El presidente alemán defiende la alianza contra la Revolución de Noviembre de 1918 entre los socialdemócratas y la reacción de derechas

por Peter Schwarz
16 noviembre 2018

El 9 de noviembre de 1918 fue un “hito en la historia de la democracia alemana”, declaró el presidente Frank-Walter Steinmeier en una reunión conmemorativa especialmente programada del Bundestag (parlamento) alemán. La Revolución de Noviembre, afirmó, había allanado el camino a la democracia parlamentaria y sentó los cimientos del moderno Estado del bienestar.

El presidente reconoció expresamente el papel que jugó Friedrich Ebert, el presidente del Partido Socialdemócrata (SPD), el partido al que pertenece hoy Steinmeier. Ebert “quería antes que nada evitar el caos, la guerra civil y la intervención militar por parte de las potencias vencedoras”, y fue impulsado por el deseo “de darle trabajo y pan al pueblo”, afirmó.

De hecho, Ebert fue empujado por el deseo de aplastar la revolución de los trabajadores y los soldados, que se había propagado como la pólvovra por todo el país, y así salvar tanto del viejo orden como fuera posible.

Ya el 3 de octubre, cuando la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial se había vuelto evidente y la disconformidad en las fábricas y en el ejército alcanzó el punto de ebullición, el SPD entró en el gobierno imperial por la primera vez en su historia. Ebert explícitamente justificó esta medida con la necesidad de impedir la inminente revolución.

“Si no queremos un acuerdo con los partidos burgueses y el gobierno, entonces tenemos que dejar que las cosas sigan su rumbo... entonces le dejamos el destino del partido a la revolución”, declaró el 23 de septiembre a la facción parlamentaria y la ejecutiva del SPD. Añadió que quienquiera que hubiera experimentado lo que pasó en Rusia, donde la Revolución de Octubre había tenido éxito el año anterior, “no podría desearnos tal desenlace”. El SPD tenía que “tirarse a la grieta” y salvar al país. Esa es “nuestra maldita obligación y responsabilidad”, dijo Ebert.

Era muy tarde, sin embargo, para detener la revolución. Al final del mes, los marineros de la Flota de Alta Mar se amotinaron. Los marineros eran reclutados principalmente de entre los trabajadores que habían sido llamados a filas en la Marina a causa de su capacidad técnica. Cuando parte de la flota fue transferida a Kiel, los marineros se aliaron con las decenas de miles de trabajadores de los astilleros de la ciudad, que desempeñaron un papel clave en la guerra.

En el lapso de unos pocos días, el levantamiento de los marineros de Kiel se extendió por Alemania y desbancó a las autoridades existentes. Consejos de obreros y soldados proliferaron como setas.

Cuando la revolución llegó a Berlín el 9 de noviembre, el SPD saltó a la acción. El emperador abdicó y el mismo día Ebert asumió el liderazgo del movimiento, llamado de manera engañosa “Consejo de Diputados del Pueblo”. El “consejo” consistía de tres socialdemócratas y tres miembros de los socialdemócratas independientes.

En los días siguientes, los dirigentes del SPD se aliaron con las fuerzas más reaccionarias del aparato estatal y del ejército para aplastar la insurrección de los trabajadores, que estaban decididos a eliminar el viejo orden. (Ver: “Cien años desde la Revolución de Noviembre en Alemania”.)

Steinmeier se sintió obligado a distanciarse algo de las acciones brutales de Ebert y su “sabueso” Gustav Noske. Los Diputados del Pueblo “probablemente tenían que arriesgar más cambio de lo que consideraban justificado desde su punto de vista”, dijo. “Demasiados opositores jurados de la joven república conservaron sus cargos en el ejército, el poder judicial y la administración”, admitió. Por lo tanto, “no había justificación” para “desencadenar efectivamente la brutalidad de fuerzas nacionalistas de voluntarios”. (Esto era una referencia diplomática a los protofascistas Freikorps). Las víctimas de esos días —Steinmeier nombró a Rosa Luxemburgo y a Karl Liebknecht en particular— también deberían ser conmemorados, dijo.

Sin embargo, defendió totalmente la represión por parte del presidente del levantamiento espartaquista, que culminó el 15 de enero de 1919 con el asesinato de Luxemburgo y Liebknecht. “Pero es verdad”, dijo, “que los Diputados del Pueblo dirigidos por Friedrich Ebert tenían que defenderse contra el intento de la izquierda radical de impedir las elecciones a la Asamblea Nacional por la fuerza”. Era “el gran mérito del movimiento obrero moderado que intentaran —en un clima de violencia, en medio de dificultades y del hambre— llegar a un compromiso con las fuerzas moderadas de la burguesía y dar prioridad a la democracia parlamentaria”.

