La clase obrera y la lucha contra Trump

19 agosto 2017

Después de haber defendido en una rueda de prensa el martes a los participantes de los disturbios nazis y del Ku Klux Klan en Charlottesville, el presidente estadounidense doblegó sus esfuerzos para congeniar con fuerzas ultraderechistas cuando tuiteó el jueves por la mañana en apoyo a las estatuas y monumentos de confederados.

Dichas estatuas, de generales que lucharon por defender la esclavitud, proclamó Trump, son “hermosas” y serían “muy extrañadas e irreemplazables por algo comparable”.

La respuesta de Trump al violento episodio en Charlottesville y su reacción ante la cada vez más profunda crisis política que fue detonada por su conferencia de prensa del martes han dejado claro que su gobierno está persiguiendo una estrategia política definida de movilizar elementos ultraderechistas e incluso fascistas fuera de las formas políticas tradicionales. En los últimos días, ha arremetido contra demócratas y republicanos, e incluso con mayor inquina hacia los líderes congresistas de su propio partido.

A pesar de que aún no exista una base de masas para el fascismo, Trump y sus aliados en la Casa Blanca han calculado que pueden explotar la confusión política y la ira generalizadas para construir un movimiento como tal.

Encubierto y trivializado por los comentarios de políticos y la prensa tras la rueda de prensa de Trump, se escabulle el hecho de que el blanco al que apunta la estrategia política del mandatario es la clase obrera de todas las razas y ascendencias étnicas.

El gobierno de Trump es, desde su raíz, un gobierno de la élite corporativa y financiera. El mandatario es un especulador en bienes raíces multimillonario que se ha rodeado de una camarilla de oligarcas y generales militares dedicados a continuar y acelerar la redistribución de ingresos a favor de los ricos.

La enormemente impopular agenda de la Casa Blanca incluye recortes de impuestos para las corporaciones, el desmantelamiento del acceso a los servicios de salud, la privatización de la educación pública y un asalto contra el seguro social y otras garantías sociales. Al mismo tiempo, el gobierno ha exigido un aumento dramático en el gasto militar en preparación para la guerra. Hace tan sólo dos semanas, Trump prometió hacer caer “fuego y furia” sobre Corea del Norte, amenazando con emplear armas nucleares para defender los intereses del imperialismo estadounidense.

Sus declaraciones han intensificado más y más la crisis en Washington, con secciones de la clase gobernante preocupadas que la credibilidad de EE. UU. en el exterior esté quedando minada y que se esté rebasando la oposición social dentro del país. No obstante, sus críticos republicanos y demócratas comparten básicamente la misma agenda de guerra y reacción social.

Las continuas críticas sobre lo acontecido en Charlottesville se deben en parte a la inquietud de que los llamados abiertos de Trump a fuerzas de tendencia fascista y sus ataques contra los congresistas republicanos compliquen más la aprobación de los recortes impositivos y otras medidas reaccionarias. Cabe notar que el mercado bursátil en EE. UU., tras alcanzar nuevos récords a lo largo de los conflictos políticos de los últimos meses por sus expectativas de un nuevo auge de ganancias, sufrió una caída fuerte el jueves.

Todas las fuerzas sociales y políticas que la prensa y el Partido Demócrata han retratado como la oposición a Trump en la estela de sus comentarios sobre Charlottesville comparten esencialmente la misma agenda antiobrera del gobierno actual. Los CEOs de Wal-Mart, Intel, Under Armor, el conglomerado farmacéutico Merck, entre otros han sido presentados como los paladines de la democracia por haberse ido de los distintos consejos de la Casa Blanca, en los que sirvieron entusiásticamente por siete meses.

Entre estos grandes defensores de la democracia se encuentran representantes de las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia, como el general Mark Milley, jefe de personal del Ejército, y el exdirector de la CIA, John Brennan, al igual que el ultrarreaccionario senador Lindsey Graham y los expresidentes George H. W. Bush, George W. Bush y Barack Obama.

