Los demócratas reeligen una conducción derechista

1 diciembre 2018

El Partido Demócrata obtuvo control de la Cámara de Representantes en las elecciones de mitad de término en Estados Unidos el 6 de noviembre, tomando 40 escaños previamente controlados por republicanos. Esta es la mayor victoria demócrata desde las elecciones de 1974 después de que el presidente republicano, Richard Nixon, renunciara en desgracia por el escándalo Watergate.

Unos 61 diputados demócratas nuevos llegaron al Capitolio, incluyendo 31 que vencieron a los republicanos que controlaban dichos escaños, 12 que tomaron bancas de republicanos retirados, 17 que ganaron bancas de demócratas retirados y dos —Alexandria Ocasio-Cortez y Ayanna Pressley— que derrotaron a los demócratas que previamente controlaban los escaños en las primarias.

La reelección de la conducción Pelosi-Hoyer-Clyburn es una reafirmación por parte de los congresistas demócratas de que no habrá ningún cambio en el programa, las tácticas y la estrategia del Partido Demócrata, a pesar del contundente resultado anti-Trump el 6 de noviembre. Según un estimado, hubo un récord de 111 millones de votantes en los comicios de mitad de término, dándoles a los candidatos demócratas una mayoría de nueve millones de votos.

Lejos de tomar este voto como un mandato para oponerse a las políticas derechistas del Gobierno de Trump, ni hablar de encarar sus ataques contra los derechos democráticos, la persecución de inmigrantes y sus pasos hacia guerras económicas y militares, la dirección bajo Pelosi no ha escatimado ninguna oportunidad para declarar su determinación para cooperar y colaborar con la Casa Blanca donde sea posible.

No bien se volvía aparente la victoria demócrata el 6 de noviembre, Pelosi prometió una conciliación con Trump. Una y otra vez, ha ofrecido trabajar con la Administración en cuestiones como inversiones en infraestructura, los precios de los medicamentos recetados y medidas para defender la maquinaria electoral de supuestos ciberataques rusos, chinos o iraníes.

Después de insistir durante la campaña electoral que el trato barbárico de Trump a los inmigrantes era una “distracción” de las problemáticas reales, Pelosi se ha prácticamente mantenido en silencio mientras Trump ordena lanzar gases lacrimógenos contra mujeres y niños en la frontera, construir campos de concentración y poner fin en efecto a los derechos de asilo, además de movilizar al ejército para imponer un régimen de terror e intimidación.

Los estrategas demócratas incluso han sugerido ganarse a Trump en oposición al Senado controlado por los demócratas en temas donde existan “intereses encontrados”, como las medidas proteccionistas contra China, el gasto federal en proyectos de infraestructura. Esta sería una versión renovada de la notoria política de “triangulación” perseguida por la Casa Blanca bajo Clinton en los noventa.

Ninguna de estas acciones es una sorpresa para nadie que haya estudiado el historial político de Pelosi y los demócratas durante las últimas dos décadas. Estando casada con un inversor de bienes raíces con una fortuna que se acerca a los $100 millones, Pelosi es una de las legisladoras más pudientes del Congreso. Como una servidora leal al imperialismo estadounidense, se convirtió aceleradamente en una diputada de rango y, en 2002, sustituyó a Richard Gephardt como líder del Partido Demócrata en la Cámara de Representantes.

En los límites de este comentario, no es posible detallar el historial político derechista de Pelosi. Sin embargo, cabe notar que se especializa en lamentar verbalmente las peores atrocidades de los Gobiernos republicanos, mientras no hace nada al respecto. Durante el Gobierno de Barack Obama, defendió a pleno pulmón las medidas más reaccionarias de la Administración demócrata: los asesinatos con drones, las guerras en Libia, Siria y Yemen, el rescate de Wall Street, el arresto y la deportación de más inmigrantes que la suma de todas las Administraciones estadounidenses previas.

Su registro en cuestiones de seguridad nacional es repugnante, particularmente respecto al espionaje interno, como corresponde con una antigua miembro de la comisión de inteligencia de la Cámara de Representantes que era informada regularmente, como líder de la minoría o presidenta de la cámara baja, sobre las acciones más sensibles y antidemocráticas tomadas por Bush, Obama y Trump. Votó a favor de establecer el Departamento de Seguridad Nacional en 2002, redactó y votó a favor de una resolución que apoyaba a las tropas estadounidenses después de que Bush ordenara la invasión de Irak en marzo de 2003, respaldó repetidamente los presupuestos militares durante la guerra en Irak, incluso después de que los demócratas tomaran control de la Cámara de Representantes en 2006 con base en apelaciones limitadas a la amplia oposición a la guerra.

