Las consecuencias mundiales de las elecciones en Sri Lanka

15 enero 2015

La victoria de Maithripala Sirisena sobre el presidente Mahinda Rajapakse el jueves 8 de enero trae consigo siniestras consecuencias para la clase obrera de Sri Lanka, del Sur de Asia, y del mundo.

Antes que nada ejemplifica la incesante estrategia del imperialismo estadounidense de enredar a todos los países asiáticos en su confrontación diplomática, económica y militar contra China, y en su proyecto de guerra. Por otro lado pone el dedo en el papel político de las corrientes de seudoizquierda, que, con la consignas de “democracia” y de “derechos humanos”, se encargan de hacer más fácil la labor de las potencias imperialistas.

Cuando Sirisena abandona el gobierno de Rajapakse y obtiene el apoyo del derechista Partido Nacional Unido (United National Party, UNP) y de otras corrientes políticas para ser el candidato común de la oposición, se inicia un proceso de cambio de régimen por Estados Unidos. Fue una maniobra política conducida principalmente por el ex presidente Chandrika Kumaratunga (personaje muy ligado a los grupos de política exterior del gobierno de Obama, a través de la Fundación Clinton).

Para Washington, el crimen de Rajapakse no fue la enorme y carnicera matanza de la población civil tamil durante la guerra civil contra los Tigres de Liberación de Tamil Eelam (Liberation Tigers of Tamil Eelam, LTTE), sino los vínculos de su gobierno con China. Rajapakse aceptó inversiones de empresas estatales chinas por miles de millones de dólares y, rechazando protestas de India y Estados Unidos, soportaba las ambiciones Chinas de expandir su presencia naval en el Océano Índico, permitiendo que submarinos y barcos de guerra de China utilizaran puertos en Sri Lanka.

Las maniobras entre telones de Estados Unidos para derrocar a Rajapakse salieron a la luz el día del voto, cuando John Kerry, secretario de estado estadounidense, llama a Rajapakse para ordenarle que mantuviera el balotaje “libre de violencia e intimidación” y “se encargara de una pacífica transición del mando”, en caso de perder. Nadie en el gobierno o en la casta militar podía malinterpretar tal mensaje: el imperialismo intervendría abiertamente contra el más mínimo intento de prevenir la victoria de Sirisena.

Barack Obama, presidente de Estados Unidos, en una declaración del viernes pasado, le dio la bienvenida al nuevo gobierno. Declaró que “Estados Unidos anticipa con gusto … colaborar con el presidente Sirisena por la paz, democracia y prosperidad de todos en Sri Lanka”.

El gobierno de Sirisena no les traerá ni paz, ni democracia, ni prosperidad a la clase obrera y a los oprimidos de Sri Lanka. Transformará al país en un campo más de intriga estadounidense contra China. A medida que se profundiza el desmoronamiento económico mundial, el códex de represión que fue impuesto durante los veintiséis años de guerra civil (y expandido por Rajapakse) será actualizado como arma de ataque contra las condiciones de vida.

Al hacerse cargo como presidente, Sirisena señalo que estaba dispuesto a alinearse con Washington. Prometió: “Cambiar la política exterior para establecer lazos de amistad con todos los países del mundo”. En el contexto del viraje de Estados Unidos, eso significa darle las espaldas a Beijing y asociarse con Washington y con los aliados de Estados Unidos en esta región: Japón, Australia e India.

La intromisión de Estados Unidos sigue un guión similar de intervenciones en Asia y en el mundo. En el 2010, Washington maniobró golpes contra Yukio Hatoyama y Kevin Rudd, el primer ministro japonés y el primer ministro de Australia. Ambos proponían medidas conciliatorias con China, y rechazaban enfrentamientos. Luego de sendos golpes, los dos países se han comprometido con el proyecto de guerra de Estados Unidos. La junta militar de Birmania fue disciplinada por Estados Unidos mediante amenazas y dádivas; por eso suspendió inversiones chinas y ha disminuido las relaciones militares con ese país.

