Los pasos hacia un régimen militar español en Cataluña exponen la bancarrota de Podemos

por Alejandro López y Alex Lantier
25 octubre 2017

La invocación por parte de Madrid del Artículo 155 de la Constitución española para imponer un régimen no elegido y autoritario en Cataluña ha expuesto la bancarrota del partido Podemos.

Podemos es un partido populista fundado en 2014 por profesores estalinistas, incluyendo a su secretario general Pablo Iglesias, y miembros del movimiento pequeño-burgués Anticapitalistas. Al principio prometía terminar con la austeridad de la Unión Europea que está devastando a la población española, “regenerar la democracia española”, y combatir la vieja “casta” gobernante, que consistía en el Partido Popular (PP) y el Partido Socialista español (PSOE). Tal retórica les permitió ser elegidos para cargos locales en diferentes partes de España, incluyendo en Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, Zaragoza y Santiago de Compostela.

En las últimas elecciones nacionales, como Iglesias señala a menudo, Podemos recibió 5 millones de votos. ¿Qué ha hecho para movilizar este apoyo contra la más seria amenaza de régimen militar en España y Europa desde que terminara la dictadura fascista de Francisco Franco en 1978? La respuesta es: nada.

Podemos ha señalado a cada paso desde la brutal represión policial al referéndum sobre la independencia de Cataluña del primero de octubre que no se opondrá al giro hacia la dictadura militar. Está concentrado en desarmar a la clase trabajadora. Podemos mantuvo conversaciones extraoficiales con la “casta” de la Unión Europea-PP-PSOE que afirma estar combatiendo e hizo unos pocos llamamientos públicos impotentes dirigidos a ellos, aunque tanto Madrid como la UE se movían rápidamente hacia volver a las políticas autoritarias de la era franquista.

A finales de septiembre, antes del referéndum independentista del primero de octubre, Podemos montó una supuesta Asamblea de Convivencia. Su cometido era redactar un manifiesto instando al PP a “iniciar el diálogo [con los independentistas catalanes], cesar las medidas excepcionales y respetar los principios democráticos, para que los catalanes se expresen”.

Madrid ignoró el manifiesto, de manera predecible, y pasó a su represión violenta del referéndum. Arrestó a 14 cargos del gobierno catalán, se incautó de millones de pósters, papeletas de voto y folletos, cerró más de 144 sitios web, hizo búsquedas en imprentas y periódicos, prohibió actos por la autodeterminación, y amenazó a más de 700 alcaldes con su procesamiento por apoyar el referéndum.

Cuando el referéndum finalmente se celebró el primero de octubre debido a una movilización masiva de la población catalana, el PP envió a 16.000 Guardias Civiles y policías nacionales a agredir a manifestantes pacíficos que intentaban defender los centros de voto e intentaban votar, dejando a más de 800 personas heridas.

Después de la represión, que estremeció a millones de personas por todo el mundo, muchos de los cuales vieron vídeos de policías matones represores agrediendo a votantes pacíficos y apaleando sangrientamente a señoras mayores, Podemos puso la quinta marcha para promocionar ilusiones en que la UE y el PSOE de alguna manera mantendrían a raya a Rajoy.

Sus cinco parlamentarios europeos enviaron a la Comisión Europea una carta el día después de la represión, llamando a la UE a intervenir en España para “evitar el deterioro institucional de un Estado miembro incapaz de manejar un problema político sin violencia y represión”.

Antes de que se secara la tinta de esa carta, Bruselas ya estaba ocupada trabajando con Rajoy para justificar más represión y medidas autoritarias. La Comisión Europea, apoyada por Londres, París y Berlín, declaró su apoyo público al gobierno del PP. La Comisión Europea se jactó de que el presidente de la Comisión Jean-Claude Juncker y Rajoy estaban en contacto diario.

Mientras el PP trazaba planes militares para intervenir en Cataluña y mantenía conversaciones con el PSOE para invocar el Artículo 155, Podemos seguía insistiendo en que se podía convencer a esas mismas fuerzas de que pararan la represión. Una y otra vez, afirmó que las organizaciones políticas que estaban preparando febrilmente la represión masiva podrían ser persuadidas para cambiar completamente de rumbo con unos pocos mensajes de texto, preferiblemente vía Twitter, cortésmente pidiéndoles que desistieran.

