Barack Obama y 25 años de guerra estadounidense

11 julio 2016

En un artículo de primera página publicado en mayo 15, el New York Times llama atención a un paso importante en la presidencia de Barack Obama: "Desde ahora ha estado haciendo guerra más tiempo que el Sr. Bush, o cualquier otro presidente estadounidense." Obama sobrepasó a su predecesor en mayo 16. Con ocho meses más en la Casa Blanca, está en camino para establecer otro récord. El Times escribe: "Sí Estados Unidos sigue en combate en Afganistán, Irak y Siria hasta el fin de la presidencia del Sr. Obama —casi una certeza dado el reciente anuncio que enviará a 250 tropas adicionales de Operaciones Especiales a Siria— dejará el improbable legado de ser el único presidente en la historia estadounidense de servir dos periodos completos con la nación en guerra."

En camino a establecer su récord, el Sr. Obama ha supervisado mortíferas acciones militares en un total de siete países: Irak, Afganistán, Siria, Libia, Pakistán, Somalia y Yemen. Esta lista se expande rápidamente, ahora que Estados Unidos intensifica sus operaciones militares en África. Los esfuerzos para suprimir la insurgencia de Boko Haram involucran la acumulación de fuerzas estadounidenses en Nigeria, Camerún, Níger y Chad.

Mark Landler, el autor del artículo del Times, nota el estatus de Obama como ganador del Premio Nobel de la Paz en el 2009 sin ningún sentido de ironía. Más bien, pinta al presidente como "tratando de cumplir las promesas que hizo como candidato antibélico…" Obama "ha luchado contra la inmutable realidad [de la guerra] desde su primer año en la Casa Blanca…"

Landler les informa a sus lectores que Obama "fue a dar un paseo entre las lápidas en el Cementerio Nacional de Arlington antes de dar la orden de mandar a 30,000 tropas más a Afganistán." Landler recuerda un pasaje de su discurso en el 2009 aceptando el Premio Nobel en el cual Obama con cansancio lamentó que la humanidad tenia que reconocer "dos verdades aparentemente irreconciliables— que la guerra es a veces necesaria, y que la guerra es una expresión de la insensatez humana."

Durante los años de Obama, claramente gana la insensatez. Pero no hay nada que el héroe de Landler no pueda hacer. Obama ha descubierto que sus guerras son "desesperantemente difíciles de terminar."

La reciente muerte del Operativo de Guerra Especial de Primera Clase, Charles Keating IV, en un tiroteo con fuerzas de EI contradijo lo que ha dicho Obama sobre el papel de las fuerzas estadounidenses en Irak. El Times, escogiendo sus palabras cuidadosamente, escribe que la muerte de Keating "hizo que el argumento del gobierno que los estadounidenses solamente aconsejan y asisten a las fuerzas de Irak pareciera menos plausible." Diciéndolo más francamente, Obama le ha estado mintiendo al pueblo estadounidense.

Aparte de su deshonestidad intrínseca, la representación de Obama por el Times carece el elemento esencial requerido de una verdadera tragedia: la identificación de fuerzas objetivas, fuera de su control, que determinaron las acciones del presidente. Si el Sr. Landler quisiera que sus lectores derramaran una lágrima para este hombre amante de la paz, que al volverse presidente, convirtió a las matanzas con drones en su especialidad personal y que llegó a convertirse en algo parecido a un monstruo moral, el correspondiente del Times debió haber tratado de identificar las circunstancias históricas que determinaron el destino "trágico" de Obama.

Pero esto es un reto que el Times esquiva. No logra relacionar el récord de guerra de Obama con el curso entero de política exterior estadounidense durante el último cuarto de siglo. Incluso antes de que Obama comenzara su gobierno en el 2009, Estados Unidos había estado en guerra sobre casi sin interrupción desde la primera guerra entre Estados Unidos e Irak en 1990-91.

El pretexto para esa primera Guerra del Golfo fue la anexión de Kuwait por Irak en agosto de 1990. Pero la violenta reacción estadounidense a esa disputa entre el presidente iraquí Saddam Hussain y el emir de Kuwait fue producto de condiciones y consideraciones más generales. El contexto histórico de la operación militar estadounidense fue la inminente disolución de la Unión Soviética, que fue por fin ocurre en diciembre de 1991. Siguiendo este aconteciendo, el primer presidente Bush declaró el comienzo de un "Nuevo Orden Mundial."

Producto de la primera revolución socialista en 1917, la Unión Soviética había funcionado —especialmente después del fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945— como una restricción al despliegue del poder militar estadounidense. Además, la victoria de la revolución china en el año 1949 —que, en términos históricos, estaba atada a la Revolución bolchevique en Rusia en 1917— puso más obstáculos en el camino del imperialismo estadounidense.

Los regímenes estalinistas fundamentalmente siguieron políticas nacionalistas, y sistemáticamente socavaron y traicionaron a movimientos de la clase obrera y anticapitalistas de todo el mundo. Pero en la medida en que la Unión Soviética y la República Popular de China proporcionaban limitado apoyo político y material a movimientos antiimperialistas en el "Tercer Mundo," impedían que la clase gobernante estadounidense tuviera manos libres para buscar sus propios intereses. Estas limitaciones fueron demostradas —citando los ejemplos más notables— en las derrotas estadounidenses en Corea y en Vietnam, el mutuo acuerdo en de la crisis de los misiles en Cuba, y la aceptación del domino soviético en la región del Báltico y en Europa del Este.

