Se da inicio a la Convención Republicana: un espectáculo obsceno en Cleveland

por Patrick Martin
30 julio 2016

El martes 19 de julio se dio inicio a la Convención Nacional Republicana del 2016. Esta durará cuatro días de reuniones con el objetivo de designar al multimillonario Donald Trump como el candidato presidencial republicano junto con su compañero de fórmula para vicepresidente, el gobernador de Indiana, Mike Pence.

El primer día de la convención fue dedicado a homenajear al militarismo estadounidense y a la represión policíaca bajo el eslogan “devolver la tranquilidad a América”. La retórica de la ley y el orden dentro del estadio correspondió al ambiente de cientos de policías fuera del estadio, quienes ceñían a manifestantes e impidieron su presencia en el centro de la ciudad con mallas de acero y barreras de cemento.

El espectáculo entero fue degradante. Es improbable que más que un puñado de delegados en la convención considerara, hace tan sólo un año, a Trump como un candidato viable para ningún puesto político, y mucho menos para ocupar la Casa Blanca. Sin embargo, miles se han reunido para elogiar al demagogo de tendencias definitivamente fascistas.

El fin de semana, el escritor fantasma (ghostwriter) del bestseller de Trump, El arte de la oferta, Tony Schwartz, dio una reveladora entrevista al New Yorker en la que pidió disculpas por el impulso que le dio a una figura política cuyo ascenso ahora mira con horror. Hizo públicas algunas notas que tomó mientras escribía el libro en 1986 y 1987, en las que expresó que Trump era un individuo “odioso” y “un presumido unidimensional”.

“No tiene gran capacidad de concentración”, le dijo Schwartz al New Yorker. “Es imposible mantenerlo enfocado en cualquier tema que no sea su propio engrandecimiento personal por más de unos minutos”. Según él, Trump tiene “un nivel impresionante de conocimiento superficial y de simple ignorancia” y probablemente nunca “ha leído un libro en toda su vida adulta”. Trump es un mentiroso compulsivo con “una completa falta de conciencia de que lo es”. Si fuera a escribir un bosquejo biográfico de Trump, concluye Schwartz, lo llamaría El sociópata.

Durante el último año, sus innumerables entrevistas de televisión, su docena o más de debates y sus actos de campaña estuvieron marcados por llamados a la violencia y al racismo. Las intimidaciones de Trump en contra de sus opositores políticos, contra varios grupos marginados y oprimidos como los musulmanes y mexicanos inmigrantes, contra mujeres y periodistas, todas confirman lo dicho por Schwartz.

Trump personifica ciertas tendencias sociales en Estados Unidos, especialmente el ascenso de elementos prácticamente criminales a los niveles más altos de la élite gobernante. Él comenzó su carrera con un patrimonio de varios millones de dólares de su padre, quien creo un negocio próspero construyendo casas para familias obreras y de clase media en la ciudad de Nueva York y en los suburbios de Long Island durante el auge de la Segunda Guerra Mundial. Trump convirtió la herencia de su padre en una fortuna mucho más grande por medio de la transformación de la ciudad de Nueva York en un patio de recreo para las clases pudientes. Trump comenzó a construir viviendas de lujo, así como casinos, hoteles, campos de golf y lugares de recreación.

El historial de negocios de Trump está plagado de episodios de carácter fraudulento. Su ascenso inicial sucedió en el contexto de la casi quiebra de la ciudad de Nueva York en 1975 y del ataque contra la clase obrera asociado con la creación de la Junta de emergencia de control financiero bajo la iniciativa del Partido Democrático, con la colaboración de los sindicatos. Mientras salarios descendían los fondos de pensiones eran saqueados para la creación de un “clima de negocios” apropiado para el enriquecimiento de Trump y los de su clase. Su participación en este proceso fue de carácter mafioso, lleno de tratos especiales con los políticos demócratas y republicanos donde se intercambiaron contribuciones políticas por zonificaciones y regulaciones más favorables.

En 1981, Trump compró un edificio de 14 pisos frente la calle Central Park South. Éste se convirtió en el escenario de una guerra total entre Trump y los inquilinos, quienes pagaban alquileres bajos y controlados por el municipio y se negaron a mudarse, frustrando sus planes de demoler el edificio. Según un reportaje detallado de CNN Money, lo que prosiguió fue que el “propietario de pesadilla” comenzó a cortar el agua y la calefacción, detuvo todas las reparaciones del edificio, presentó denuncias de pago judicial contra los inquilinos por atrasarse con sus pagos de alquiler e incluso ofreció utilizar el edificio como un refugio para personas sin hogar con el fin de deshacerse de los inquilinos. Durante un período de cinco años, Trump gastó siete veces más en trámites legales en contra de sus inquilinos que en las reparaciones del edificio.

Este período de acenso, de mediados de la década de 1970 a mediados de la década de 1990, coincidió con la creciente financiación de la economía de Estados Unidos al darse una sustitución de la industria pesada por la especulación inmobiliaria y financiera como principal fuente de lucro en el capitalismo estadounidense. Trump expandió sus negocios a casinos en Atlantic City, Nueva Jersey, algunos con su nombre, y todos quebraron. Por lo tanto, hizo seis viajes al tribunal de quiebras, donde logró conservar su fortuna personal mientras innumerables acreedores, muchos de ellos pequeñas empresas, perdieron sus inversiones.

