Guerra, mentiras y censura

14 abril 2018

Estados Unidos, Reino Unido y Francia se encuentran en las últimas fases de preparación de una nueva carnicería en Oriente Próximo. Está avanzando una fuerza de combate naval estadounidense encabezada por el portaaviones USS Harry S. Truman hacia el golfo Pérsico; están siendo cargadas las aeronaves con bombas; y están siendo movilizadas las tropas. Las potencias imperialistas se preparan para perpetrar una agresión militar contra Siria que podría desencadenar rápidamente un conflicto directo con la potencia nuclear de Rusia.

La guerra imperialista, sin embargo, está siendo impulsada por más que soldados y misiles: la inducen las mentiras.

Durante el último mes, todos los principales medios de noticias estadounidenses, británicos y franceses han trabajado horas extras vendiéndole al público una mentira tras otra, reutilizando el cuento de las “armas de destrucción masiva” que emplearon para justificar la invasión de Irak en el 2003.

La concepción democrática de la prensa libre estriba en ser un llamado “cuarto estado”, independiente de y escéptico hacia lo que sale de la élite política. Sin embargo, ante tal frenesí de fiebre militarista, la diferencia entre periodismo y propaganda estatal ha sido borrada.

Mientras que el periodismo busca cuestionar e investigar, la propaganda promueve el sensacionalismo, el reduccionismo y la incitación. El periodismo ve todas las afirmaciones con sospecha; la propaganda trata toda declaración oficial como sacrosanta y todo lo demás como mentiras.

El mes pasado, la prensa reclamó con indignación lo que designó un intento ruso para envenenar al ex doble agente Sergei Skripal en suelo británico. Un día, la prensa proclamaba con certeza que el veneno “circuló en la ventilación del BMW de Skripal”. El otro día y con la misma certeza, los mismos medios declaraban que “el letal agente nervioso Novichok fue colocado en la manija de la puerta a la casa de Sergei Skripal en Salisbury”. En ningún momento intentaron investigar el inconstante relato.

Cuando el canciller Boris Johnson, declaró que el laboratorio de armas químicas británico en Porton Down planteó de forma “absolutamente categórica” que Rusia estaba detrás del envenenamiento, la prensa estadounidense celebró su afirmación y alentó la subsecuente expulsión de diplomáticos rusos de EUA y otros países. Pero, cuando el mismo laboratorio rechazó tajantemente su declaración y cuando los Skripal se recuperaron de supuestamente uno de los venenos más letales del mundo, la prensa simplemente enterró la historia y procedió a contar la siguiente mentira.

Solo dos días después de que el mismo Porton Down hiciera explotar la versión oficial sobre Skripal al contradecir públicamente a Johnson, el instrumento propagandístico patrocinado por la CIA conocido como los Cascos Blancos publicaron imágenes de niños estáticos, llorando y siendo lavados con agua para substanciar las denuncias de las milicias respaldadas por EUA de que el Gobierno sirio había asesinado a docenas de personas en un ataque con armas químicas. Por varios días, esas imágenes fueron reproducidas en las primeras planas de los periódicos y en los programas de noticias.

Convenientemente, el ataque vino una semana después de que Trump indicara que pensaba retirar las tropas estadounidenses de Siria. La prensa estadounidense denunció con ira la sugerencia. El Washington Post declaró que “una salida estadounidense crearía un vacío al estilo de Obama, que aprovecharían Irán, Hezbolá” y “Rusia”. Esto fue escrito un día antes del presunto ataque químico en Siria.

Al día siguiente, la retórica cambió completamente. No se hablaba más de contrarrestar la “influencia” rusa e iraní o avanzar los “intereses estadounidenses”. A partir de ese momento, EUA presumía que su única intención en Siria era proteger a los niños, como el mismo Trump lo planteó, del “Animal Asad”. Los medios noticieros todos proclamaron con absoluta certeza que el Gobierno de Asad había llevado a cabo el ataque con armas químicas.

El hecho de que no hubiera evidencia alguna para hacer esta acusación y que en previas acusaciones denuncias similares fueron rebatidas les es irrelevante. La mentira surtió su efecto y ahora EUA, Reino Unido y Francia están encaminados hacia una guerra.

Ahora, el objetivo de los instigadores militaristas es garantizar la máxima masacre. El miércoles, el columnista del New York Times, Bret Stephens, demandó un “bombardeo de decapitación” para asesinar al presidente sirio Asad, declarando, “si tomamos en serio restaurar el derecho internacional en contra del uso de armas químicas, entonces el castigo por violar la norma debe ser severo”. Si se cumplieran los deseos de Stephens, el cuero cabelludo de Asad sería clavado en el interior de la Casa Blanca junto al del presidente iraquí, Sadam Husseín, y el líder libio, Muamar Gadafi.