En última instancia, la existencia de la Unión Soviética y de un régimen anticapitalista en China le quitaron a Estados Unidos la posibilidad de un acceso irrestricto a la explotación del trabajo humano, materias primas y posibles mercados en una gran parte del mundo —incluyendo, y especialmente, una gran parte de la masa continental en Eurasia. También forzó a Estados Unidos a hacer concesiones a un mayor grado que este hubiera preferido en negociaciones sobre temas económicos y estratégicos con sus principales aliados en Europa y Asia, y también con países más pequeños que explotaron las oportunidades tácticas otorgadas por la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

La disolución de la Unión Soviética, combinada con la restauración del capitalismo en China después de la masacre en la Plaza de Tiananmen en 1989, fue visto por la clase gobernante como una oportunidad de llevar a acabo una reestructura masiva de la geopolítica global con el propósito de establecer la hegemonía de Estados Unidos. El apoyo abrumador por esta operación dentro de los élites surge de la creencia que Estados Unidos puede revertir la erosión prolongada de su posición económica global por medio del despiadado uso de su abrumador poder militar.

La Guía de Política de Defensa preparada por el Departamento de Defensa en febrero de 1992 inequívocamente afirmó las ambiciones hegemónicas del imperialismo estadounidense: "Hay otras potenciales naciones o coaliciones que pudieran, en un futuro más lejano, desarrollar objetivos estratégicos y una posición de defensa de toda una región o de dominio global. Nuestra estrategia ahora se debe reenfocar a excluir el surgimiento de cualquier potencial competidor global futuro."

Durante los años 1990 se extiende el persistente uso del poder militar estadounidense, más notablemente en la disolución de Yugoslavia. La brutal reestructuración de los estados Bálticos, que provocaron una guerra civil fratricida, culminaron en la campaña de bombardeo en 1999 dirigida por Estados Unidos para forzar que Serbia aceptara la secesión de la provincia de Kosovo. Otras principales operaciones militares durante esta década incluyeron la intervención en Somalia (que acabó en un desastre), la ocupación militar de Haití, el bombardeo de Sudán y Afganistán y repetidos episodios de ataques con bombas en Irak.

Los acontecimientos de septiembre 11, 2001 proporcionaron la oportunidad de lanzar la "guerra al terror," una consigna de propaganda que sirvió como una justificación de uso múltiple para operaciones militares a lo largo del Medio Oriente, Asia Central y, con creciente frecuencia, en África. La estrategia militar de Estados Unidos fue revisada para seguir la nueva doctrina de "la guerra preventiva," adoptada por Estados Unidos en el 2002. Esta doctrina, que violó la existente ley internacional, dice que Estados Unidos puede atacar a cualquier país del mundo que se considere representar una amenaza potencial —no solo de una naturaleza militar, sino que también económica— para los intereses estadounidenses.

El gobierno del segundo presidente Bush ordenó la invasión de Afganistán en otoño del 2001. En discursos que siguieron el 9/11, Bush usó la frase "las guerras del siglo veintiuno." En este caso, Bush habló con gran precisión. La "guerra al terror" fue, desde su comienzo, concebida como una interminable serie de operaciones militares por todo el mundo. Una guerra innecesaria que inevitablemente llevaría a otras. Afganistán probó ser un ensayo general para Irak. El alcance de operaciones militares continuamente se ensancha. Nuevas guerras se iniciaban a la par que las antiguas continuaban. La cínica invocación de derechos humanos fue usada para hacer guerra contra Libia y derrocar al régimen de Muammar Gaddafi. El mismo pretexto hipócrita fue empleado para organizar una guerra de poder en Siria. Las consecuencias de estas guerras, en términos de vidas y sufrimiento humano, son incalculables.

La lógica estratégica del impulso estadounidense para la hegemonía global ha llevado a conflictos que se extienden más allá de sangrientas operaciones neocoloniales en el Medio Oriente y en África. Las ambiciones geopolíticas de Estados Unidos han llevado a confrontaciones cada vez más peligrosas con China y Rusia. De hecho, las continuas guerras regionales están siendo transformadas en elementos componentes de la rápida escala de conflictos entre Estados Unidos y sus aliados europeos y asiáticos y Rusia y China.

El New York Times no presenta siquiera un trazo de las causas objetivas más profundas –que convirtieron la presidencia de Obama en una época de guerra sin fin— incrustadas en las contradicciones del imperialismo estadounidense y global,. Ni tampoco les dice a sus lectores que el próximo gobierno, sin importar quien ocupe la Casa Blanca —Clinton, Trump, o incluso Sanders— ofrecerá no solo lo mismo, sino que mucho peor. El tema de la guerra continua siendo el "de eso no se habla" en este año electoral.

Pero este silencio debe ser roto. La alarma debe ser sonada. La clase obrara y los jóvenes de Estados Unidos y por todo el mundo deben saber la verdad. Para acabar con la guerra, y evitar la catástrofe global, hay que forjar un nuevo y poderoso movimiento internacional de masas, basado en un programa socialista y guiado estratégicamente por los principios revolucionarios de lucha de clases.

David North