Washington urde golpe de Estado derechista en Venezuela

25 enero 2019

El reconocimiento estadounidense de Juan Guaidó como el “presidente interino” de Venezuela —autoproclamado y no elegido— marca el inicio de un golpe de Estado dirigido desde Washington.

Guaidó se autoinvistió el miércoles ante un mitin antigubernamental masivo en Caracas. Prácticamente al mismo tiempo, Donald Trump tuiteó: “Los ciudadanos de Venezuela han sufrido por demasiado tiempo bajo el ilegítimo régimen de Maduro. Hoy, he reconocido oficialmente al presidente de la Asamblea Nacional venezolana, Juan Guaidó, como presidente interino de Venezuela”.

Este intento de cambio de régimen ha contado con el apoyo de un número de Gobiernos derechistas en América Latina, incluyendo el del presidente brasileño, el exoficial del ejército Jair Bolsonaro, quien fue inaugurado a principio del año. Canadá también se alineó rápido detrás de la conspiración de Washington, mientras que se reporta que el Gobierno de Macron en Francia ya comenzó a discutir dentro de la Unión Europea dar apoyo al títere de Washington.

Rusia, Turquía y México reiteraron su reconocimiento de Nicolás Maduro como presidente constitucionalmente elegido de Venezuela, así como Cuba y Bolivia.

El reconocimiento de Guaidó por parte de Washington como presidente constituye una intervención explícita del imperialismo estadounidense en pro de sus propios intereses predatorios en Venezuela, donde se encuentran los mayores yacimientos petrolíferos comprobados del mundo. Al mismo tiempo, busca expulsar la influencia de Rusia y China del hemisferio, los cuales han establecido estrechos lazos económicos y políticos con Caracas.

Esta operación de cambio de régimen ha estado en proceso por dos décadas. Ha trascendido desde el golpe de Estado fracasado que orquestó la CIA en 2002 contra el predecesor fallecido de Maduro, Hugo Chávez, bajo el Gobierno de Bush, a través de las sanciones del Gobierno de Obama y su designación de Venezuela como “una amenaza extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”.

Al dar efectivamente el apoyo de EUA a un Gobierno rival, la Administración de Trump busca crear las condiciones para un golpe militar e incluso una guerra civil dentro de Venezuela, así como para una intervención militar estadounidense desde afuera.

El presidente venezolano, Maduro, respondió a la intervención estadounidense rompiendo sus lazos diplomáticos con Washington y ordenando que todo el personal diplomático estadounidense deje el país en 72 horas. Guaidó, quien sin duda está consultando de cerca con el Departamento de Estado, revocó el decreto de Maduro, declarando que, como “presidente interino”, les pedía a los oficiales estadounidenses en el país que se quedaran. El Departamento de Estado respondió que ignoraría la orden de Maduro, abriendo la puerta a un enfrentamiento que podría ser utilizado como pretexto para una intervención estadounidense.

En sus declaraciones a reporteros el miércoles, Trump dejó en claro que se está considerando activamente una intervención militar. Cuando los reporteros le preguntaron si estaba contemplando enviar tropas estadounidenses a Venezuela, respondió que “todas las opciones están sobre la mesa”.

Un oficial estadounidense dijo a reporteros pidiendo que no lo citaran que, si el Gobierno de Maduro tomaba acciones contra Guaidó y sus simpatizantes, sus “días estarían contados”, mientras que varios informes en la prensa han indicado que Washington está considerando un bloqueo naval de Venezuela para detener sus exportaciones y tomar control de los activos venezolanos en Estados Unidos supuestamente en nombre del “presidente interino”.

Maduro, por más que hable de un “socialismo bolivariano”, encabeza un Gobierno capitalista que defiende la propiedad privada en Venezuela y que ha impuesto todo el peso de la cada vez más profunda crisis económica sobre las espaldas de los trabajadores venezolanos, cuyas huelgas y protestas han sido brutalmente reprimidas. Bajo Maduro y su predecesor, Chávez, el control privado de la economía del país en realidad creció y las ganancias del sector financiero vieron un ascenso meteórico, según el Gobierno desviaba cantidades vastas de riqueza social hacia pagar la deuda a Wall Street y a los bancos internacionales.

Sin embargo, los alegatos de la Casa de Trump de que este Gobierno es “ilegítimo” y que Washington busca defender la “democracia” no son nada menos que obscenos. Este mismo Gobierno, debería señalarse, no tiene ningún problema con la legitimidad de la monarquía policial-estatal y asesina del príncipe Mohamed bin Salman en Arabia Saudita, la dictadura del general Al Sisi en Egipto o regímenes similares entre los principales aliados de Washington en Oriente Próximo.

De acuerdo con interpretaciones no tan engañosas como las que Washington está utilizando para declarar a Maduro un “usurpador”, cualquier Gobierno del mundo podría afirmar que el propio Gobierno de Trump —elegido con menos votos populares que su oponente y opuesto por la mayoría del pueblo estadounidense— es “ilegítimo” y debería ser derrocado.

Más allá, cualquier régimen que resulte de la operación patrocinada por EUA en Venezuela será una dictadura derechista de los bancos, la patronal y el capital financiero que organizará un baño de sangre contra la clase obrera venezolana que eclipsará la masacre llevada a cabo en 1989 contra el Caracazo, cuando los trabajadores y pobres del país se alzaron en una rebelión popular contra las medidas de austeridad del Fondo Monetario Internacional.

El principal pilar del Gobierno nacionalista-burgués encabezado por Chávez y Maduro ha sido el ejército. Altos oficiales militares controlan sectores claves del Gobierno y de la economía nacional. Washington está esperando que este sea el talón de Aquiles del Gobierno, persuadiendo a los altos comandantes para que cambien de bando y lleven a cabo un golpe de Estado.

