La política de Ébola

17 octubre 2014

El informe que una trabajadora de salud de Dallas, Texas, que atendió a Eric Duncan, fallecida víctima de ébola, se contagió del mal, es algo importante y preocupante. El doctor Thomas Frieden, director del Centro de control y prevención de enfermedades de Estados Unidos, así lo dijo en una entrevista de televisión el domingo 12 de octubre: “nos preocupa que haya ocurrido este contagio.”

Aún cuando Frieden diga que los procedimientos que están en uso son suficientes para impedir la transmisión de este mal (reclama que hubo un descuido en el procedimiento en este caso), todavía no se explica al público como fue que la enfermera se contagió. No era una de los 48 contactos primario de Duncan (todos ahora bajo observación). Su papel era periférico. Se supo de su contagio cuando le apareció fiebre (que ella mismo reportó).

Ocurren más de esos casos. Se contagiaron médicos, enfermeros y otros en Liberia, Sierra Leona y Guinea que conocen muy bien los procedimientos, y un fotógrafo de la agencia de difusión NBC, lo que resulto en la cuarentena de todo el grupo de corresponsales dirigido por la doctora Nancy Snyderman, experta médica de la emisora. Todo eso levanta la sospecha que todavía hay mucho que aprender de cómo se transmite esta enfermedad.

El brote de ébola en el oeste de África es una catástrofe descontrolada para la gente de esa región, Más de ocho mil han sido infectados [se teme que la tasa de infección pronto sea de diez mil por semana]. Cuatro mil han muerto. Los esfuerzos sobrehumanos de médicos, enfermeras y trabajadores de auxilio son sofocados por el desmoronamiento del andamiaje de salud de estos países (que están entre los más pobres del mundo). Tan solo el veinte por ciento de la población afectada tiene acceso a clínicas.

No es ninguna exageración la magnitud de este desastre. Hasta este año sólo mil quinientas personas habían muerto en veinte brotes de esta enfermedad a lo largo de 40 años. Ahora la epidemia ocurre en centros urbanos, como Monrovia (capital de Liberia, ciudad de un millón). Gente infectada por el virus ha viajado y se ha enfermado en Estados Unidos, España y Brasil. Bien se teme que se transforme en una plaga mundial, especialmente y llega países con mucha población como Nigeria y a los miles de millones de habitantes pobres del sur y este de Asia.

La impotencia de la reacción global a esta tremenda tragedia en el oeste africano es una lección más. La epidemia es una prueba (que el capitalismo ha reprobado) de la capacidad del capitalismo mundial de resolver un reto repentino y mortífero. Una sociedad que subordina su producción al lucro, que está dividida en naciones estados, donde unas pocos dominan a los otros, no es capaz de la respuesta sistemática, energética y humanitaria que exige esta crisis.

Estas naciones no pueden proveer a sus gentes aún los servicios más primitivos de salud, no por carecer de recursos, sino por ser explotadas y oprimidas por el sistema económico bajo el control de Wall Street y de otros mercados financieros y de recursos. Se trata de un sistema tan desigual que ochenta y cinco personas controlan tanta riqueza como los 3 mil millones de abajo, casi la mitad de todos los seres humanos.

Acontecimientos económicos a lo largo de cuatro décadas han creado un mundo conectado y globalizado. Miles viajan cada día entre el oeste de África y el resto del mundo. La revolución de transporte y comunicaciones hace que lo que pasa en el oeste de África hoy, afecta mañana a Dallas, Boston, Madrid y Río de Janeiro. Por lo tanto, la epidemia de ébola no es un evento regional, es un evento internacional.

Gobiernos nacionales, dominados por intereses nacionales, están a cargo del esfuerzo contra la ébola. Su preocupación no es el peligro que el virus representa para las gentes del mundo. Es como afectaría los intereses de la clase del poder de cada país. Ende, se presiona en Estados Unidos y Europa imponer una veda a los viajes desde Liberia, Sierra Leona y Guinea. Para esos países tal medida sería un desastre económico. Sería contraproducente y haría empeorar la epidemia.

Igualmente reaccionario es el envío por el gobierno de Obama de cuatro mil soldados a Libera, dizque para construir lugares de tratamiento ¿De qué sirven soldados de combate para ese proyecto? Ni son trabajadores de construcción ni son trabajadores de la salud. Si se han infectados obreros de la salud y periodistas, no obstante sus precauciones, los soldados mismos podrían ser víctimas de este mal, y retornar con el virus. El verdadero propósito de Washington es establecer una base militar en África para su Cuerpo Africano (AFRICOM), cuerpo que hasta ahora ha sido excluido del continente por razón de rechazo popular. De lograr eso, para el imperialismo yanqui sería otra vuelta de tuerca contra sus rivales (especialmente China).

El posible peligro de que enfermedades como ébola se esparcieran de los campos de África al resto del mudo es bien conocido por epidemiólogos y científicos. Se han publicado estudios especializados. Ha sido el tema de películas y libros populares (La amenaza de Andrómeda, Epidemia, 28 días después). El sistema de lucro no ha podido frenar una crisis que era predecible.

La detección de la ébola en los años 1970 tendría que haber sido la oportunidad de lanzar un esfuerzo intenso para estudiar el virus, analizar como se transmite, y crear antídotos y vacunas. Eso no ocurrió, porque, como sugiere un informe reciente, las gigantescas compañías farmacéuticas no ven lucro en salvarles la vida a paupérrimos campesinos africanos.

La investigación inadecuada que ha ocurrido para encontrar curas y vacunas ha estado a cargo del Pentágono, cuyas razones son sospechosas (en el mejor de los casos para proteger a soldados estadounidenses en las junglas de África Central y en el peor de los casos para transformar al virus de ébola en un arma contra posibles enemigos).

¿A qué se parecería un esfuerzo serio contra la ébola? Tendría que ser enorme y coordinado a nivel mundial. Utilizaría cuantos recursos fueran necesarios para salvar a cuantos sea posible (de los que están inmediatamente afectados) y para prevenir que se produzca una epidemia global.

Requiere la movilización de médicos, enfermeras, trabajadores de salud pública y científicos de las Américas, Europa, Rusia, China y de todo el mundo para combatir tan gran amenaza a toda la raza humana. Requiere arrancarle el control de este esfuerzo a los grupos militares de poder nacionales, particularmente al Pentágono, y a las gigantescas empresas farmacéuticas (una de las capas más corruptas y rapaces de las grandes empresas).

Patrick Martin