En medio de advertencias sobre un nuevo derrumbe financiero, la presidenta de la Reserva Federal fomenta ilusiones de Jackson Hole

por Nick Beams
28 agosto 2017

El discurso del viernes de la presidenta de la Reserva Federal de Estados Unidos, Janet Yellen, ante un cónclave de banqueros centrales en Jackson Hole, Wyoming, rememoró la reunión de hace doce años. En ese momento, las cada vez más claras señales de una devastadora crisis financiera que tocaría tierra en el 2008 fueron ignoradas. Esta misma dinámica tuvo lugar la semana pasada, en medio de advertencias de que el auge de los mercados bursátiles podría dar paso a un gran colapso financiero.

La congregación en el 2005 fue organizada como una celebración de los logros de “El Maestro” Alan Greenspan, el entonces titular de la Reserva Federal, cuyas políticas, según se aseguraba, habían traído una nueva era de prosperidad a la economía global. Sólo se escuchó una nota disonante en la intervención de Raghuram Rajan, economista del Fondo Monetario Internacional, indicando que todo el dinero fácil podría estar creando las condiciones para una crisis financiera; sin embargo, lo pusieron fuertemente en su lugar.

Se espera que el discurso de Yellen este año sea su último como presidenta de la “Fed”, ya que su término finaliza en febrero del próximo año y el presidente Trump, quien nombra al ocupante del cargo, la ha denunciado anteriormente.

Por supuesto, las circunstancias del cónclave de este año son muy diferentes a las de hace doce años, tras la erupción de la peor crisis financiera desde la Gran Depresión de los años treinta. Sin embargo, hay similitudes.

El discurso de Yellen podría ser descrito como una celebración de los logros de la Reserva Federal y las otras autoridades regulatorias en tomar medidas para prevenir la recurrencia de otra crisis financiera como la del 2008. Asimismo, ignoró todas las señales de que se están acumulando las condiciones para otro desastre financiero.

Yellen comenzó refiriéndose a la crisis de hace una década, defendiendo las limitadas regulaciones desde entonces, ahora amenazadas por los planes de amplia desregulación del Gobierno de Trump.

Las medidas de la última década en EE. UU. y alrededor del mundo mejoraron la regulación financiera y “limitaron tanto la probabilidad como las consecuencias adversas de una crisis financiera futura”, indicó.

Estas reformas han reforzado al sistema financiero, vuelto el crédito más disponible en un buen sentido, el nivel de préstamos se ha mantenido al paso de la actividad económica, todo esto “contribuyendo a la fuerte economía de hoy”.

Ni si quiera consideró importante mencionar, mucho menos explicar, por qué, en esta “fuerte economía”, cientos de millones de trabajadores en EE. UU. y alrededor del mundo están llenos de ira y descontento con un sistema económico que les continúa reduciendo sus niveles de vida, mientras que los especuladores financieros que fueron responsables por la crisis acumulan cantidades extraordinarias de riqueza.

Según Yellen, la resiliencia o solidez del sistema financiero ha recibido una gran mejora; además, los bancos están en una posición más segura, con el problema de que sean “demasiado grandes para fallar siendo reducido” y con un nuevo sistema “para monitorear y abordar efectivamente los riesgos que surjan fuera del perímetro regulatorio”.

“Nuestro robusto sistema financiero está mejor preparado para absorber, en vez de amplificar, los shocks adversos, como ha sido demostrado por los periodos de turbulencia en el mercado durante los últimos años”.

A diferencia de hace doce años, Yellen no pudo sostener que el peligro de una crisis financiera había sido superado. Las memorias todavía están demasiado frescas; el impacto del desastre continúa. Como ella misma lo reconoció, incluso para la reunión del 2007 en Jackson Hole, la discusión fue “bastante optimista sobre la posibilidad de un colapso económico por las presiones sobre el sistema financiero”.

Entonces, mientras que “jamás podremos estar seguros de que no ocurrirán nuevas crisis” si tomamos en cuenta las lecciones del pasado, “tenemos razones para esperar que el sistema financiero y la economía sufrirán menos crisis y se recuperarán de cualquier crisis futura más rápido, ahorrándoles a los hogares y negocios un poco del dolor que sobrellevaron durante la crisis que golpeó hace una década”.

