido para el desarrollo de un movimiento político de masa de la clase obrera en oposición a las guerras imperialistas y su causa, el sistema capitalista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 29 de enero de 2019)

Bill Van Auken