El presidente pronazi de EE. UU. defiende los ataques en Charlottesville

por Barry Grey
17 agosto 2017

En un evento sin precedente en Estados Unidos, el presidente defendió el martes a manifestantes neonazis, quienes habían realizado disturbios violentos e incluso letales el fin de semana en Charlottesville, Virginia. Al mismo tiempo, arremetió contra los protestantes antifascistas que participaron en la contramanifestación.

“Creo que ambos bandos comparten la culpa”, repitió varias veces Donald Trump a lo largo de una rueda de prensa que improvisó en la Torre Trump de Manhattan, Nueva York. Pero, fue más allá, indicando que hubo “personas excelentes” entre los fascistas y que “no todas esas personas” en el mitin eran neonazis o supremacistas blancos, “de ningún modo”.

Estos comentarios sobrepasaron las declaraciones que dio el sábado, cuando responsabilizó a los “muchos lados” por la violencia que dejó a 19 personas heridas y una manifestante antifascista fallecida, Heather Heyer de 32 años de edad.

Frente a las preguntas que los reporteros le gritaban sobre su respuesta inicial al motín fascista, Trump acusó a ambos lados por la violencia una y otra vez. “Hubo un grupo por un lado que era malo y un grupo por el otro lado que era muy violento”, indicó. “Nadie quiere decirlo, pero yo lo haré ahora: un grupo del otro bando llegó en embestida sin un permiso y fueron muy, muy violentos”.

Entre más se prolongaba el intercambio, más claro era el sesgo profascista de Trump. Mencionó dos veces que la marcha con antorchas realizada por el KKK el viernes por la noche en el campus universitario de la ciudad comprobaba que muchos, sino la mayoría de los que participaron en la manifestación “Unite the Right” (“Unamos a la derecha”) sólo querían protestar pacíficamente en contra de que se quitara la estatua del general confederado, Robert E. Lee. Sin embargo, realmente la marcha clamaba frases como “Los judíos no nos remplazarán”.

Ya para el final de la conferencia de prensa, Trump estaba sugiriendo que los contramanifestantes, a quienes denominó “alt-left” (“izquierda alternativa”, en referencia a la “derecha alternativa” de supremacistas blancos), eran los agresores porque, a diferencias de los fascistas, ellos no tenían un permiso. “Hubo muchas personas en ese grupo que estaban ahí para protestar inocentemente, y hacerlo de forma muy legal”, manifestó. “Porque no sé si ustedes saben, ellos tenían un permiso. El otro grupo no tenía un permiso”.

Mientras que los políticos demócratas y republicanos criticaron sus comentarios, el exlíder del KKK, David Duke, los aplaudió ansiosamente a través de un tuit: “Gracias presidente Trump por su honestidad y coraje en decir la verdad sobre Charlottesville y condenar a los terroristas de izquierda de BLM/Antifa [Black Lives Matter y los grupos anarquistas antifascistas]”.

La diatriba de Trump del martes sumió al sistema político en una profunda crisis. El hecho de que el presidente sea un simpatizante de nazis y supremacistas blancos hace colapsar todo el marco de autoridad política internacional de EE. UU.

Esto también tendrá consecuencias inmensas para la estabilidad dentro del país. No existe ninguna base de masas para el fascismo ni el supremacismo blanco en EE. UU. Los nazis y grupos de la “derecha alternativa” sólo lograron hacer llegar a unos pocos cientos de personas a su movilización nacional en Charlottesville. En comparación, cientos de miles tomaron las calles tras la inauguración de Trump.

La nerviosa respuesta a la rueda de prensa de Trump por parte de la élite política, tanto de los demócratas como republicanos, se debe a su temor de que estos acontecimientos desaten una explosión de oposición dentro de EE. UU. e internacionalmente. Los críticos de Trump dentro de la clase gobernante se han dedicado los últimos siete meses a encubrir el carácter social y político de este gobierno, apelando a las agencias de inteligencia y el ejército para que se adopte una política más agresiva contra Rusia.

En el contexto de un recrudecimiento de las contradicciones geopolíticas y de la crisis económica, la Casa Blanca se está enfrentando a múltiples investigaciones y posibles imputaciones, bajo los cargos de una presunta colusión con Rusia y obstrucción a la justicia. Como respuesta, el gobierno de Trump está buscando aprovechar la desorientación política para construir una base de apoyo ultraderechista fuera del plano constitucional establecido. Trump ha incorporado a fascistas a la Casa Blanca para que dirijan este proceso, como el exjefe de Breitbart News, Stephen Bannon.

Mientras que supuestamente iba a ceder ante las demandas y condenar al KKK y los neonazis, lo que hizo fue ampliar su llamado a las fuerzas sociales más derechistas, desorientadas y atrasadas.

En los últimos días, Trump publicó un nuevo anuncio de campaña para las elecciones del 2020, donde denuncia a la prensa y a los demócratas como “enemigos”, mostrando fotos de reporteros y presentadores de noticias individuales. También, comentó en Fox News que estaba considerando seriamente perdonar al sheriff de Arizona, Joe Arpaio, quien fue condenado por desacato judicial cuando se rehusó a seguir una orden que le pedía dejar de arrestar ilegalmente a hispanos bajo la sospecha de ser inmigrantes “ilegales”. El martes —tres días después de que un manifestante utilizara su automóvil como un arma para asesinar a una protestante antifascista— Trump tuiteó, antes de borrarla, la imagen de un tren con el nombre de “Trump” atropellando una caricatura con el logo de CNN.

Además, Trump interrumpió por un día sus vacaciones en su resort de golf en Nueva Jersey para ir a Washington D.C. y promulgar una medida de guerra económica contra China, como parte de su campaña “EE. UU. ante todo” para promover el nacionalismo económico.

Todas estas acciones tienen como objetivo la creación de un marco social y político para atacar violentamente toda oposición de los trabajadores a las políticas de guerra y contrarrevolución social en servicio a la aristocracia financiera.