La exculpación de Hosni Mubarak

8 diciembre 2014

La exculpación el 29 de noviembre del derrocado presidente egipcio Hosni Mubarak de acusaciones de corrupción y de matanzas gubernamentales es una señal del gobierno del general Abdel Fattah al-Sisi que tiene la intención de maquinar la contrarrevolución y hacer permanente la restauración de la dictadura militar.

Hacer borrón del papel de Mubarak en masacres que dejaron 846 personas muertas y seis mil heridos durante las luchas revolucionarias que lo sacaron del poder en el 2011, es parte de la campaña de la burguesía y los partidarios de ella de la clase media alta para aplastar la resistencia de la clase obrera egipcia. “No pasa un día que los presentadores de noticias no digan que el 25 de enero fue una ‘conspiración de las potencias occidentales’, le dijo al diario Al Ahram un diplomático de otro país. Otro indicó que la dirección del los partidos políticos egipcios ahora consideran que “Mubarak fue un buen hombre, que cometió unos pocos errores”.

Fuera de la Plaza Tahrir, cerrada al público por tropas de seguridad previo al anuncio de exculpación, la policía atacó a miles de gente con cañones de agua y a balazos. Mató a dos e hirió a nueve.

Como todos las grandes sublevaciones revolucionarias, la revolución egipcia ha atravesado varias etapas. La revolución comenzó con una explosión masiva de la clase obrera contra la dictadura de Mubarak, quien era pieza clave en el ajedrez de los imperialismo yanqui e israelí en el Medio Oriente. En Egipto, como en todas las revoluciones anteriores, la burguesía reaccionó al principio adaptándose al movimiento de masas, para comprar tiempo y reorganizar sus fuerzas para la contraofensiva.

En esa etapa, dominan las consignas democráticas. Así fue en los días que siguieron la detonación del 25 de enero del 2011. La clase egipcia de poder y los que la sostienen en Washington intentaron con vagas promesas democráticas que Mubarak siguiera en al mando. Cuando no pudieron ahogar en sangre al movimiento popular, dentro del cual la clase obrera emergía como principal fuerza social, los capitalistas egipcios y el imperialismo de Estados Unidos se deshicieron de Mubarak y encargaron al Supremo Consejo de las Fuerzas Armadas imponer un gobierno militar “más democrático”.

La burguesía liberal (con personalidades como Mohamed El-Baradei) le dio un espaldarazo al nuevo gobierno. A ella se juntaron corrientes de la pequeña burguesía como los Socialistas Revolucionarios, que también se subió al tren militar. Llegaron a garantizar las intenciones democráticas de las fuerzas armadas.

Esa táctica inicial no pudo acabar con el levantamiento revolucionario. La clase de poder y Washington decidieron apoyar a los Hermanos Musulmanes y maquinaron la ascensión de Mohamed Mursi, el candidato de ellos. Los Socialistas Revolucionarios y similares tendencias de la clase media privilegiada también apoyaron a los Hermanos Musulmanes, empaquetando al nuevo gobierno como una “victoria” de la revolución.

Las medidas derechistas del gobierno islámico sólo acrecentaron la inquina del proletariado. En el 2013, la clase obrera egipcia emprendió una ofensiva tormentosa contra Mursi. Los Socialistas Revolucionarios y grupos afines, aterrados por la marea de luchas obreras, se encargaron del papel clave de fomentar el movimiento Tamarod (“Rebelde”, apoyado por los militares), que agitaba para que los militares sacaran del poder a Mursi.

Los Socialista Revolucionarios y otros grupos de la supuesta izquierda que se habían opuesto a Mubarak se unieron a los liberales y apoyaron el golpe militar de Al-Sisi del 3 de julio del 2013. Como consecuencia, el gobierno de Al-Sisi masacró a miles de manifestantes contra el golpe de estado, se detuvo a decenas de miles más y se impuso aumentos a los precios de combustibles sobre la clase obrera.

La exculpación de Mubarak es el punto final de esa ofensiva contrarrevolucionaria. Se trata de restaurar la sucesión de gobiernos militares, con métodos aún más bárbaros que los de Mubarak.

Otra vez sale a la luz la función contrarrevolucionaria de la burguesía, tanto en las antiguas colonias como en las sedes del imperialismo. También reluce la imposibilidad de realizar las aspiraciones democráticas aparte de la lucha revolucionaria dirigida por la clase obrera contra todas las tendencias burguesas en base al poder obreros y el socialismo, y en una estrategia internacional que une a la revolución de cada país a la revolución socialista mundial.

Es inevitable en el trajín revolucionario, cualesquiera hayan sido las pretensiones democráticas burguesas, que vuelvan a aparecer los problemas que originalmente impulsaron la lucha de las masas. Quieren sacar beneficio de los sacrificios que han hecho. Al mismo tiempo más sanguinaria es el rechazo de sus demandas por las élites de poder. En cuanto las masas no han resuelto los desafíos políticos de la revolución, se fortalece la reacción social y vuelve a reconquistar lo que había perdido.

La experiencia amarga de la revolución egipcia replantea el problema más crítico que tiene la clase obrera: la crisis de dirección revolucionaria.

Por más envergadura que tenga la explosión de las masas oprimidas, no puede por si sola lograr las exigencias fundamentales, y defender los intereses, del proletariado. Las clases de poder y sus testaferros, como las seudoizquierdas de clase media privilegiada, pueden aprovecharse de la confusión política de la clase obrera que es consecuencia de las traiciones históricas de las viejas burocracias (estalinistas, socialdemócratas, sindicales).

Hay que construir un partido revolucionario profundamente enraizado en la clase obrera para dirigir las luchas de las masas para conquistar el poder y expropiar a las burguesías.

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional comprendió muy bien y e hizo repicar la alarma desde los primeros días de la revolución egipcia sobre la necesidad de una perspectiva independiente y de una organización del proletariado. Una perspectiva que salió en el Sitio Socialista Mundial (WSWS.org) el 10 de febrero del 2011 dice:

“Los marxistas revolucionarios deben cautelarle a los obreros contra todas las ilusiones que sus aspiraciones democráticas se puedan lograr bajo la tutela de los partidos burgueses. Deben desenmascarar sin misericordia las falsas promesas de los representantes políticos de la clase capitalista. Deben alentar la creación de comités independientes de poder obrero que se convertirán, con la intensificación de la lucha política, en el vehículo para transferir el poder a la clase trabajadora. Deben explicar que lograr las exigencias democráticas fundamentales deriva inseparablemente de la imposición de medidas socialistas”.

“Encima de todo, el marxismo revolucionario debe abrir los horizontes políticos de la clase obrera egipcia más allá de las fronteras de su país. Deben explicar que las luchas que ocurren ahora en Egipto están mancornadas a una lucha global. La aliada más grande e indispensable de las masas egipcias es la clase obrera mundial”.

Los hechos han confirmado esa perspectiva. La amarga experiencia que es la revolución egipcia debe servir de impulso para la construcción de una dirección revolucionaria de la clase obrera. Lo clave en esta cuestión para la clase obrera de Egipto y de todos los países es la construcción del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

Alex Lantier