Los banqueros centrales en la conferencia de Jackson Hole: lo que no se dijo y por qué

por Nick Beams
5 septiembre 2017

Hubo algo realmente extraordinario en los discursos de la presidenta de la Reserva Federal de Estados Unidos, Janet Yellen, y del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, ante la reunión de los banqueros centrales celebrada en Jackson Hole, Wyoming, a finales de la semana pasada.

En el decenio transcurrido desde el inicio de la crisis financiera de 2007-2008, el sistema financiero mundial ha sufrido una transformación histórica como resultado del enorme programa de compras que dejó a los diez principales bancos centrales del mundo con más de 21 billones de dólares en activos financieros en sus archivos, con la Fed y el BCE como principales protagonistas.

En Estados Unidos, puede encontrarse una estrecha correlación entre el alza del mercado bursátil, desde su mínimo en marzo del 2009 hasta su nivel máximo y casi récord en la actualidad, y la inyección de liquidez de la Fed, la cual ha ampliado sus activos de unos 800 000 millones de dólares previo a la crisis financiera a más de 4,5 billones de dólares hoy. En Europa, el BCE, con sus más de 1,5 billones de euros en activos financieros, desempeña un papel determinante en los movimientos del mercado de bonos. Sin embargo, en el simposio titulado "Fomento de una economía global dinámica", ni Yellen ni Draghi mencionaron esta cuestión.

Tampoco dieron ninguna indicación de si, o cuándo, podría haber un retorno a algo parecido a condiciones más normales. En EUA, donde las compras de nuevos activos han cesado, la cuestión es cuándo levantará la Fed las tasas de interés y, a largo plazo, reducirá su gran cantidad de activos a través de su venta. En Europa, la pregunta clave es cuándo cesará o al menos comenzará a disminuir el BCE sus compras actuales de activos de 60 000 millones de euros al mes. Pero no se dijo nada al respecto.

En cambio, el discurso de Yellen se enfocó en una defensa de las muy limitadas regulaciones financieras introducidas durante la Administración Obama en forma de la Ley Dodd-Frank y su llamada "Regla Volcker", contra el empuje del Gobierno de Trump y sus partidarios para poner fin incluso a estas leves restricciones.

Su discurso estuvo repleto de afirmaciones como que el sistema financiero se había estabilizado y que, incluso si no se pudiera descartar otra crisis financiera, su impacto no sería tan severo como en el 2008. Draghi siguió el ejemplo de Yellen y dirigió su discurso hacia la necesidad de mantener la apertura del comercio internacional y el sistema financiero —observaciones que, sin decir nombres, se dirigían contra la Administración Trump y sus partidarios nacionalistas económicos de la élite corporativa estadounidense—.

Tal como escribió Alan Kohler en la web australiana Business Spectator, los comentarios de Yellen fueron un "manso ejercicio de mercadotecnia y autoexoneración". La jerarca de la Fed, señala Kohler, hizo caso omiso a la cuestión fundamental, "la cual era que ocho años de tasas de interés cercanas a cero han fallado hasta la fecha en producir el crecimiento del PIB o la inflación de precios al consumidor (a diferencia de la inflación de precios de los activos) que ella y los que la rodean habían predicho, lo que naturalmente plantea la cuestión de por qué hay que seguir escuchando a los banqueros centrales".

Del mismo modo, el discurso de Draghi no abordó el "fracaso fundamental de las políticas de los bancos centrales de estos últimos ocho años".

El columnista del Financial Times, John Authers, escribió que Yellen y Draghi "infligieron discursos que carecían de interés a sus oyentes" y señaló la posible razón al comienzo de su comentario, indicando que "es mejor que algunas cosas no se digan".

Hay dos razones básicas para las sorprendentes omisiones en las declaraciones de los dos principales banqueros centrales del mundo, una está relacionada con las condiciones financieras, la otra con la política. La primera es que, a pesar de las continuas garantías de que el sistema financiero está bien encaminado hacia la recuperación, de que se han puesto en marcha medidas para evitar otro desastre financiero, y que las demás afirmaciones acerca de que los poderes existentes tienen todo bajo control, las condiciones para otra crisis ya están muy avanzadas.

Esto se deja ver en el aumento de los mercados de valores a sus máximos históricos a pesar de un bajo crecimiento continuo en la economía real, lo que ha causado advertencias acerca de que los mercados están históricamente sobrevalorados. Esto va acompañado de un creciente giro hacia formas aún más especulativas de acumulación de ganancias.

Consideremos lo contrario: si la situación fuera realmente la retratada por los documentos oficiales, Yellen y Draghi no habrían tenido ninguna dificultad en presentar, al menos a grandes rasgos, un esquema de cómo las medidas financieras sin precedentes de los últimos ocho años podrían ser liquidadas. Pero nada de eso sucedió.

Esto sólo puede reflejar un profundo temor a que los mercados financieros globales se hayan vuelto tan dependientes del suministro de dinero barato que, como un adicto a la heroína, sufran un paroxismo cuando el flujo se corte o incluso se reduzca. La evidencia de tal reacción se dejó ver en el 2013, cuando los mercados experimentaron un “taper tantrum”, es decir una rabieta a causa de que esperaban que la Fed fuese a recortar sus compras de activos.

La segunda razón de la omisión es el sucio secreto de la economía capitalista global: que todas las panaceas del pasado sobre la coincidencia de intereses entre las élites gobernantes y la masa de los trabajadores se han destruido, y el sistema funciona cada vez de forma más expuesta para asegurar, en palabras de Marx, la acumulación de riqueza en un extremo y la pobreza, la miseria y la degradación en el otro.

Ante la acumulación de la tensión financiera, el mayor temor de las clases gobernantes y de sus servidores en los bancos centrales es que las contradicciones del sistema que presiden vayan a estallar y den lugar a la emergente lucha abierta de clases que, en colaboración con todas las fuerzas de la élite política, desde la burocracia sindical hasta las tendencias de pseudoizquierda y su obsesión maníaca con la política de identidad, han podido suprimir por tres décadas.

Bajo tales condiciones, es realmente mejor que algunas cosas no se digan.