Inmigración bajo el capitalismo: Entre la vida y la muerte en la frontera de EE.UU. con México

por Eric London
2 marzo 2017

El gobierno estadounidense está avanzando rápidamente en su plan para para deportar a 11 millones de inmigrantes indocumentados. De concretarse, sería la migración forzada más grande del mundo desde que los Nazis desplazaron a millones de judíos y otros “indeseables” a guetos y campos de concentración. En cuanto a su magnitud, el plan del gobierno de Trump eclipsa incluso los acontecimientos más vergonzosos en la historia estadounidense, incluyendo el Sendero de Lágrimas de los cheroquis, la implementación de la Ley de esclavos fugitivos de 1850, las redadas bajo Palmer en los años 19 y 20 y la internación de japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

Niños juegan en el lado mexicano de la valla fronteriza que separa El Paso, Texas, de Ciudad Juárez, Chihuahua.

Millones de vidas serán desarraigadas por las medidas migratorias de Trump, víctimas del sistema capitalista y de las políticas promulgadas por los dos partidos de la burguesía estadounidense. Los inmigrantes se enfrentan a un gobierno cuya xenofobia, nacionalismo y barbarie caracterizan la perspectiva de una clase gobernante que se ha enriquecido por décadas a través del parasitismo financiero, la explotación laboral en el extranjero y las guerras imperialistas. La aristocracia financiera estadounidense se ha dedicado a destruir los lugares de donde escapan los obreros inmigrantes y luego los llaman “violadores” y “criminales”.

El WSWS habló con Victoria, una madre que fue liberada hace pocos días de un centro de detención en Texas, después de que la capturaran cuando llegó desde El Salvador con dos de sus cuatro hijos—su hija de catorce años, Gabriela, y su hijo de un año, Edwin Jr.

Un peluche abandonado en el desierto por un niño inmigrante.

Hace tres semanas, con los primeros rayos del sol, Victoria despertó a Gabriela para que se alistara. Tomaron apenas lo necesario y con la fórmula para bebé llenaron las pequeñas bolsas con las que salieron del pequeño pueblo salvadoreño donde residían. Los murmullos de Edwin Jr. fueron el único sonido del tempranero tramo de lastre hasta la parada de autobús.

El esposo de Victoria, el señor Edwin, es un agricultor en El Salvador, donde gana USD $200 al mes. Anteriormente, vivió en Estados Unidos y tras meses de trabajo en el campo ahorró USD $5.000 para pagarle a un coyote para que llevara a su esposa y a dos de sus hijos a EE.UU. El viaje al norte fue la apuesta de una vida, perdiendo lo trabajado por meses cuando capturaron a Victoria y a sus hijos.

Agricultores como el marido de Victoria cosechando uvas en Napa, California.

“En el pueblo de donde somos, hay una iglesia, pero el hospital más cercano apenas funciona”, comentó Victoria. “Mis hijos tienen que caminar una hora para llegar y volver de la escuela todos los días, y los están amenazando las maras regularmente”.

Victoria tiene familiares con una pequeña tienda en El Salvador, obligados a pagarle extorsión a las maras, las cuales también producen y trafican drogas particularmente a EE.UU. y controlan considerables territorios en Centroamérica y México. La familia ha tenido que pagarles por años, pero les es cada vez más difícil, pasando hambre para evitar que los maten las pandillas. Recientemente, éstas asesinaron al padre del señor Edwin con tubos de metal. El mismo Edwin corre ese riesgo, aumentando mientras detienen a Victoria y a los niños.

“Después de que los pandilleros mataron al padre de mi marido, decían que nos matarían. Dejaron mensajes escritos en mi puerta diciendo que matarían a mis hijos. Eran mensajes aterradores”. Victoria comenzó a llorar. La atormenta pensar en las amenazas, segura de que la matarían al volver. “La policía no hizo nada, son corruptos, y muchas veces son ellos los que le ayudan a las maras”.

Los jueces de inmigración casi siempre le niegan asilo a una persona en la situación de Victoria ya que consideran que el tener que pagar extorsiones no es suficiente legalmente para calificar como refugiado.

Según un informe del 2015 de la investigadora de la Universidad Estatal de San Diego, Elizabeth Kennedy, el gobierno de Obama deportó en el 2014 y la primera mitad del 2015 a 83 centroamericanos que fueron asesinados al llegar. El diario Guardian hizo un reportaje sobre un caso como estos: “En marzo, Juan Francisco Díaz fue deportado a su ciudad natal de Choloma en Honduras después de haber vivido en Estados Unidos durante tres años bajo el radar. Cuatro meses después de su deportación, fue encontrado muerto en un callejón en el barrio de sus padres”. Asimismo, un sinnúmero de mujeres ha sufrido violaciones y abuso sexual tras ser deportadas.

Victoria no tuvo otra opción más que irse de su pueblo para salvar a sus hijos. Su plan era ahorrar suficiente dinero limpiando casas en EE.UU. para traer a su marido y a sus otros dos hijos al país norteamericano. Con esto en mente, atravesó más de 2.000 kilómetros de terreno escabroso en 16 días para llegar a la frontera entre EE.UU. y México.

La valla y el inhospitable desierto que separa a EE.UU. y México

“Los coyotes nos llevaron cruzando México, a veces a pie, a un grupo de diez o quince de nosotros. Algunos días no comíamos. No comí por tres días y se me estaba acabando la comida para mi bebé”, dijo Victoria. El grupo viajaba durante el día, con Victoria cargando a Edwin Jr. en sus brazos mientras corrían a través de cultivos y otras tierras y se escondían bajo puentes de los policías y agentes migratorios mexicanos. El gobierno mexicano trabaja con el estadounidense para deportar a inmigrantes centroamericanos.