En febrero y con el apoyo alemán, Estados Unidos dio un golpe en Ucrania bajo dirección fascista para imponer un gobierno títere a favor del imperialismo. El propósito inmediato de ese golpe ha sido crear un conflicto con Rusia. A más largo plazo se trata de lograr la sumisión de Moscú, táctica que deriva de la estrategia del viraje: Rusia es el aliado en potencia más obvio de China. Estados Unidos no permitirá siquiera que China establezca alianzas o influencias geopolíticas que le permitirían resistir el dominio estadounidense sobre el continente asiático y cerrarle el portón a la hegemonía mundial de estadounidense.

Como consecuencia del resultado del balotaje en Sri Lanka más convencido quedará el gobierno chino y sus fuerzas armadas que su país está bajo sitio, aumentando las tensiones y el peligro de que algún pequeño incidente detone una guerra grande.

El Partido Nava Sama Samaja (Nuevo Partido de Igualdad, NSSP), el Partido Socialista Unidos (United Socialist Party, USP), y el Partido Socialista de Avanzada (Frontline Socialist Party, FSP), todos ellos de seudoizquierda, participaron políticamente con el golpe estadounidense de cambio de gobierno. Como en Ucrania, donde la seudoizquierda internacional le dio el rótulo de “revolución democrática” a lo que fue una conspiración imperialista, la seudoizquierda coronó de “demócrata” a Sirisena, en lucha contra la “dictadura” de Rajapakse.

A la misma que vez los tres partidos disimulaban su apoyo a Sirisena (postulando candidatos presidenciales propios) se tapaban la boca sobre el rol de éste como prestanombre de Estados Unidos. Se limitaban a pequeñas críticas cosméticas sobre el pasado político de Sirisena, quien ha sido tan culpable como Rajapakse de los crímenes que se cometieron durante la guerra civil y de los salvajes ataques contra las condiciones sociales y derechos democráticos de la clase obrera.

Con todo eso, los grupos de seudoizquierda se unieron a las élites de poder tamiles y cingalesas para crear ilusiones en que los actos de persecución que llovieron sobre las minorías tamil y musulmana se indemnizarán bajo el mando de Sirisena. Pregonaban, en compañía de los sindicatos, que con Sirisena se mejorarán los niveles de vida de la clase obrera y de los pobres rurales. Estas corrientes pequeño burguesas ayudaron a encarrilar el auténtico rencor popular contra el gobierno de Rajapakse, de los trabajadores, de los jóvenes y de los más oprimidos, detrás de Sirisena y de los partidos derechistas (y a favor del imperialismo) que lo apoyan.

Que los de la seudoizquierda estén dispuestos a describir a China como “potencia imperialista” que “quiere colonizar a Sri Lanka” es un ejemplo de cuan lejos están dispuestos a ir con su apoyo al imperialismo estadounidense. En su mundo al revés ponen un signo de igual entre China y Estados Unidos; descartan que mientras la primera sostiene con sus sueldos de hambre al capitalismo internacional, el segundo es el eje las finanzas mundiales. Condenan a China por ser “expansionista y agresiva” campaneando el guión escrito en Washington.

Es por eso que fue tan importante la campaña electoral del Partido Socialista por la Igualdad (PSI) que su candidato, Pani Wijesiriwardena, en base a una propuesta de socialismo internacional. Sólo el PSI: Buscó avisarle a la clase obrera y a los más oprimidos del creciente peligro de guerra; lanzó un programa para luchar contra la contrarrevolución que ya ocurre contra los niveles de vida y los derechos democráticos; y luchó por la independencia política de la clase obrera, de todos los sectores de la burguesía: Sirisena, Rajapakse y todas las corrientes seudoizquierdistas.

Las dos claves para el periodo que se nos viene encima son desarrollar la conciencia socialista e internacionalista en el proletariado y construir el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (el partido mundial de la revolución socialista) en Asia y en el mundo. Sólo sobre esas bases se puede desarrollar un poderoso movimiento antiguerra para acabar con la fuente de guerras y opresión imperialista: El capitalismo y el sistema de estados naciones en que está arraigado.

Deepal Jayasekera