Armonizan Estados Unidos y Cuba: lecciones de la historia

20 diciembre 2014

Los gobiernos latinoamericanos y las sociedades anónimas estadounidenses celebran (y consideran un pivote histórico) los anuncios el miércoles 17 de diciembre de Barack Obama y Raúl Castro de “normalizar” los vínculos entre Estados Unidos y Cuba.

Dilma Rousseff, presidente de Brasil, aclamó la decisión de reestablecer relaciones diplomáticas entre esos dos países y, por ende, hacer más fácil la penetración de capitales estadounidenses en la isla. “Marca un cambio en la civilización”, declaró Rousseff. "Hay que reconocer el gesto del presidente Barack Obama, un gesto de valentía, necesario en la historia", dijo Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, país recientemente golpeado por una nueva ronda de castigos económicos de parte de Estados Unidos.

Por su parte, la voz de las casas de finanzas neoyorquinas, el Wall Street Journal escribió el jueves 18 de diciembre: “Sociedades anónimas, desde la General Motors, a la agricultora Cargill y las mueblerías Ethan Allen Interiors, celebraron el anuncio de la Casa Blanca de restaurar relaciones diplomáticas con Cuba y comenzar a desmantelar el embargo de 54 años”.

La burguesía latinoamericana tiene la expectativa que los anuncios de Washington y La Habana le abrirá el paso a un nuevo periodo de cordialidad entre ella y el imperialismo de Estados Unidos. A las sociedades anónimas transnacionales se les hace agua a la boca pensar en las enormes ganancias que sacarán de la explotación de la pésimamente pagada fuerza laboral cubana que el gobierno de Cuba proporcionará y disciplinará.

Sin duda las exigencias de la Cámara de Comercio y de la Asociación de Fabricantes Estadounidenses tuvieron mucho que ver con la decisión del presidente Obama. También influenció esa decisión saber que un enorme flujo de dólares servirá mucho más que un bloqueo económico para mejor hacer retroceder las reformas radicales de la Revolución Cubana (o lo que quede de esas) y ayudará a imponer un gobierno más obediente en La Habana. Se restauraría la relación neocolonial que existía antes de 1959.

De su lado, el gobierno de Raúl Castro considera que este pivote hacia su antiguo enemigo imperialista le ayudará a conservar su poder y encarrilarse por la vía de la China, preservando así los privilegios de la clase de poder, haciendo crecer el capitalismo a costillas del proletariado cubano.

En medio de esta fiesta de los medios de difusión sobre el carácter histórico de esta anunciada armonía, no se hable sobre que es lo que dice esta transformación de la naturaleza misma del gobierno cubano y de la revolución que le dio el poder. Tras un entusiasmado editorial el 18 de diciembre (es “una época de transformación”, dice), del diario neoyorquino New York Times, ha llegado el momento de hacer un balance crítico.

Se trata de una cuestión de vida o muerte para la clase obrera y su dirección revolucionaria. La clase trabajadora pagó muy caro (especialmente en Latinoamérica) por la confusión sobre la verdadera esencia del castrismo. Mucho tuvo que ver con esa confusión el pablismo (corriente revisionista que salió de la Cuarta Internacional).

La corriente pablista se ató a la izquierda nacionalista de América Latina y a la pequeña burguesía radical en Europa y otras regiones con la proposición que la toma de poder de Fidel Castro a la cabeza de un movimiento guerrillero nacionalista, le abría un nuevo sendero al socialismo. Esa vía ya no necesitaba ni del desarrollo de partidos marxistas revolucionarios ni de la intervención conciente e independiente de la clase obrera.

Sostenían las organizaciones pablistas (cuyos teóricos más importantes fueron Ernest Mandel en Europa y Joseph Hansen, del estadounidense Partido Socialista de los Trabajadores [SWP]) que la nacionalización de la propiedad en Cuba era todo no que se necesitaba para anunciar que “un estado obrero” se había establecido bajo Castro.

Bajo el martilleo crítico del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI), que ese era un análisis simplista y totalmente antimarxista del gobierno de La Habana, los pablistas (cínicamente y engañosamente) le colgaron a éster el cascabel de “enemigo de la Revolución Cubana”.

El Comité Internacional hizo sonar la alarma que las consecuencias políticas del sonsonete pablista de adulación hacia el castrismo irían mucho más allá de Cuba. En verdad era una quiebra total con todos los conceptos históricos y teóricos de la revolución socialista, desde Marx.

Haciendo añicos de la tesis esencial de Marx y de la Primera Internacional que: "La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los mismos trabajadores”, la tendencia pablista sostenía que con la victoria de Fidel Castro, quedaba demostrado que la revolución socialista podría triunfar con “instrumentos romos”, es decir, sin un partido marxista revolucionario y sin ninguna participación conciente y activa de la clase obrera. Bandas armadas de guerrillas campesinas serían suficientes. Sus líderes se convertirían en “marxistas naturales”. Los obreros y las masas oprimidas sólo serían pasivos observadores.