El discurso de Yellen fue una promoción de la ilusión sobre la realidad. A pesar de que él título era “La estabilidad financiera una década después del comienzo de la crisis”, la presidenta de la “Fed” pasó por alto, sin comentario alguno, uno de los cambios más significativos en la historia económica: la acumulación masiva de activos financieros en manos de la Reserva Federal y los otros bancos centrales.

Una de las razones por las cuales su discurso no abarcó este tema es porque los mercados están tan frágiles ahora que cualquier indicación de que la Reserva Federal planea reducir los activos que controla y reducir el flujo de efectivo que ha continuado alimentando la especulación podría inducir un pánico financiero.

El balance financiero de la Reserva Federal ha aumentado de $0,8 billones antes de la crisis a $4,5 billones, mientras que las balanzas conjuntas de los cuatro mayores bancos centrales (la Reserva Federal, el Banco Central Europeo, el Banco de Japón y el Banco de Inglaterra) ahora exceden los $13 billones. Estos activos equivalen a 36 por ciento de la suma del producto interno bruto de estos países, una proporción tres veces mayor a la del 2007.

El año pasado, según Bloomberg, los diez mayores bancos centrales aumentaron sus activos a $21,4 trillones, diez por ciento más que el año anterior.

Esto ha coincidido con un aumento de las bolsas de valores a nivel global, aumentando los temores de que la formación de una nueva burbuja financiera esté ya bien avanzada.

Las advertencias provienen de varios lugares. En un reporte preparado para esta reunión, el personal de la Reserva Federal apuntó que “las vulnerabilidades asociadas con las presiones sobre las valoraciones de los activos han trepado de notables a elevadas”.

Un reporte publicado la semana pasada en el diario Financial Times señaló: “La relación entre el precio y las ganancias que es ajustado cíclicamente de mercado de valores estadounidense sólo ha sido más alta en el punto álgido del boom de las puntocom, y con el rendimiento de los bonos cerca de un récord bajo, existe cada vez más evidencia de inversores recurriendo a apuestas más enredadas y potencialmente arriesgadas en busca de una rentabilidad apreciada”.

Una de estas apuestas riesgosas es el regreso a las inversiones en los canjes de créditos en mora (credit default swaps) que fueron críticos en crear las condiciones para la crisis financiera del 2008, al igual que nuevas formas de especulación como la compra de la criptomoneda Bitcoin.

La semana pasada, Bloomberg reportó que tres de los bancos más grandes, HSBC, Citigroup y Morgan Stanley han estado notando cada vez más evidencia de una desaceleración importante en el ciclo económico.

“Los analistas de los monstruos de Wall Street hacen referencia a señales como el quiebre de la relación histórica entre las acciones, los bonos y el comercio de productos básicos, además de que los inversionistas han estado ignorando las normas fundamentales de valoración y datos. Todo esto significa que los mercados de valores y créditos están en riesgo de sufrir una dolorosa caída”, señala el reporte.

Más allá, Andrew Sheets, un estratega de mercados en Morgan Stanley, asoció las condiciones actuales con las que prevalecían entre el 2005 y el 2007.

Con todas estas advertencias, los principales bancos y las casas financieras mantienen el rumbo hacia el desastre, algo que evoca los famosos comentarios del ex-CEO de Citigroup, Chuck Prince, en julio del 2007: “con tal de que la música siga sonando, tienes que levantarte y bailar… y seguimos bailando”.

La crisis financiera del 2008 tomó a la clase obrera estadounidense e internacional por sorpresa, no estando preparada para la devastación social que le seguiría. Es ahora que las lecciones del pasado tienen que ser puestas en marcha. No es sólo que las élites financieras y políticas no tengan respuestas para las contradicciones del sistema de lucro que presiden, sus mismas acciones han creado las condiciones para un peor desastre.

Nadie puede predecir cuándo vendrá un nuevo derrumbe financiero, pero las condiciones para éste están bien avanzadas. Detonará luchas sociales e intensificará los conflictos de clases, en los que la cuestión decisiva será la lucha por un programa socialista y la construcción de una dirección revolucionaria.