Durante los últimos siete meses, los demócratas se han orientado precisamente hacia estas secciones de la clase gobernante con su campaña histérica sobre “ciberataques” rusos contra las elecciones estadounidenses. Sus objetivos son dos: rebatir las diferencias en política exterior de la burguesía, junto con desorientar y trastocar la oposición de la clase obrera a las políticas reaccionarias del gobierno de Trump. Les aterra la amenaza que representa esta oposición para el sistema social y económico que defienden.

Un elemento crítico en este encubrimiento de las cuestiones de clase que están en juego ha sido la promoción de la política racial, insistiendo en que EE. UU. está desgarrado por divisiones y resentimientos raciales. Esto ha ayudado a impulsar a la derecha extrema, algo que el ex estratega en jefe de Trump de tendencia fascista, Stephen Bannon, manifestó en una entrevista con la revista American Prospect esta semana “Entre más hablen sobre la política de identidades, [más] los tendré”, advirtió, agregando: “Quiero que hablen sobre el racismo todos los días. Si la izquierda se enfoca en las razas y las identidades, y nosotros nos apegamos al nacionalismo económico, podremos aplastar a los demócratas”. Es decir que podrán explotar el vacío político creado por el hecho de que los demócratas no tienen nada que decir acerca de la enorme crisis social en EE. UU. para avanzar una línea reaccionaria y nacionalista.

Aun así, el Partido Demócrata y sus aliados han intensificado sus esfuerzos para opacar las cuestiones de clase desde lo acontecido en Charlottesville. Charles Blow, el número uno del diario New York Times en política de identidades, escribió el jueves (en “La otra verdad inconveniente”) que el Partido Demócrata “ha operado bajo el ethos de la inclusión racial”, mientras que los republicanos han “apelado directamente a los intolerantes raciales”. Según Blow, el apoyo a Trump está arraigado en una “supremacía blanca pasiva” que ha infectado al pueblo estadounidense.

Un par de días antes, la profesora de Princeton, Keeanga-Yamahtta Taylor, escribió un comentario titulado “No más Charlottesvilles” en la revista Jacobin, publicada por Bashkar Sunkara, un dirigente de los Socialistas Democráticos de América (DSA; Democratic Socialists of America). Taylor describe tanto la llegada de Trump al poder como las tensiones sociales en el país con concepciones puramente raciales y omite completamente los ataques contra la clase obrera. Los términos “clase obrera”, “pobreza”, “desempleo”, “cuidado de salud”, “capitalismo”, “socialismo”, no aparecen ni una vez en su artículo.

De acuerdo con la narrativa racialista de Taylor, Trump ascendió al poder gracias al racismo intrínseco de los trabajadores blancos.

Taylor es parte de la Organización Internacional Socialista (ISO; International Socialist Organization), una facción externa del Partido Demócrata, cuyo principal órgano mediático, el New York Times, publicó un comentario de Taylor recientemente. El Partido Demócrata está cultivando y promoviendo a Sunkara, el DSA y la ISO como instrumentos para contener y descarrilar cualquier movimiento de la clase obrera.

No cabe duda de que hay problemas raciales. Las fuerzas a las que Trump está recurriendo son profundamente reaccionarias. Más allá, toda la mugre del siglo XX está volviendo a aparecer, incluyendo el racismo y el antisemitismo. Lo que se ha conquistado, incluso los derechos democráticos más básicos, están en juego. Sin embargo, estas fuerzas reaccionarias están siendo llamadas para dividir a la clase obrera y son, en este sentido, la otra cara de la política de identidades de los demócratas.

Una lucha contra fascismo tiene que surgir como un movimiento de la clase obrera que aúne todas las secciones de la clase obrera en contra del sistema económico y social que todas las facciones de la clase gobernante apoyan, el capitalismo. La batalla contra el fascismo es la batalla por el socialismo. Todos aquellos que ocultan este hecho alimentan a la reacción.

Niles Niemuth