La misma burguesía con la que el SPD quiso llegar a un “compromiso” llevó a Hitler al poder 15 años más tarde. La verdadera misión del SPD en 1918 fue ahogar en sangre una revolución dirigida no solo contra el régimen de los Hohenzollern, sino también contra su base social —la casta militar, los barones de la industria, los grandes latifundistas, el aparato estatal prusiano y el archirreaccionario poder judicial. El SPD salvó los pilares del viejo orden, que de otra manera hubiera sido barrido por la revolución. Pudieron conservar su propiedad, su estatus social y su poder. Un puñado de concesiones sociales y democráticas, que más tarde serían retiradas, fueron un pequeño precio a pagar.

La democracia de Weimar nunca fue más que una fachada, que se venía abajo cada vez que los antagonismos de clase se intensificaban. Este fue el caso en 1923 cuando Ebert, ahora presidente y enfrentándose a una inminente revolución proletaria, le transfirió el poder ejecutivo al general Hans von Seeckt y estableció prácticamente una dictadura militar. De 1925 en adelante, Paul von Hindenburg fue presidente del Reich y jefe de la república. El mariscal de campo, que había establecido un tipo de dictadura militar durante los últimos años de la guerra, había sido uno de los blancos principales de la de la Revolución de Noviembre.

Bajo los auspicios de Hindenburg, la fachada democrática se vino abajo del todo. A partir de 1930, los gobiernos ya no se apoyaban en las mayorías parlamentarias, sino en decretos de emergencia firmados por el presidente. En 1933, una conspiración dirigida por Hindenburg hizo canciller a Hitler.

Cuando Steinmeier ahora confiesa su orgullo en esas tradiciones, cuando exclama, “¡No afirmemos más que la República de Weimar era una democracia sin demócratas!”, cuando reconoce un “patriotismo ilustrado” y transforma engañosamente los colores nacionales de Alemania: negro, rojo y dorado, en un símbolo de la “democracia y la ley y la libertad” —expresa su intención de volver a las tradiciones reaccionarias de la historia alemana.

El rasgo más notable del discurso de Steinmeier fue la reacción de los diputados del Bundestag repleto. Lo aplaudieron una y otra vez. Al final, todos los diputados —desde el partido La Izquierda hasta el ultraderechista Alternativa para Alemania— se pusieron de pie para ovacionarlo y para cantar el himno nacional. Todos los partidos “moderados” e “izquierdistas” no podrían haber dejado más claro su parentesco fundamental con la AfD, que evoca abiertamente las tradiciones más reaccionarias de la República de Weimar y considera al régimen nazi una mera “manchita de caca de pájaro” en mil años de historia alemana exitosa.

El discurso de Steinmeier también recibió una aprobación enorme desde los medios. Heribert Prantl, que encabeza las páginas de opinión del Süddeutsche Zeitung, publicó una respuesta efusiva que desafía los comentarios. El discurso fue un “rayo de esperanza”, “un milagro”, “un discurso bueno, sabio y excelente”, dijo entusiasmado. Estaba particularmente encantado por el hecho de que “todos los diputados —todos, ¡incluso los de AfD!— lo recompensaron ovacionándolo de pie”. ¡Algo que debería hacer saltar las alarmas, para Prantl es fascinante!

El discurso de Steinmeier y la reacción que provocó ejemplifican lo que está pasando actualmente en la sociedad en su conjunto. Ante la profunda brecha entre la vasta mayoría de la población y los partidos establecidos, estos últimos están cerrando filas y desplazándose más a la derecha para implementar un programa reaccionario de militarismo, rearme y recortes sociales.

La AfD ya determina en buena medida el rumbo del gobierno. La gran coalición gobernante —la Unión Demócrata Cristiana (CDU), la Unión Social Cristiana (CSU) y el Partido Socialdemócrata (SPD)— se ha hecho con su política reaccionaria sobre los refugiados, completamente. La lección que Steinmeier saca de la Revolución de Noviembre de 1918 es que hace falta una colaboración aún más estrecha con las fuerzas más reaccionarias de la política y del aparato del Estado para reprimir el levantamiento que se avecina.

El SPD está decidido a seguir por este camino hasta el final. Aunque el partido está actualmente en un mínimo histórico en los sondeos con el 13 por ciento, se aferra firmemente a la gran coalición. En cuanto a los Verdes, celebraron un congreso el fin de semana pasado cuya principal tarea era preparar al partido para la participación en el gobierno junto a la CDU y la CSU.

La clase trabajadora tiene que extraer sus propias lecciones de la Revolución de Noviembre de 1918. Para contrarrestar a las fuerzas unidas de la reacción, le hace falta su propio partido marxista independiente. La construcción del Partido Socialista por la Igualdad es un cometido impostergable.

(Publicado originalmente en inglés el 14 de noviembre de 2018)