La nominación de Kavanaugh, la sentencia contra Cosby: pornografía noticiosa y la iracunda clase media

28 septiembre 2018

Ver los periódicos y noticieros de Estados Unidos el miércoles daba la sensación de que la prensa se ha enloquecido, junto a capas adineradas de la pequeña burguesía.

Los medios de comunicación crearon nuevos géiseres de basura sobre la controversia en torno a la nominación del juez Brett Kavanaugh, el candidato de Donald Trump a la Corte Suprema. El mismo día, el impacto degradante de su campaña #MeToo (#YoTambién) se podía percibir a través del tono histérico y semifascista en respuesta a la sentencia contra el comediante Bill Cosby.

La comisión de asuntos judiciales del Senado programó escuchar el testimonio de Christine Blasey Ford, quien acusa a Kavanaugh de agredirla sexualmente cuando ambos eran estudiantes de colegio. Sin embargo, el miércoles se comenzaron a amontonar las acusaciones contra Kavanaugh. Antes de que la población pudiera digerir la acusación de Deborah Ramírez (reportada por la revista New Yorker el 23 de septiembre) de que Kavanaugh se había desnudado en frente de ella en una fiesta en la Universidad Yale hace 35 años, una tercera mujer presentó cargos aún más sensacionalistas.

Michael Avenatti, mejor conocido como el abogado de la estrella pornográfica, Stormy Daniels, en su caso legal contra Trump, tuiteó una declaración jurada de Julie Swetnick de 55 años, afirmando que Kavanaugh y otros, cuando estaban en el colegio, colocaban drogas en los tragos de las mujeres en fiestas para “violarlas en grupo” más fácilmente.

Swetnick luego afirma que ella misma fue víctima de una “violación en grupo… en la que [el amigo de Kavanaugh] Mark Judge y Brett Kavanaugh estaban presentes”.

El tuit de Avenatti fue objeto de, en la frase leve del New York Times, “una cobertura inmediata y total en las redes sociales y noticieros en cable”. Los canales de noticias en cable verdaderamente bombardearon a sus espectadores sin tregua con esta historia, si no estaban reportando el envío de Cosby a prisión.

Por ejemplo, la corresponsal de MSNBC, Kate Snow, leyó las partes más gráficas de la declaración de Swetnick. Los otros canales la siguieron, junto al Times, el Washington Post y el resto. El presentador de CNN, John King, le preguntó a la corresponsal Sara Sidner una “descripción pormenorizada” de las acusaciones, lo que la obligó a proveer cada salaz detalle. Después, King le agradeció el “reportaje vivaz” sobre “una cuestión muy sensible y dramática”.

El Times preparó el escenario para la avalancha de obscenidades mediáticas en su edición matutina, la cual desplegó en su primera plana dos artículos destacados sobre las acusaciones contra Kavanaugh de agresión sexual y un tercer artículo sobre la sentencia de Cosby.

El reporte de la diatriba fascistizante y belicista de Trump en las ONU quedó relegado a otra parte menos visible. Las páginas de opinión destacaron un largo editorial (“Preguntas que el Sr. Kavanaugh necesita responder”) que detalla preguntas para que los senadores le hagan sobre sus actividades sexuales.

Tanto más se autodegrada la prensa estadounidense con cada nuevo escándalo.

Es imposible para ninguno de nosotros determinar la verdad sobre las acusaciones contra Kavanaugh. Sin embargo, lo que es innegable es que la campaña del Partido Demócrata contra el nominado de Trump es una distracción reaccionaria y un esfuerzo para enterrar las cuestiones más impostergables. Kavanaugh es un derechista fanático y enemigo de los derechos democráticos. Pero ningún demócrata en la comisión de asuntos judiciales le preguntará, “¿Cuál papel desempeñó en el intento de golpe de Estado conocido como la investigación de Starr contra Bill Clinton?” o “¿Por qué apoyó el empleo de tortura y detenciones ilegales cuando formaba parte del Gobierno de Bush?”.

Ningún demócrata, los supuestos defensores de las mujeres, ni siquiera lo denunciará por sus ataques contra el derecho al aborto. Todos han abandonado el tema.

Hablando en CNN, Michael Shear, escritor del Times, aludió sin querer al carácter antidemocrático de la campaña contra Kavanaugh: “Una de las dinámicas que hemos visto en todo el movimiento #MeToo es que las acusaciones que comienzan como una sola y solitaria acusación contra… un hombre en el poder, usualmente no generan el vapor que obliga a tomar acción hasta una segunda acusación, una tercera acusación y más allá. Y eso es lo que genera el tipo de presión—una presión abrumadora que fuerza cierta acción—”.

