Tiroteo masivo en sinagoga en Pittsburgh

Irrumpe la violencia antisemita en Estados Unidos

30 octubre 2018

La masacre antisemita en la sinagoga Tree of Life and Pittsburgh, estado de Pennsylvania, ha escalado la crisis en la política y sociedad estadounidense a un nuevo nivel. Cada vez más, las condiciones en Estados Unidos asumen el carácter de una guerra civil y se promueven las fuerzas más atrasadas y reaccionarias.

Once personas fueron asesinadas en una masacre en Pittsburgh durante servicios religiosos el sábado en la mañana. Entre las víctimas, principalmente de edades avanzadas, se encontraban dos hermanos y una pareja de 84 y 86 años. Otra víctima fue Rose Mallinger de 97 años. El pistolero, Robert Bowers, ha sido acusado de 11 homicidios calificados y 13 intimidaciones étnicas.

Mientras que el antisemitismo no es poco común en Estados Unidos, un acto de violencia masiva dirigido contra judíos a esta escala no tiene precedente. Como lo indicó un comentarista en el diario israelí Haaretz, “la ilusión de que ‘esto no podría ocurrir aquí’ ha quedado destruida. Los judíos estadounidenses se despertarán el siguiente día viendo un futuro nuevo y mucho más aterrador, sabiendo no solo lo que ha pasado aquí, sino que ese ataque podría presagiar asaltos similares en el futuro”.

Para entender el significado de este acto es necesario situarlo en su contexto, no solo nacional, sino internacional e histórico.

El atentado es un producto directo de los llamamientos abiertos a desatar violencia fascista por parte del Gobierno de Trump. Bowers estuvo claramente motivado por una combinación virulenta de antisemitismo y chauvinismo antiinmigrante. Publicó comentarios en las redes sociales justo antes del ataque vinculando su odio hacia los judíos con los esfuerzos de la Sociedad Hebrea de Ayuda a Inmigrantes (HIAS, por su sigla en inglés), a la cual está afiliada la sinagoga Tree of Life, para ayudar a los refugiados que escapan de Centroamérica. “A HIAS le gusta traer a invasores que matan a nuestra gente”, escribió. “No puedo solo sentarme aquí y ver cómo masacran a mi gente”.

El vocabulario empleado, incluyendo el uso de “invasores” para referirse a los migrantes que escapan de la pobreza y violencia en Centroamérica causadas por el imperialismo estadounidense, es el mismo que utiliza la Administración de Trump. En un discurso la semana pasada, Trump se refirió a la caravana de migrantes que marcha hacia la frontera de Estados Unidos como “un ataque contra nuestro país”. La describió como una invasión que atenta contra “nuestras comunidades, nuestros hospitales, nuestras escuelas”. En declaración saturadas de temas antisemitas y fascistizantes, Trump denunció a aquellos que “buscan retroceder el tiempo y retornar al poder a globalistas corruptos y hambrientos de poder…”.

El ataque contra la sinagoga sigue una serie de bombas caseras enviadas por un simpatizante de Trump a demócratas prominentes.

No obstante, Trump es en sí un síntoma, no una explicación. ¿Qué hizo que Trump llegara al poder?

Las consecuencias de la crisis financiera de 2008 y las políticas pro Wall Street del Gobierno de Obama, que permitieron que la derecha se presentara como la defensora de “los hombres olvidados”. A esto, se suman el impacto de más de un cuarto de siglo de guerras interminables, 17 años bajo la consigna de la “guerra contra el terrorismo”, y el giro de la clase gobernante —tanto demócratas como republicanos— a recurrir a formas cada vez más autoritarias de gobierno ante la creciente resistencia de la clase obrera.

Mientras que Trump está buscando cultivar un movimiento extraparlamentario de la ultraderecha, los demócratas están promoviendo al FBI, la CIA y el ejército, presentándolos como los garantes de la estabilidad contra aquellos que “siembran discordia” y descontento.

El contexto internacional subraya el hecho de que está sucediendo mucho más que solo Trump y su Gobierno. El surgimiento los movimientos y Gobiernos de extrema derecha y tinte fascista es un fenómeno global.

En Filipinas, ha producido a Rodrigo Duterte, quien ha aplaudido y ayudado a organizar escuadrones de la muerte.

En India, el primer ministro Narendra Modi es miembro del RSS de tendencia fascista. Como ministro en jefe de Gujarat, ayudó a organizar revueltas en 2002 que mataron a cientos de musulmanes.

En Brasil, las elecciones del domingo subieron al poder al candidato ultraderechista, Jair Bolsonaro.

En toda Europa, los partidos ultraderechistas y fascistizantes se han visto promovidos sistemáticamente por la burguesía. Cabe notar particularmente lo ocurre en Alemania. En un país que produjo a Hitler y los crímenes más horrendos del siglo veinte, incluyendo la masacre de seis millones de judíos durante el Holocausto, el fascismo es nuevamente una fuerza política prominente.

La fascistizante Alternativa para Alemania (AfD, por su sigla en alemán), es el principal partido de oposición, siendo cultivado deliberadamente por los partidos de la élite política, los demócratacristianos y los socialdemócratas, quienes han aprovechado toda oportunidad para adaptarse a y acoger el chauvinismo antiinmigrante.

El mes pasado, el titular de la AfD, Alexander Gauland, publicó un artículo de opinión en el principal periódico del país, el Frankfurter Allgemeine Zeitung, en el que parafraseó un discurso por Hitler. Mientras tanto, el Estado, en alianza con la AfD, ha pasado a criminalizar a la oposición izquierdista al fascismo.