Se reveló el año pasado que oficiales del Gobierno estadounidense se reunieron varias veces en el otoño del 2017 y a principios del año pasado con un grupo de oficiales militares venezolanos que buscaban el apoyo de EUA para derrocar a Maduro. Estos contactos no rindieron fruto porque Washington consideró que la conspiración no estaba lo suficientemente preparada.

Estos cálculos podrían haber cambiado. El lunes hubo un levantamiento aislado por un grupo de soldados de la Guardia Nacional que tomaron armas y estaciones policiales, mientras que ayer se divulgó un video del general de división, Jesús Alberto Milano Mendoza, apareciendo junto a otros oficiales y declarando que el ejército debe rebelarse contra Maduro y que el alto mando no debería servir como “el brazo armado del Gobierno para su beneficio personal”. Milano Mendoza sirvió previamente como jefe de la guardia presidencial de Chávez.

No son solo Trump y la CIA que apoyan tanto el golpe venezolano como el dramático giro a la derecha en América Latina. Esto quedó abundantemente claro en el Foro Económico Mundial que inicio esta semana en el exclusivo complejo en los Alpes suizos de Davos, el cual reunió a los milmillonarios CEOs, banqueros, administradores de fondos de inversión, celebridades y líderes y oficiales gubernamentales.

Davos le presentó una alfombra roja a Jair Bolsonaro, el fascistizante exoficial del ejército que fue inaugurado como presidente de Brasil a principios del año. Bolsonaro pronunció un discurso particularmente bizarro y corto para dar inicio al foro. Los inversionistas presentes fueron descritos como “emocionados” por la oportunidad de aumentar sus ganancias bajo el nuevo Gobierno, el cual es encabezado por un individuo que ha expresado su apoyo a la dictadura militar brasileña y sus matanzas y tortura de oponentes izquierdistas, y cuyo Gobierno está repleto de generales e ideólogos derechistas.

Bolsonaro se incluyó dentro una cruzada continental de reacción política, declarando, “La izquierda no prevalecerá en esta región, lo que es bueno, creo, no solo para América del Sur, sino para todo el mundo”. Recibió una respuesta positiva de los representantes de los oligarcas financieros y sus respectivos Gobiernos, quienes se sienten cada vez más arrinconados por el recrudecimiento de la crisis financiera y el resurgimiento de las luchas de la clase obrera a una escala internacional. Todos tienen en la mira métodos de dictadura, autoritarismo, represión, censura y fascismo como la forma para defender su riqueza y dominio.

Dentro de Estados Unidos, pese a la guerra política interna en Washington, no hay ningún desacuerdo con el golpe de Estado en marcha en Venezuela. El senador demócrata de segundo mayor rango, Dick Durban, emitió una declaración el miércoles aclamando al títere del Departamento de Estado, Guaidó, y a sus simpatizantes como “los patriotas valientes que ven un futuro democrático y de más esperanza para el pueblo venezolano”.

El día en que Guaidó se declaró presidente, el New York Times, publicó un tributo entusiasta de este operador político derechista bajo el título, “Mientras se resquebraja Venezuela, está emergiendo una nueva voz de disensión”. No se molesta en informarle a sus lectores que esta “nueva voz” es un vocero pagado del Departamento de Estado de EUA.

El mismo periódico, el cual una vez fue la voz del liberalismo de la elite burguesa en EUA, aplaudió el golpe abortado de la CIA contra Chávez en 2002, declarando que “la democracia venezolana ya no está bajo amenaza” cuando un presidente elegido es arrastrado de su oficina y arrestado y un líder de una asociación empresarial respaldado por el ejército es proclamado presidente.

El golpe en desarrollo en Venezuela tiene implicaciones para toda América Latina y el planeta. Es parte del naufragio que constituyó el “giro izquierdista” que comenzó al principio del milenio —la llegada al poder de un número de Gobiernos nacionalistas-burgueses que dedicaron una cierta porción del fuerte aumento en los ingresos de las materias primas para financiar programas de asistencia social modestos y que utilizaron el auge chino para contrarrestar la influencia estadounidense en la región—.

Promovidos por tendencias pablistas y pseudoizquierdistas internacionalmente como una nueva forma de socialismo, la llamada “Marea rosa” solo sirvió para desarmar políticamente a la clase obrera en cara a un inevitable giro hacia la reacción y la represión.

Además, es inseparable del giro de la burguesía internacional hacia la reacción y las formas dictatoriales de gobierno, reflejado en acontecimientos como la amenaza de Trump de imponer un estado de excepción, los encomios de Macron hacia Pétain, el surgimiento del fascistizante AfD como principal partido de oposición en Alemania y la consolidación del dominio de la extrema derecha sobre el Gobierno en Italia. En todas partes, el dominio de una diminuta oligarquía financiera es incompatible con formas democráticas de gobierno.

La crisis política en Venezuela solo puede resolverse de forma progresista por medio de la intervención independiente de la clase trabajadora. Lo que se requiere no es la intervención del ejército, sino armar a las masas. La resolución de la crisis económica subyacente solo es posible por medio de la toma de la propiedad burguesa y la colocación de toda la vasta riqueza petrolera de Venezuela bajo control popular. Se deben establecer asambleas populares para avanzar este programa, mientras se apela a los trabajadores y oprimidos de todo el continente americano por apoyo.

La clase obrera en Estados Unidos debe oponerse a la intervención reaccionaria del Gobierno de Trump y luchar por unir sus batallas con los trabajadores en Venezuela y toda América Latina contra el enemigo común, el sistema capitalista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 24 de enero de 2019)

Bill Van Auken