Fahrenheit 11/9—El cineasta Michael Moore se aferra al Partido Demócrata

por David Walsh
25 septiembre 2018

Michael Moore tiene una larga historia como documentalista (Roger & Me, Bowling for Columbine, Fahrenheit 9/11, Capitalismo: una historia de amor) y partidario de izquierda liberal del Partido Demócrata.

Su nueva película, Fahrenheit 11/9, es un intento de explicar cómo fue posible la elección de Donald Trump —un multimillonario reaccionario e ignorante— como presidente de los Estados Unidos y cómo la población estadounidense podría salir de la crisis producida por su llegada al poder.

Si Moore pudiera proporcionar respuestas serias y convincentes a estos problemas acuciantes y apremiantes, y quizás indicar una salida a la situación actual, estaría prestando un enorme servicio político y moral.

Muchos de los problemas que aborda—el carácter fascista de la Casa Blanca de Trump, el giro brusco a la derecha del liderazgo del Partido Demócrata, el desastre del agua en Flint, Michigan, los niveles de pobreza en EUA, la epidemia de tiroteos en los colegios, la crueldad en el trato del gobierno a los inmigrantes, la crisis de opioides, la gran desigualdad social —son argumentos fuertes para que los trabajadores rechacen el sistema económico y político actual, y adopten un programa y una perspectiva socialistas—.

Sin embargo, a pesar de varias críticas a prominentes demócratas —entre ellos Hillary Clinton y Barack Obama— y al círculo liberal estadounidense, incluyendo el New York Times, Moore insta a sus espectadores a mantener—o quizás recuperar—la confianza en el Partido Demócrata y “salvar”, como él admite, “los Estados Unidos [es decir, el benevolente capitalismo estadounidense] que nunca hemos tenido”.

Donald Trump proyectado en el Empire State Building

En entrevistas Moore enfatiza que Fahrenheit 11/9 (un juego con el título de su película de 2004, Fahrenheit 9/11, y la fecha —9 de noviembre de 2016— en que Trump fue declarado ganador de la elección presidencial) está diseñada para ayudar a obtener votos para los demócratas en las elecciones de mitad de período en noviembre. Le ha dicho al público en las proyecciones de estreno del nuevo film que la próxima votación puede ser la “última chance” para oponerse a Trump. Moore advierte sobre las peores consecuencias, “Si no lo paramos, ahora, en las de medio término, con juicio político, lo que sea necesario …” (Deadline Hollywood). Comentó en Real Time with Bill Maher: “Estoy terminando mi película y estrenándola antes de las elecciones de medio término porque quiero que millones de personas vayan a las urnas. Vamos a derribar a Trump”.

El documentalista promociona a un lamentable puñado de candidatos y políticos demócratas mal llamados “progresistas”, incluyendo a Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York, Rashida Tlaib en Michigan y Richard Ojeda en West Virginia, como la base para la afirmación falsa y reaccionaria, en palabras de uno de sus entrevistados, de que la “izquierda” no debería “darse por vencida” con el Partido Demócrata, uno de los partidos de los grandes negocios en Estados Unidos, sino “tomar su control”.

Fahrenheit 11/9 se desarrolla en el habitual estilo impresionista e intelectualmente descuidado de Moore, a menudo elogiado como no elitista y “populista”.

La película registra la petulancia de la campaña de Clinton en vísperas de las elecciones en noviembre de 2016 y la certeza de los expertos en los medios estadounidenses en general de que Trump no tenía ninguna posibilidad de victoria. Una vez que sucede lo impensable y se declara ganador al candidato republicano a las 2:29 a.m. del “11/9”, Moore se pregunta, “¿Cómo diablos sucedió esto?”.

Con legítimo sarcasmo, Moore primero sugiere que debe haber sido el trabajo de “los rusos” y de James Comey, del FBI (cuya carta del 28 de octubre anunció que la agencia de aplicación de la ley estaba reabriendo su investigación sobre el uso de Hillary Clinton de un servidor privado de correos como secretaria de Estado). Como nota al margen: el poco tiempo que Fahrenheit 11/9 dedica a las campañas anti-Rusia y #MeToo, aunque apoya a ambas vagamente, indica que Moore es consciente de cuán poco interés tiene el público en general en estas obsesiones de la clase media alta.

Después de una breve excursión por la historia cuasi criminal de Trump, su perversidad psicológica y el carácter demagógico de su campaña electoral, Moore gira bruscamente hacia la crisis del agua de Flint. Acusa al gobernador republicano, Rick Snyder, de envenenar a los habitantes de la ciudad con la decisión de extraer agua en abril de 2014 del terriblemente contaminado río Flint. Nativo de la zona, Moore habla con firmeza sobre la trágica situación y entrevista a la Dra. Mona Hanna-Attisha, la pediatra y defensora de la salud pública, con respecto al efecto terrible del plomo en los niños.

