¿Qué debemos hacer con los plutócratas?

3 noviembre 2018

Un nuevo reporte del centro de pensamiento estadounidense Institute for Policy Studies publicado el martes, subraya el papel de la riqueza heredada en el crecimiento de la desigualdad social en Estados Unidos. El reporte, intitulado “La bonanza de los milmillonarios: las dinastías de la riqueza heredada en los Estados Unidos del Siglo Veintiuno”, analiza la lista de los 400 individuos más ricos de Estados Unidos recopilada por la revista Forbes y encuentra que una tercera parte de ellos obtuvieron sus fortunas principalmente de herencias de sus padres o incluso de generaciones más antiguas de superricos.

Las tres dinastías más acaudaladas, los Walton, los hermanos Koch y la familia Mars, vieron su riqueza combinada aumentar casi 6.000 por ciento desde 1982, mientras que la riqueza promedio de un hogar en EUA de hecho se disminuyó levemente. Estas tres familias, cuyas fortunas provienen de las ventas minoristas, la producción petrolera y la producción alimentaria respectivamente, tenían una riqueza combinada de $348,7 mil millones en 2018, un aumento de $5,84 mil millones en 1982, ajustado a dólares de 2018.

A parte de los siete Walton, dos Koch y seis Mars, el reporte señala que hay nueve herederos Cargill en la lista Forbes 400, junto a cinco Johnson (Fidelity Investments), nueve Pritzkers (Hyatt Hotels), cinco herederos de la fortuna Cox de la industria mediática, cuatro herederos de la fortuna petrolera Duncan, cuatro Lauder (perfumes), cinco milmillonarios del imperio Johnson & Johnson, cuatro hermanos Bass (petróleo), tres Stryker (equipo médico), entre otros. Las quince dinastías más pudientes tenían una riqueza combinada de $618 mil millones.

En los cien años desde la primera “Era bañada en oro” (Gilded Age) de EUA, la vasta riqueza de las familias dinásticas originales como los Rockefeller, Mellon, Carnegie y DuPont se ha dispersado en manos de un gran número de descendientes, además de lo que se había diluido por impuestos progresivos (antes de 1980) y, en unos pocos casos, por medio de transferencias a fundaciones. Sin embargo, el reporte indica, “Ahora, varias décadas desde que inició la segunda ‘Era bañada en oro’, las familias con riquezas dinásticas han vuelto a tener una fuerte representación en la lista Forbes 400. Y al igual que las dinastías previas, un segmento de estas familias utilizan sus considerables riquezas y poder para manipular las reglas de la economía y proteger y expandir su riqueza y poder”.

Estas familias ricas han impulsado importantes cambios en las leyes de impuestos y herencias que les permitirán pasar su dinero a la siguiente generación prácticamente sin inconveniente alguno. Estas leyes serán aprovechadas por la nueva capa de superricos, personificada por Jeff Bezos, Warren Buffett y Bill Gates, cuya riqueza combinada es mayor a la riqueza de la mitad más pobre de la población estadounidense.

Pero el impacto en la vida social y política de EUA va mucho más allá de la acumulación inmediata y la preservación de las fortunas familiares. El reporte comienza con una advertencia de Paul Volcker sobre los peligros a raíz del control de la sociedad por una élite diminuta y sumamente rica. Cuando era presidente de la Junta de la Reserva Federal, el banco central estadounidense, Volcker estaba íntimamente familiarizado con la psicología política y social de esta capa.

“La cuestión central es que nos estamos convirtiendo en una plutocracia”, dijo Volcker. “Tenemos a un número enorme de personas enormemente ricas que se han convencido a ellas mismas de que son ricas porque son inteligentes y constructivas. Y no les cae bien el Gobierno ni pagar impuestos”. A ello se debe la agenda de recortes fiscales y desregulación llevada a cabo por Administraciones demócratas y republicanas por igual.

Los últimos cuarenta años han sido testigo de la consolidación de la élite plutocrática, la cual ha subordinado todos los aspectos de la sociedad estadounidense a un solo objetivo: acumular cantidades cada vez más colosales de riqueza personal. El uno por ciento más rico ha capturado todo el aumento de los ingresos nacionales durante las últimas dos décadas y todo el aumento de la riqueza nacional desde la crisis de 2008.

Esta es la razón de clase y fundamental detrás del desplazamiento dramático y aparentemente interminable de la política estadounidense hacia la derecha en este periodo. Los empleos con salarios dignos, la seguridad laboral de largo plazo, las escuelas públicas decentes, la infraestructura social para transporte, salud, vivienda e incluso los sistemas de agua y alcantarillados—todo esto se ha sacrificado para el enriquecimiento personal sin fondo y maniático de los plutócratas.

La destrucción de los trabajos, niveles de vida y beneficios sociales del pueblo trabajador es justificada de forma constante e invariable por la élite empresarial estadounidense y los políticos capitalistas, tanto demócratas como republicanos, con la declaración de que “no hay dinero”. Este mantra es repetido incluso mientras las fortunas de los superricos alcanzan dimensiones previamente impensables. Lo que realmente significa es que “no hay dinero para ustedes, porque nosotros lo queremos todo”. Los plutócratas cargan con la misma responsabilidad sobre la sociedad moderna como el papel que desempeña un tumor canceroso en el cuerpo humano.

El Institute for Policy Studies ha cumplido un servicio público al informar sobre estas cifras, complementando los hallazgos de los economistas Emmanuel Saez, Thomas Piketty y Gabriel Zucman. Sin embargo, las políticas promovidas por el IPS, reformas liberales tibias como la reinstitución del impuesto sobre las herencias y un impuesto anual sobre la riqueza del uno por ciento, no tienen ni la mínima posibilidad de ser promulgados en el orden social actual. Son propuestas para crear ilusiones en el Partido Demócrata y, en particular, para promover a políticos de la calaña de Bernie Sanders.

La realidad es que el Partido Demócrata está tan controlado por los milmillonarios y es tan dedicado a la defensa del capitalismo que el Partido Republicano. La aristocracia financiera nunca permitirá que tales medidas sean adoptadas por medio de mecanismos como el Congreso y la Presidencia, los cuales controla de pies a cabeza. Por el contrario, el giro abierto al autoritarismo de ambos partidos corporativos es una muestra poderosa del hecho de que la desigualdad económica a esta escala en Estados Unidos es incompatible con la democracia.

La única alternativa realista a la dictadura de los milmillonarios es la movilización política independiente de la clase obrera con base en un programa socialista. La consigna de la clase obrera no puede ser “recuperemos los impuestos modestos sobre los superricos”, sino “expropiemos a los superricos”. La clase obrera tiene que tener como objetivo la confiscación de la riqueza de los milmillonarios, producida en primer lugar por los trabajadores, para proveer los recursos necesarios para el bien común. Este sería el paso inicial y el más decisivo en la reorganización socialista de la vida económica en pro de satisfacer las necesidades humanas y no el lucro privado.

(Publicado originalmente en inglés el 2 de noviembre de 2018)

Patrick Martin