Se opuso a los llamamientos para retirar inmediatamente las tropas estadounidenses de Irak y para sujetar a George W. Bush a un juicio político por iniciar la guerra con base en mentiras. En diciembre de 2005, cuando se hizo público el espionaje interno de estaba llevando a cabo la Agencia de Seguridad Nacional, admitió haberlo sabido por años como demócrata de rango en la comisión de inteligencia de la cámara baja.

En 2007, realizó una maniobra legislativa para permitir que una minoría de demócratas apoyara a los republicanos para refinanciar la ofensiva militar de Bush en Irak (“el surgimiento”), la cual desató una masacre a plena escala entre milicias rivales suníes y chiitas en un país ya asolado por la guerra. Pelosi se encontraba tan identificada con la traición demócrata de la oposición popular a la guerra que Cindy Sheehan, quien se convirtió en una prominente activista antiguerra después de la muerte de su hijo en Irak, decidió postularse en su contra en las elecciones legislativas de 2008.

Bajo Obama, Pelosi recibió el “crédito” de la promulgación de la Ley de Cuidado de Salud Asequible. Pese a ser vendida falsamente como una “reforma progresista”, constituyó un esfuerzo para transferir el peso de los gastos en salud del Gobierno y las empresas a trabajadores individuales. También aseguró la aprobación de la legislación Dodd-Frank, presentada como un castigo a Wall Street por el derrumbe financiero de 2008. Sin embargo, ningún banquero fue a la cárcel y las supuestas regulaciones demostraron ser una carta muerta. Los mayores bancos y fondos de inversión son ahora más grandes que nunca y están embrollados en apuestas aún más imprudentes que en 2008, sentando las bases para un colapso económico peor.

Dado este atroz historial, es un hecho significativo que su única oposición al cargo de líder demócrata en la cámara baja vino de la derecha, es decir, de demócratas que buscan alinear al partido incluso más estrechamente con Trump y los republicanos, principalmente en cuestiones como comercio, inmigración y expansión militar. El líder más prominente de este grupo, el diputado Seth Moulton, quien ha ocupado un escaño del estado de Massachusetts por dos términos, es un excomandante de la Guerra en Irak y apadrinó la operación política que colocó a 11 veteranos del aparato de seguridad nacional —agentes de la CIA, oficiales, militares y estrategas civiles de guerra— entre los nuevos demócratas en la Cámara de Representantes.

Mientras tanto, Alexandria Ocasio-Cortez, la legisladora electa del decimoquinto distrito de Nueva York y miembro de los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) que es idolatrada por la pseudoizquierda y promovida incesantemente por la prensa corporativa, respaldó a Pelosi, declarando que sus oponentes en la bancada demócrata querían empujar al partido aún más a la derecha. Esto es cierto, pero no es más que una condena a grupos como el propio DSA que afirman que este partido derechista e imperialista, eternamente comprometido con la defensa de la élite empresarial estadounidense y sus intereses imperialistas, puede ser empujado a la izquierda.

Un largo perfil en Jacobin, una revista pro-DSA, efectivamente respalda a Pelosi, citando la observación de Ocasio-Cortez de que sus únicos desafiantes están a su derecha. “El reascenso de Pelosi no es un desastre—en tiempos más oscuros, pudo haber sido el centrista Steny Hoyer en su lugar”, escriben. ¡Ahora sí, esa es una perspectiva audaz: utilizando un microscopio político para encontrar las minúsculas diferencias entre una criminal de guerra comprobada y servidora del capital y su adjunto por los últimos 16 años!

No existe ningún camino hacia adelante para el pueblo trabajador a través del Partido Demócrata. El primer paso para librar una lucha auténtica por puestos de trabajo, niveles de vida dignos, la defensa de los derechos democráticos y en oposición a las guerras imperialistas es que la clase obrera rompa con el Partido Demócrata y construya su propio movimiento político independiente de masas por un programa socialista y antibélico.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 29 de noviembre de 2018)

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Patrick Martin