Michael Moore y Jared Kushner en 2007

Moore, empero, presenta la crisis del agua, ante todo, como una cuestión racial, en contradicción con la demografía elemental. La población de la ciudad es 57 por ciento afroamericana y 37 por ciento blanca, aproximadamente, y las escenas de protestas en Fahrenheit 11/9 muestran multitudes de diversas etnias. La lógica de la afirmación falsa proviene de la orientación general y participación de Moore en los círculos de la política de identidad, donde se ve a la raza y al género, no a la clase social, como las categorías alrededor de las cuales gira la sociedad.

Moore condena enérgicamente a Snyder y escenifica diversas artimañas para avergonzar al gobernador, por ejemplo, regando el terreno de su mansión con “agua de Flint” y brevemente intenta llevar a cabo un arresto ciudadano de Snyder en el Capitolio del Estado de Michigan. Pero el realizador omite por completo el papel crítico de funcionarios del Partido Demócrata, incluyendo al tesorero estatal, Andy Dillon, el alcalde de Flint y miembros de su consejo municipal, así como las personas designadas por Obama en la Agencia de Protección Ambiental federal.

Luego Moore reprocha a Obama por su aparición altamente impopular en mayo de 2016 en Flint, donde el presidente tomó un vaso de agua y arrogantemente desechó la preocupación de los habitantes con el comentario, “Los niños estarán bien”. Sin embargo, Moore parece preocupado principalmente con el impacto perjudicial que la aparición de Obama tuvo en la participación electoral en Flint —y así las perspectivas del Partido Demócrata— en noviembre de ese año.

El cineasta está lo suficientemente atento como para saber que una radicalización masiva está en marcha en Estados Unidos. Comenta que EUA, de hecho, es un “país izquierdista”, y ofrece una serie de cifras de encuestas sobre varios temas para respaldar su opinión. Fahrenheit 11/9 también toma nota de la creciente popularidad del socialismo. ¿“Por qué esto no se refleja” en el proceso político?, se pregunta.

La respuesta de Moore es superficial y elude las preguntas centrales. Tiene en cuenta el obvio giro a la derecha de la jerarquía del Partido Demócrata. Avanzando en este sendero de “izquierda”, él sugiere que la presidencia de Trump ha sido un “proceso de décadas” y señala los historiales derechistas de Bill Clinton y Barack Obama. Argumenta que Trump “corrió por izquierda” a Hillary Clinton en varios temas sociales y la guerra durante la campaña presidencial de 2016, pero observa que, en cualquier caso, los no votantes, 100 millones de ellos, fueron el bloque unitario más grande el día de las elecciones.

La voz en off de Moore continúa: “A medida que los demócratas se parecieron más a los republicanos, también lo hizo todo el círculo liberal, liderado por el periódico-hemeroteca por excelencia [el New York Times]: sirviendo a los Grandes Negocios, minimizando los movimientos sociales como Occupy Wall Street y celebrando caga guerra en la que entramos, mientras también intenta controlar las elecciones”.

Fahrenheit 11/9 da demasiada importancia a las figuras individuales de Bill Clinton y Obama, cuyos gobiernos no solo empujaron al Partido Demócrata a la derecha sino que reflejaron el giro de todo el sistema político. La fuente del giro reaccionario por parte de ambos partidos de los grandes negocios radica en la crisis objetiva del capitalismo estadounidense y global. Los republicanos y demócratas tienen diferencias tácticas y estilos políticos divergentes, pero la clase dominante estadounidense está unida en su determinación de imponer las consecuencias de la irresoluble crisis tanto en sus rivales económicos y “aliados” en el extranjero como en la población trabajadora en el país.

La insinuación del punto de vista de Moore es que el repudio de décadas del Partido Demócrata de su pasado reformista–New Deal es una mera elección política llevada a cabo por individuos equivocados que se puede corregir con presión ejercida desde abajo. Esto es una fantasía reaccionaria y utópica.

En su voz en off, Moore señala que Obama “allanó el camino” para Trump y ofrece una lista parcial de los “logros” del gobierno de Obama: encarcelamiento de informantes, el asesino programa de drones, deportación de un número récord de inmigrantes, vigilancia reforzada, guerras sin fin, etc. ¿Por qué el cineasta no para justo ahí? ¿Por qué debería un trabajador o cualquiera con conciencia apoyar a un partido capaz de tales actos sucios? Pero Moore, como toda la izquierda liberal, ahora puede soportar cualquier cosa.