Toda guerra predatoria que ha librado EUA contra un país más débil ha sido basada en pretextos falsos. La guerra con México de 1846 fue iniciada a partir de la mentira del presidente Polk de que México “invadió nuestro territorio y derramó sangre estadounidense en suelo estadounidense”. La guerra hispanoamericana, que condujo a la sangrienta conquista de Filipinas, fue incitada por la “prensa amarillista” de los medios Hearst.

La escalada de la Guerra de Vietnam fue justificada por la mentira de que un barco estadounidense había sido atacado por los norvietnamitas en el golfo de Tonkín.

La invasión de Afganistán fue justificada por los atentados terroristas del 11 de setiembre del 2001, que fueron llevados a cabo por individuos cercanos a la monarquía saudita, el principal aliado árabe de EUA en Oriente Próximo, que estaban siendo monitoreados activamente por las agencias de inteligencia estadounidenses cuando tomaban clases de aviación y preparaban su ataque. La invasión de Irak en el 2003, que cobró más de un millón de vidas, fue justificada con las mentiras de Colin Powell ante la ONU y los “dudosos dosieres” fabricados por el primer ministro británico, Tony Blair.

Sin embargo, el problema elemental de dirigir la política exterior por medio de la Gran Mentira es que, como lo dice el viejo dicho atribuido a Abraham Lincoln: “A algunas personas se les puede engañar siempre; a todas, algunas veces, pero no se puede engañar siempre a todas las personas”.

No existe un apoyo popular para la guerra de la OTAN en Siria. En Reino Unido, donde la primera ministra Teresa May declaró que prescindiría de un voto en el Parlamento, solo el 22 por ciento de la población apoya un bombardeo contra Siria, mientras que más de tres cuartos de la población no lo apoya o no expresó su opinión. No cabe duda de que las cifras para EUA serían similares —si la prensa se interesase por tales encuestas—.

Después de años de mentir descaradamente para justificar guerras depredadoras, los medios de comunicación convencionales han perdido el apoyo del público. Según una encuesta reciente de la Universidad de Monmouth, “Más de 3 de cada 4 estadounidenses considera que los principales medios televisivos y periódicos tradicionales reportan ‘noticias falsas’”.

Sin embargo, el descredito de los medios convencionales tras la invasión de Irak ha coincidido con una explosión en la diversidad de puntos de vista políticos y medios noticieros disponibles para la población a través del surgimiento del Internet y las redes sociales. Como un antídoto a la propaganda del New York Times, los periodistas auténticos, como el reportero ganador del Premio Pulitzer, Seymour Hersh, han desmentido las acusaciones previas de la prensa estadounidense de ataques con gases venenosos en artículos accesibles para millones de personas en línea.

A esto se debe la histeria mediática durante el último año y medio sobre la necesidad de bloquear lo que han sido denominadas las “noticias falsas”. El New York Times y el Washington Post, a partir de la implementación de censura estatal, están intentando recuperar su monopolio sobre el discurso político.

Como lo afirmó el año pasado la oficial del Gobierno de Obama, Samantha Power: “Durante la Guerra Fría, la mayoría de los estadounidenses recibía sus noticias e información por medio de plataformas intermediadas. Los reporteros y los editores que servían en función de guardianes profesionales tenían un control casi total sobre lo que aparecía en la prensa”. Es precisamente este idílico pasado —en el que los Gobiernos occidentales y sus activos en la prensa convencional podían mentir con impunidad— al que quieren regresar los propagandistas mediáticos.

Es este el objetivo de la campaña para censurar el Internet que han emprendido los demócratas, los principales medios y sus aliados en las empresas tecnológicas de Silicon Valley. Desde el pasado julio, cuando el WSWS expuso los esfuerzos de Google para censurar el Internet por medio de la manipulación de sus resultados de búsqueda, esta campaña se ha intensificado dramáticamente, en conjunto con el crecimiento de las luchas de la clase obrera y de la oposición a las políticas de la aristocracia corporativa y financiera.

El martes y miércoles, el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg, declaró ante el Congreso los planes de la compañía para “evaluar” y “vigilar” todo el contenido publicado en la mayor red social del mundo a fin de bloquear la difusión de “noticias falsas”. Están tomando medidas para limitar el alcance de las publicaciones o clausularlas completamente.

El verdadero objetivo de la campaña de censura no son las “noticias falsas”, sino las verdaderas —es decir, el periodismo auténtico y los reportes independientes, que naturalmente contradicen las mentiras de los belicistas en Washington, Londres y París—.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 13 abril de 2018)

Andre Damon