El significado del resurgimiento del fascismo en Alemania ha sido casi completamente ignorado por la prensa estadounidense, incluido el New York Times. Los esfuerzos de historiadores reaccionarios para reescribir la historia alemana y relativizar los crímenes de los nazis no han generado ninguna oposición en la élite liberal, incluyendo los corruptos círculos académicos en Estados Unidos.

El hecho de que Israel sea uno de los países en los que el fascismo está en auge pone de relieve la universalidad de este proceso. El odio a los judíos es un tipo virulento de nacionalismo que en Israel se expresa en forma de violencia aprobada y organizada por el Estado contra los palestinos. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien hace poco presidió la promulgación de la “Ley Estado nación” que consagra la supremacía judía en Israel, hace causa común con fuerzas ultraderechistas y fascistizantes en Europa, incluido el primer ministro húngaro, Viktor Orban.

Por último, el crecimiento internacional de los movimientos de tendencia fascista debe verse en su contexto histórico. ¿Cuál es el significado del resurgimiento del fascismo, 85 años después de la instalación en el poder de Hitler y casi 80 años después del estallido de la Segunda Guerra Mundial?

Hoy día, tres décadas desde la disolución de la Unión Soviética por parte de la burocracia estalinista, el carácter esencialmente reaccionario de los acontecimientos de 1989-1991 se expone ante el mundo entero. La enfermedad fascista, parcialmente en remisión durante el periodo que siguió la Segunda Guerra Mundial, ha reemergido poderosamente. El final de la URSS no engendró un florecimiento de la democracia, como lo profesaban los propagandistas del capitalismo, sino una explosión de la desigualdad, las guerras imperialistas, el autoritarismo y el renacimiento del fascismo.

El fascismo es una expresión política de la crisis extrema del capitalismo. León Trotsky explicó en “¿Qué es el nacionalsocialismo?” (1933) que, con el surgimiento del nazismo, “la sociedad capitalista está vomitando toda la barbarie que no ha digerido”. El fascismo, escribió, “es la dictadura más brutal del capital monopolizado”.

Nuevamente, el capitalismo está vomitando su barbarie indigerida. Los blancos más inmediatos son los migrantes y refugiados que escapan las consecuencias de las guerras imperialistas y la explotación capitalista. En Estados Unidos, han sido erigidos campos de concentración a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México en los que tienen detenidos a inmigrantes, incluidos niños, en condiciones barbáricas.

En uno de sus últimos grandes escritos, el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre el Imperialismo y la Guerra”, publicado en mayo de 1940, Trotsky escribió: “[E]l capitalismo en decadencia está tratando de eliminar al pueblo judío por todos sus poros; ¡diecisiete millones de individuos de los dos mil millones de habitantes del globo, es decir, menos de uno por ciento, no encuentran campo en el planeta! Con vastas extensiones de terreno y maravillas tecnológicas que han conquistado tanto los cielos como la tierra para el hombre, la burguesía ha logrado convertir el planeta en una asquerosa prisión”. Tal es la condición para millones de inmigrantes hoy.

Como lo ha demostrado una vez más la masacre del sábado, los periodos de reacción política y guerras engendran inevitablemente el resurgimiento del antisemitismo, una de las formas más antiguas de chauvinismo. Una de las ilusiones que debe disiparse es la noción de que la existencia de Israel sirve como una protección a la persecución y la violencia contra los judíos.

El objetivo fundamental de la reacción derechista es la clase obrera. Así como el capitalismo da origen al fascismo, engendra la lucha de clases. El desarrollo de la lucha de clases y el creciente interés en el socialismo aterran a la clase dominante. Masas enteras de trabajadores están virando hacia la izquierda, no la derecha, y está en aumento una profunda hostilidad hacia la desigualdad social y las preparaciones de guerra de la clase gobernante.

Es una señal de desesperación por parte de la burguesía que, ante la primera señal de oposición social, hace avanzar la violencia fascista. En los años treinta, mientras que los movimientos fascistas conseguían movilizar un apoyo de masas, lo que hizo posible su llegada al poder en Alemania, Italia y España fueron conspiraciones políticas de las élites gobernantes. En la actualidad, la instigación deliberada del fascismo desde arriba es un factor aún más predominante.

El capitalismo presenta nuevamente dos alternativas a la humidad: la revolución socialista o la barbarie capitalista. Todos los comentarios en la prensa sobre “restaurar la civilidad” y poner fin a “la retórica política divisiva” son perogrulladas vacías que evaden todas las cuestiones críticas. Lo que debe abolirse es el sistema capitalista.

Hace ochenta años, en 1938, la Cuarta Internacional fue fundada para resolver la crisis de dirección capitalista de la clase obrera en respuesta a las traiciones del estalinismo y la socialdemocracia. En le centro del programa político de la nueva internacional se encontraba el conjunto de lecciones extraídas de la victoria del fascismo en Alemania en 1933, la máxima derrota de la clase obrera en la historia.

La lección más importante es que era imposible luchar contra el fascismo sin basarse en un programa revolucionario socialista e internacionalista. Al reemerger los horrores de los años treinta, se debe llevar a la clase obrera este entendimiento por medio de la construcción de una dirección socialista, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y sus secciones en cada país, como el Partido Socialista por la Igualdad en Estados Unidos, que conecten la lucha contra el fascismo con la oposición a la desigualdad, la guerra y el sistema capitalista.

(Publicado originalmente en inglés el 29 de octubre de 2018)

Joseph Kishore