El desplome de la productividad en EE.UU.: otro síntoma de la crisis capitalista

12 agosto 2016

El Departamento de Trabajo de Estados Unidos informó el 9 de agosto que la productividad laboral del país sufrió una caída del 0,5 por ciento durante el segundo trimestre de este año, el tercer trimestre consecutivo. Esto hizo que el Wall Street Journal destacara en su artículo de primera plana del miércoles (“El desplome de la productividad amenaza al crecimiento de largo plazo”) su preocupación sobre el hecho de que EE.UU. se encuentra en el período de menor crecimiento en productividad desde la década de 1970.

La disminución de la productividad y otros datos indican que el actual estancamiento en la economía estadounidense es parte de una tendencia mundial. El crecimiento económico de EE.UU. en el segundo trimestre fue solamente del 1,2 por ciento, mucho menos de lo que se esperaba. Fue aún más bajo en Europa, 0,3 por ciento. Por su parte, el crecimiento chino continúa en brusco declive y gran parte de América Latina se encuentra en depresión económica.

Economistas se preocupan que el fuerte descenso de los últimos años en la inversión privada en los países capitalistas avanzados impulse el desmoronamiento de la productividad. En el trimestre más reciente, la inversión privada en Estados Unidos cayó 9,7 por ciento, el tercer peor descenso trimestral.

En el 2015, el Fondo Monetario Internacional señaló en su informe anual que la disminución de la inversión privada está en el centro del fracaso de recuperación de la economía global desde la crisis del 2008, a pesar de que el crédito a bajísimas tasas de interés ha inundado los mercados financieros.

Las grandes empresas han acumulado billones de dólares en efectivo y no los están invirtiendo ni en la producción ni en la investigación y desarrollo. Utilizan esos fondos para recomprar acciones, aumentar sus dividendos y llevar a cabo fusiones y adquisiciones, aumentando así el ingreso de gerentes, ejecutivos y accionistas.

Como resultado, El precio de las acciones en las bolsas mundiales han llegado a niveles récord, las ganancias corporativas continúan subiendo y se expande la riqueza del 0,1 por ciento más rico en EE.UU. y en el mundo, todo a costillas de la clase obrera.

Este proceso expresa el dominio del parasitismo financiero en la vida económica estadounidense y mundial. Se están desviando cantidades profusas de recursos hacia actividades especulativas que no sólo no hacen nada para aumentar las fuerzas productivas, sino que facilitan su destrucción.

Durante décadas, una de las manifestaciones más visibles de la crisis del capitalismo mundial ha sido el crecimiento del parasitismo financiero enraizado en la decadencia del capitalismo estadounidense y el desmantelamiento sostenido de su base industrial.

La crisis actual tiene raíces históricas bien profundas. Estados Unidos emerge como la potencia capitalista dominante al fin de la Segunda Guerra Mundial –sobre todo con su industria altamente desarrollada y avanzada— dominando la producción global de acero y automóviles. Un momento clave en la desintegración de la supremacía económica de EE.UU. fue el fin del sistema de Bretton Woods, cuando la administración Nixon decreta el fin a la convertibilidad del dólar por en 1971.

En la década de 1970 —período marcado por luchas salariales militantes de la clase obrera estadounidense— el continuo declive de la hegemonía económica de Estados Unidos da lugar a lo que se denominó stagflation: la combinación de estancamiento económico con una inflación superior al diez por ciento. Al final de esa década, la burguesía estadounidense da un giro brusco hacia medidas de financiación y desindustrialización, mediante la recesión inducida de 1979 y la represión de la huelga de los controladores aéreos de PATCO en 1981. Este último incidente fue el inicio de una serie de ataques contra la posición social de la clase obrera durante las décadas siguientes.

Las políticas de la clase dominante en las últimas tres décadas se han centrado en asegurar el aumento en los valores de las acciones, lo cual ha estado conectado con la intensificación de la explotación de la clase obrera y una gran redistribución de la riqueza. El crecimiento del parasitismo financiero causó una sarta de burbujas financieras y colapsos: el derrumbe bursátil de 1987; la crisis de los fondos de ahorros y préstamos de 1989; la crisis de derivados y el colapso del Peso mexicano de 1994; la crisis financiera asiática de 1997; la quiebra de Long-Term Capital Management y el impago de la deuda rusa en 1998; el estallido de la burbuja de compañías de Internet y el escándalo de Enron en el 2000 y 2001. La manía especulativa culminó con el colapsos de los fondos de créditos hipotecarios de alto riesgo y de la burbuja inmobiliaria en el 2008, provocando la crisis más profunda desde la Gran Depresión, de la cual el sistema capitalista no se ha recuperado.

En cada una de esas crisis, la clase dominante responde llenando los mercados con dinero mediante bajísimas tasas de interés bajas (ahora con “flexibilización cuantitativa”). Sin embargo, ninguna de esas medidas logra generar un nuevo equilibrio económico. Cada vez le queda más claro a la élite gobernante que no hay forma de salir de esta crisis, ahora referida como la “nueva normalidad”, o la “nueva mediocridad” frase de Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional,”.

Por lo tanto los grupos de poder más y más reclaman que este régimen de tasas de interés ultra bajas se haga permanente. Bernanke, el ex presidente del Fondo de Reserva Federal de EE.UU., en un blog reciente del Instituto Brookings, favorece la disminución de expectativas en los fondos federales de largo plazo del Banco Central, disminuyendo sus estimaciones de crecimiento económico, el equivalente a continuar con la política de dinero fácil por un futuro indefinido.

Según Bernanke, “Durante el último par de años, los miembros del Comité Federal de Mercado Abierto [Federal Open Market Committee] han señalado a menudo que anticipaban varios aumentos en la tasa del mercado de fondos federales conforme continúa la recuperación económica. De hecho, sólo la han incrementado una vez, en diciembre del 2015, y los participantes del mercado ahora parecen anticipar pocos o ningún aumento adicional en la tasa en los próximos trimestres”. El mercado de fondos federales en donde los bancos obtienen financiación a muy corto plazo, a ínfimas tasas de interés.

Dichas medidas, sin embargo, sólo continuarán alimentando al parasitismo financiero. El crecimiento en el valor de los activos financieros tiene que ser pagado con la extracción de riqueza de la clase obrera mundial. La clase dirigente de cada país, siguiendo el ejemplo de la oligarquía financiera estadounidense, está intentando hacer que sus competidores sean los que paguen, alimentando antagonismos nacionales, cosa que se manifiesta en medidas proteccionistas y guerras comerciales que amenazan con provocar un conflicto militar entre las grandes potencias mundiales.

Andre Damon