Mucho antes de la Revolución Cubana, León Trotsky había rechazado explícitamente poner un signo de igual entre las nacionalizaciones a manos de la pequeña burguesía y la revolución socialista. En respuesta a las expropiaciones de parte del Kremlin durante la invasión soviética (aliada a Hitler) de Polonia en 1939, para Trotsky el criterio principal nuestro no fue transformar la propiedad en esta u otra región, aunque eso seguía siendo importante, sino transformar la conciencia y la organización del proletariado mundial, levantar su capacidad de defender sus viejos logros y lograr nuevas conquistas.

El Comité Internacional hizo hincapié en que dos esencias de la revisión pablista son:

  1. Rechazar el papel central de la clase obrera para la revolución socialista.
  2. Repudiar la necesidad de establecer un partido trotskista para desarrollar en la clase obrera la conciencia que requiere la conquista del poder.

Cabe señalar: Si no fue necesario un partido marxista revolucionario en Cuba, ¿por qué sí en otras partes del mundo?

La alarma del Comité Internacional fue totalmente confirmada. Se proclamó que el Castrismo sería la norma de la revolución socialista, perspectiva que causó estragos en América Latina, donde los pablistas fomentaron guerrillas. Hicieron que sus partidarios abandonasen la lucha por una dirección revolucionaria para el proletariado y se lanzaran a “preparativos técnicos” para la “lucha armada” en las zonas campesinas.

Hubo tres consecuencias trágicas. La juventud más radicalizada se desvió de la lucha por una dirección revolucionaria en la clase trabajadora. Esto ayudo a afianzar el agarre contrarrevolucionario de las burocracias estalinistas, socialdemócratas, y nacionalista burguesas. Los jóvenes mismos fueron arrojados a una lucha desigual y suicida contra las fuerzas armadas de los Estados capitalistas latinoamericanos. Miles murieron. Las fracasadas aventuras guerrillistas sirvieron de pretexto para que militares en un país tras otro impusieran dictaduras fascistamilitares y una represión general contra las masas laborantes.

Una de las víctimas de esa perspectiva fue el camarada más cercano de Fidel Castro: Che Guevara. Desilusionado por la rápida burocratización del régimen cubano, éste se entregó a una final aventura en Bolivia. Sin conocer el potencial revolucionario del proletariado boliviano, Guevara intentó construir un cuerpo guerrillero en el sector campesino más atrasado y oprimido. Aislado y muriéndose de hambre, Guevara fue perseguido por el ejército de Bolivia y ejecutado en octubre de 1967. La muerte del Che anticipó las consecuencias trágicas del castrismo y del revisionismo pablista.

De ahí derivó un resultado bien nítido: La derrota de un poderoso movimiento revolucionario en América Latina. Esa derrota fue clave para que el imperialismo lograra sobrevivir una época de intensivas crisis revolucionarias y luchas de clases mundiales entre 1968 y 1975.

La lucha del Comité Internacional de la Cuarta Internacional contra ese enfoque fue implacable. Insistía que el castrismo estaba muy lejos de ser una novedosa vía al socialismo. Nunca dejó de ser la variante más radical del mismo nacionalismo burgués que tomó el poder en muchas excolonias en los años 1960. Muchos de estos gobiernos también cumplieron con medidas de importantes nacionalizaciones.

Las medidas de Castro no pudieron resolver los problemas históricos fundamentales de la sociedad cubana, dependencia y atraso, que siguieron existiendo detrás de la fachada de subsidios soviéticos y, más tarde, del petróleo venezolano a bajo costo.

En base a la teoría de León Trotsky de la Revolución Permanente, el Comité Internacional siguió insistiendo que sólo el liderazgo de la clase obrera puede lograr la liberación de la opresión imperialista en los países coloniales y semicoloniales (conquistando el poder y extendiendo la revolución mundial). De ahí deriva la construcción de partidos revolucionarios independientes de la clase trabajadora, combatiendo a cada momento a todas esas corrientes cuyo fin es subordinar al proletariado al nacionalismo burgués.

Han pasado cincuenta y cinco años desde la Revolución Cubana. La crónica a través de ese periodo del régimen castrista es una contundente demostración de la perspectiva del Comité Internacional. La línea del CICI sigue siendo válida para Cuba, América Latina y todo el mundo.

La anunciada armonía entre Washington y La Habana sólo acelerará el rápido crecimiento de la desigualdad social, la pobreza y las tensiones de clase en Cuba, en paralelo con contrarreformas que erosionan lo que queda de las conquistas de la revolución.

Los obreros cubanos, al igual que sus pares latinoamericanos y mundiales, inevitablemente van a ser puestos en el sendero de la revolución. Es de vida o muerte para esas batallas aprehender las lecciones de amargas y largas experiencias con el castrismo y con el nacionalismo pequeño burgués y construir nuevos partidos revolucionarios e independientes de la clase obrera, secciones del movimiento trotskista mundial, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

Bill Van Auken y David North

 

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