Cada noche, el grupo se detenía para dormir, a veces afuera y a veces en una de las “casas seguras”, a menudo controladas por pandillas o delincuentes locales. Victoria dormía con sus hijos bien abrazados, con miedo de que fuesen abusados sexualmente o atacados. A una joven de su grupo, se la llevaron arrastrada una noche y fue violada por dos hombres. En la mañana siguiente, ya no estaba.

A cierto punto en el camino, su coyote les pidió esconderse en la caja de un pickup, estrujados, con poco aire y encerrados con una escotilla que sólo se abría desde afuera. Edwin Jr. comenzó a llorar, generando pánico entre los viajeros por temor a ser descubiertos. Después de varias horas, el coyote cambió de parecer, decidiendo llevar a los inmigrantes a pie por el desierto.

El árido desierto fue la parte más difícil del camino, dijo Victoria, aunque estaba agradecida de que en febrero las temperaturas aún no eran demasiado altas. El grupo tenía un suministro limitado de agua y sabían que, si su coyote se perdía o los abandonaba, probablemente morirían. Marcharon sobre el terreno rocoso hasta tarde en la noche, y ahí fue cuando vieron luces.

“Cuando cruzamos la frontera de Estados Unidos, los coyotes nos llevaron a escondernos”, dijo. Los inmigrantes primero se ocultaron con la esperanza de que la Patrulla Fronteriza no los había visto. Sin embargo, aparecieron más luces de autos y a Victoria se le cayó el alma a los pies. Le quedaba poca comida para su bebé y estaba demasiado agotada para intentar huir de los guardias en medio desierto.

Los agentes fronterizos encontraron a Victoria escondida debajo de un arbusto con sus hijos. Cubiertos de tierra, los detuvieron y llevaron a un centro de tramitación de inmigrantes.

“Nos detuvieron por un día y una noche y hacía mucho frío”, dijo Victoria. “Mi bebé no quería comer nada por lo mala que era la comida que nos dieron. Él lloraba y lloraba, y no había donde podía descansar porque no nos dieron camas. No lo puse en el piso porque estaba preocupada de que se enfermara de lo sucio que estaba”.

Dos inmigrantes encarcelados en un centro de detención en el oeste de Texas por el “crimen” de haber cruzado la frontera.

“Algunos de los guardias eran buenos, pero algunos nos humillaron. Tomaron mis cosas y las tiraron a la basura. Tenía un poco de dinero que había ahorrado y una lista con los números de teléfono de las únicas personas que conozco en los Estados Unidos. Tiraron todo eso a la basura. Cuando me dejaron ir, no tenía dinero para comprarle comida a mi bebé. Gracias a dios, alguien gentil me compró algo de comer para mi hijo y me dio unos cuantos dólares para comprar comida para mi hija de catorce y para mí”.

Cuando los inmigrantes son capturados en la frontera, a menudo los interrogan brevemente antes de ser enviados a un centro penitenciario por un periodo más largo. Un abogado de inmigración le comentó al WSWS que los agentes migratorios mienten frecuentemente para que la solicitud de asilo sea rechazada. Inventan testimonios, reportando que los inmigrantes les dijeron que están “buscando trabajo” o que vinieron por “razones económicas”. Bajo las leyes migratorias estadounidenses, estas razones son insuficientes para concederles asilo por lo que sus peticiones realmente válidas terminan siendo denegadas.

Un retén de agentes de la Patrulla Fronteriza en una autopista en Arizona

La gran mayoría de los que trabajan en la Patrulla Fronteriza y en los centros de detención de inmigrantes tienen una perspectiva social distintivamente fascista. Al menos hasta noviembre del 2016, la comisión encargada de investigar cuando los agentes fronterizos le disparan a los inmigrantes no ha imputado a ninguno de los funcionarios, aun cuando ha resultado en la muerte del migrante. La Corte Suprema estadounidense está examinando un caso presentado por los padres de un niño mexicano que fue asesinado a balazos por un guardia fronterizo en El Paso cuando jugaba con sus amigos cerca de la frontera. Un tribunal de apelaciones ya había sentenciado que los padres no tienen derecho a demandar.

Una fuente le notificó al WSWS que los guardias han comenzado a poner letreros en los centros de detención burlándose de los inmigrantes y diciendo que Trump los va a hacer pagar por el muro fronterizo. Muchos de los guardias fronterizos y funcionarios de inmigración son de ascendencia hispana y son contratados por poder hablar español. A los inmigrantes les termina sorprendiendo que funcionarios y guardias con nombres hispanos los traten de forma tan severa.

El 65 por ciento de los detenidos por el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE; Immigration and Customs Enforcement) son llevados a prisiones de operación privada con fines de lucro. Un proyecto de ley presentado por los congresistas demócratas y firmado por el presidente demócrata, Barack Obama, en el 2009 le exige al ICE mantener un mínimo de inmigrantes en las instalaciones privadas para garantizarles un margen de ganancia a los inversionistas. Desde el 2003, ha habido 167 muertes en los centros de detención de inmigrantes, en gran parte debido a la falta de atención médica. Mientras tanto, desde la elección de Donald Trump, los precios de las acciones de dos de las compañías más grandes de prisiones privadas, el Grupo GEO y CoreCivic, se han duplicado.

Victoria expresó solidaridad hacia los migrantes de Oriente Medio también sujetos a las medidas reaccionarias de Trump: “Ahora, el gobierno está diciendo que no van a dejar a los inmigrantes del Medio Oriente, pero ellos necesitan ayuda también. Trump, que tiene un montón de dinero. Él quiere hacer todo lo que quiera. El no piensa en la gente pobre ni en los migrantes. No conoce la pobreza. No conoce la violencia ni nada de eso. Sólo piensa en la gente con dinero”.

Continuará