Donald Trump en Fahrenheit 11/9

Como el hombre que él apoyó a principios de 2016, Bernie Sanders, senador de Vermont, el cineasta denunció a Hillary Clinton como una belicista en el bolsillo de Wall Street durante las primarias demócratas, luego se dio vuelta y la apoyó, ¡ayudando, de hecho, a canalizar el enojo y la frustración popular detrás de Trump! Moore incluye en su película el miserable respaldo de Sanders a Clinton en la Convención Nacional Demócrata, sin comentario. ¿Qué comentario podría ofrecer, habiendo elegido la misma ruta abyecta?

Fahrenheit 11/9 deambula. Contiene imágenes de la importante huelga de docentes en West Virginia y la Marcha por Nuestras Vidas contra la violencia con armas de fuego organizada por estudiantes de secundaria. Las escenas de devastación social en West Virginia son reveladoras y Moore comenta, “Hay varios Estados Unidos”. Sin embargo, su entrevista con Richard Ojeda, político demócrata, senador de West Virginia y candidato al Congreso, es otra farsa. Ojeda es un político capitalista y ex oficial del ejército que alardea en su sitio web sobre los años que pasó “peleando la guerra contra el terror” y sirviendo “junto a los hombres y mujeres más valientes que he conocido”. Obviamente, Moore no le pregunta a Ojeda sobre las sangrientas guerras lideradas por Estados Unidos a las que el cineasta dice oponerse.

En una decisión que ha suscitado controversia, Moore, hacia el final de Fahrenheit 11/9, compara a Trump con Adolf Hitler, el dictador fascista alemán, y sugiere que el primero puede estar preparando algún incidente terrorista falso, como el incendio del Reichstag, en febrero de 1933, que le permitiría proclamarse “presidente de por vida”.

Hay grandes riesgos en la situación actual y no se deben tomar a la ligera las varias alusiones de Trump a permanecer en la Casa Blanca después de que su mandato haya expirado. La “democracia” estadounidense está en gran parte en ruinas y la clase dominante se mueve inexorablemente en la dirección de un gobierno autoritario. Pero esto no es una innovación de Trump. Los niveles malignos de desigualdad social son incompatibles con cualquier cosa que se asemeje a las normas democráticas y la élite dominante en su conjunto se está preparando para pelear físicamente con la clase obrera.

Michael Moore y el sobreviviente del tiroteo en Parkland, David Hogg

Pero Moore no ofrece una visión seria sobre el surgimiento del nazismo, y en particular los roles desempeñados por el Partido Socialdemócrata y el estalinista Partido Comunista en Alemania, que paralizaron a las masas y abrieron la puerta a Hitler. Hacer eso señalaría una verdad fundamental sobre la situación política actual de EUA de la que Moore es ciego o intenta suprimir conscientemente: que el mayor peligro para la clase obrera está representado por su subordinación al Partido Demócrata, cuyas implacables políticas procorporativas y derechistas desalientan y desmoralizan a amplias capas de la población, y arrojan a una porción de ella a los brazos de Trump y la ultraderecha.

En realidad, Moore está elevando el espectro del hitlerismo principalmente para asustar a su audiencia para que vote a los demócratas en noviembre, una táctica barata y vulgar que solo puede causar mayor confusión y desorientación. Como hemos señalado antes, el enfoque poco serio y pragmático del cineasta es típico del “pensamiento pequeñoburgués ‘radical’ estadounidense, reconocido por su inconsistencia, falta de principios y desdén por la historia”.

Fahrenheit 11/9 es el intento de Moore de hacer una película “izquierdista”. Él hace esto durante el gobierno de los republicanos. Permaneció esencialmente en silencio durante los 8 años de Obama, cuya victoria en noviembre de 2008 fue saludada por aquel de esta manera: “¿Quién, entre nosotros, no se ha quedado sin palabras? Las lágrimas fluyen. Lágrimas de alegría. Lágrimas de alivio. Una asombrosa, apabullante avalancha de esperanza en un tiempo de profunda desesperación”.

La “esperanza” que ahora expresa Moore cerca de la conclusión de su trabajo, de que podríamos “deshacernos de todo el sistema podrido que nos dio a Donald Trump”, es vacía y no tiene sentido, en la medida en que él continúa apoyando a uno de los principales puntales de ese “sistema podrido”, el Partido Demócrata. Cualesquiera que sean los ocasionales puntos de vista e imágenes llamativas que pueda ofrecer, Fahrenheit 11/9 es, en esencia, falsa y deshonesta. Aquellos que quieran pelear y vencer al sistema capitalista deberían, por lo tanto, tener cuidado.

(Publicado originalmente en inglés el 21 de setiembre de 2018)