Cinco, diez o veinte acusaciones igual no constituyen una prueba. Kavanaugh pudo haber sido culpable de conductas sexuales inapropiadas, pero Shear y el resto aparentemente necesitan ser recordados que toda cacería de brujas en la historia también ha operado bajo el principio del “número”.

El carácter represivo y derechista de esta ofuscación de clase media sobre mala conducta sexual, atizada por la campaña de #MeToo, es evidente con solo ver la reacción rabiosa hacia la sentencia contra Cosby. El comediante fue condenado por agredir sexualmente a una empleada de la Universidad Temple en su hogar en 2004 cuando ella estaba bajo la influencia de un sedativo.

Los comentarios de lectores del artículo “Bill Cosby, una vez un modelo de la paternidad, es sentenciado a prisión” del Times son sumamente vengativos y vindicativos:

“Preferiría que mis impuestos no fueran a pagar por su confinamiento de 3 a 10 años. Solo déjelo con la población general y no dejen que los guardias intervengan para protegerlo. Estaría muerto en minutos, pero al menos sus últimos momentos en la tierra estarían repletos de terror”.

“Es una bestia sin importar su condición física”.

“Solo podemos esperar que muera en la cárcel. Qué lástima. Buen desecho”.

“Realmente no me importa que esté viejo y haya perdido la vista. Debió haber estado en prisión hace décadas. Déjenlo cumplir su sentencia en la oscuridad en una celda fría”.

“¿Solo 10 años? ¡Merecía 100!”.

Ni el Times ni la mayoría de sus lectores de clase media ha expresado jamás un grado de ira sobre el último cuarto de siglo de guerras y ocupaciones sangrientas y neocoloniales del imperialismo estadounidense, las cuales han cobrado más de un millón de vidas y desplazado a decenas de millones más. La destrucción de sociedades enteras en Irak, Afganistán, Libia, Siria, Yemen y más allá no le quita noches de sueño a este elemento social. Los bombardeos con drones, “las listas para asesinatos selectivos”, el espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional, la persecución de Edward Snowden, Chelsea Manning y Julian Assange, no los lleva a más que ocasionalmente inclinar la cabeza o retorcerse las manos.

No les importa ni el matadero industrial que constituye EUA: los 5.190 trabajadores (90 por ciento hombres) que murieron en el trabajo en 2016 y los 3,7 millones de trabajadores en todas las industrias que han sufrido lesiones o enfermedades relacionadas a su trabajo.

A pesar de su carácter desenfrenado, la histeria en torno al caso de Cosby y la nominación de Kavanaugh entraña su propia lógica.

En lo que se refiere al Partido Demócrata y el Times, la incitación de este frenesí sobre abuso sexual es una operación política consciente.

Para la burguesía estadounidense, es una cuestión urgente poder “cambiar el tema” de la desigualdad social, a fin de debilitar, disipar y dividir la ira popular hacia los ricos y hacia el gobierno capitalista señalando a otros grupos culpables —los hombres o las personas blancas—. El objetivo es reducir y desafilar el odio y los sentimientos de clase, crear divisiones a lo largo de líneas de género, prevenir lo más posible y por el mayor tiempo posible una acción política y social independiente de la clase obrera, ralentizar y deshabilitar ideológicamente tal movimiento y construir una base de apoyo reaccionaria dentro de la clase media-alta.

Esta fue la respuesta de la campaña de Clinton en 2016 a la masa de apoyo hacia Bernie Sanders: manipular el caso del estudiante de Stanford, Brock Turner, y enfocar la atención en las presuntas acciones sexuales inapropiadas de Trump.

El furor en marcha es una repetición, pero aún más reaccionaria. Es una reacción al aumento en la hostilidad popular hacia Trump y en los sentimientos anticapitalistas en general, al movimiento de masa de la población hacia la izquierda y al aumento en la actividad huelguística. La histeria sexual busca contaminar la atmósfera y la consciencia política, detener al pueblo en seco, adormecerlo, confundirlo. Su efecto es desacreditar completamente todo el sistema político.

El Times y los demócratas están apelando a una capa pudiente que ya se ha trasladado lejos hacia la derecha. Estos elementos se oponen a Trump sobre una base derechista y antidemocrática, incluyendo la renuncia explícita por parte de la cacería de brujas de #MeToo del debido proceso y la presunción de inocencia. Todo es completamente compatible con la guerra, la dictadura y los ataques salvajes contra la clase trabajadora.

(Publicado originalmente en inglés el 27 de septiembre de 2018)

David Walsh