Durante ese tiempo, varios directores ejecutivos se convirtieron en celebridades, fenómeno ejemplificado por individuos como Lee Iacocca de Chrysler, Jack Welch de General Electric y el más desagradable de todos, Donald Trump. Ninguno de ellos tenía nada en común con los capitalistas inescrupulosos del pasado, quienes construyeron despiadadamente imperios industriales en petróleo, ferrocarriles, acero y automóviles. Al contrario, estos gerentes corporativos incrementaron sus “valores de sus acciones” recortando empleos y salarios y cerrando fábricas. Impulsaron sus ganancias y sus acciones suprimiendo las fuerzas productivas de la sociedad.

Lo que Trump construyó fue una “marca”, incluso con propiedades ajenas y que ni siquiera administraba, lo cual se convirtió en su negocio más rentable. Comprobó ser un exitoso publicista para sí mismo, primero a través de una serie de libros, uno de los cuales se convirtió en un bestseller (El arte del negociador) y luego a través de una relación lucrativa con la cadena de televisión NBC, como parte de los programas El aprendiz y Aprendiz celebridades, con los que alcanzó altos índices de audiencia y esculpió su imagen pública como un CEO que puede hacer dinero por arte de magia.

Incursionó en la política desde mediados de la década de 1990, al menos en parte porque sus negocios dejaron de prosperar y los principales bancos de Wall Street se negaron a relacionarse con él. Trump llegó a cambiar de partido político siete veces durante este período, donando a muchos candidatos y estableciendo relaciones con la primera familia del Partido Demócrata, Bill y Hillary Clinton, incluso invitándolos a su tercera boda en el 2005.

A partir del 2011, su actividad política se convirtió un tanto más seria al volverse el principal portavoz de la campaña de ultraderecha contra la legitimidad de la presidencia de Obama porque supuestamente había nacido en Kenia, no en Hawai. Trump luego apoyó al republicano Mitt Romney en las elecciones generales del 2012 y comenzó a prepararse para su candidatura presidencial del 2016.

Una sección de la élite del Partido Republicano, incluyendo a cuatro de los cinco candidatos presidenciales y ambos expresidentes republicanos, George H. Bush W. y George W. Bush, han rechazado vehementemente respaldar a Trump y asistir a la convención que lo nominará. Prácticamente todo el equipo de política exterior republicana se opone a Trump, con muchos de ellos declarando públicamente su apoyo a la demócrata Hillary Clinton, quien a su juicio es una representante más confiable de los intereses globales del imperialismo estadounidense.

Sin embargo, los republicanos contra Trump no son muy numerosos entre los mercenarios políticos y hampones que conforman la mayor parte del Partido Republicano y, de todos modos, no han intentado seriamente explicar la victoria del demagogo multimillonario en contra de 16 opositores que la prensa llegó a describir como el grupo de candidatos de mayor calado y talento en la historia del partido.

El éxito de Trump, al menos por ahora, debe ser entendido políticamente. Su lema de campaña, “Volver a Hacer Grande a Norteamérica”, admite el fracaso de la política y la sociedad estadounidense. Aborda problemas reales económicos y sociales—como los cierres de fábricas, la pérdida de puestos de trabajo y niveles dignos de vida y la destrucción de las pequeñas empresas—que subyacen el enorme crecimiento de la desigualdad económica en Estados Unidos.

Así es como él reconoce, aunque de una forma reaccionaria, que el capitalismo estadounidense está en un estado desastroso. Al mismo tiempo, Trump asegura un rescate mágico, validado supuestamente por haber conquistado un megamillonario patrimonio personal. La paradoja aquí es que la fortuna de Trump es un producto directo de los mismos procesos cuyas consecuencias ahora denuncia, sobre todo, la deindustrialización y la creciente dominación financiera de la economía de Estados Unidos.

El programa de Trump ofrece, aparte de su propia personalidad y celebridad, nacionalismo extremo: políticas económicas autónomas para que Estados Unidos vuelva mágicamente a sus días de autosuficiencia fabril, combinándose con un chovinismo xenofóbico y racista que incluye la deportación forzada de millones de inmigrantes, principalmente de México y América Central, y la erección de un muro junto a la frontera con México.

Las contradicciones encontradas en este tipo de políticas son catastróficas. Una guerra comercial quebrantaría el mercado mundial y provocaría una depresión mundial mucho peor que la de la década de 1930. Asimismo, la guerra de Trump en contra de los inmigrantes requeriría de un estado policial absoluto en el país. Su declaración de guerra contra el Estado Islámico haría inevitable una nueva invasión del Oriente Medio de tal magnitud que empequeñecería aquellas libradas por Bush y continuadas por Obama.

¿Qué nos dice de la sociedad norteamericana que tal individuo sea líder de uno de los dos partidos principales de la élite gobernante de Estados Unidos? El nombramiento de un individuo tan ignorante, vulgar y ensimismado para competir por el cargo más alto en el gobierno es testimonio de la demencia terminal en la política de la clase gobernante de Estados Unidos.