En respuesta al discurso agorero del Rey Felipe VI el 3 de octubre —tildando a Cataluña de región española fuera de la ley, denunciando el referéndum y exigiendo que el Estado español asumiera el control de la región— el dirigente de Podemos Íñigo Errejón simplemente escribió: “El rey perdió la oportunidad de ser parte de la solución. No hubo ni un llamamiento al diálogo ni una propuesta. Me deja preocupado”.

El 6 de octubre, el Secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique insistió en que Rajoy y el presidente regional catalán Carles Puigdemont se reunieran “y se pusieran de acuerdo en un punto: un equipo de mediación que empezara un diálogo”.

Cuando Puigdemont suspendió la declaración de la independencia de Cataluña en su discurso del 10 de octubre y exigió diálogo con Madrid, Iglesias le pidió a Rajoy que “no suspendiera los derechos” en Cataluña. Informó a Rajoy de que eso sería un “error histórico”.

Tales exhortaciones impotentes solo envalentonaron a Rajoy y a la extrema derecha para intensificar la represión. Al día siguiente, en un discurso belicoso y amenazante en las Cortes españolas, Rajoy declaró que invocaría el Artículo 155.

Iglesias dio una respuesta cobarde y cínica en el Congreso en nombre de Podemos. Dijo que su deber no era oponerse a Rajoy. Le dijo a Rajoy, “Hoy no es un día para polémicas. Quiero reflexionar con usted. Su grupo representa a 7,9 millones de españoles … Ha recibido el apoyo del PSOE y de Ciudadanos, y le felicito”. Iglesias repitió que Rajoy debería ser “responsable” y ponerse “al frente de las negociaciones” con Puigdemont.

Los antecedentes de Podemos son una amarga lección más sobre el papel de los partidos populistas “post-marxistas” de la clase media pudiente. Han demostrado ser completamente hostiles a la clase trabajadora y a los derechos democráticos. El aliado griego de Podemos, Syriza, asumió el poder en 2015 prometiendo terminar con la austeridad, para traicionar totalmente sus promesas electorales e imponer otro paquete de medidas de austeridad de la UE al pueblo griego. Ahora Podemos, habiendo prometido la “regeneración democrática” se alinea tras los pasos de la burguesía española para volver al régimen autoritario.

Podemos no capituló porque fuera imposible luchar. Cuarenta años después de que el régimen franquista colapsara en medio de luchas de masas de la clase trabajadora, hay una profunda oposición entre los trabajadores de España y de diferentes partes de Europa a un regreso a la dictadura. La sangrienta Guerra Civil española de 1936-1939 y la victoria del régimen fascista de Franco con la ayuda militar de la Alemania nazi y de la Italia fascista, no son ni pueden ser olvidadas. Mientras cientos de miles de personas marchaban en protestas en Cataluña, a Podemos no le faltaron oportunidades ni recursos para hacer llamamientos a esta oposición, pero decidió no hacerlo.

Esto destaca la brecha política y de clase infranqueable que separa al Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) y el trotskismo del populismo pequeño-burgués de Podemos, teóricamente arraigado en el rechazo postmodernista del marxismo por capas pudientes de la clase media.

El CICI exigió una lucha común de los trabajadores catalanes y españoles, y de toda la clase trabajadora europea, contra el peligro de régimen militar por parte de Madrid, respaldado por la UE. Se opuso a la represión de Madrid en Cataluña. Sin apoyar las exigencias de los nacionalistas catalanes de un Estado capitalista catalán separado, que tendría por objeto unirse a la UE y a la alianza militar OTAN, insistió en que el peligro principal era el regreso a un régimen autoritario por parte de Madrid y de la UE. El camino hacia adelante en medio del colapso de la democracia burguesa española y europea, enfatizaba, era la movilización revolucionaria de la clase trabajadora contra el capitalismo, la guerra y el autoritarismo, y por el socialismo.

Podemos, por otro lado, es un partido burgués que se basa fundamentalmente en el mismo eje clasista que el PP: la defensa de la autoridad política y de la integridad territorial del Estado capitalista español. Por eso, en última instancia, no luchó por una política separada de la de Rajoy. Este es el contenido de la carta enviada por el dirigente de Podemos Pablo Iglesias al conjunto de los miembros de Podemos ayer, en medio de noticias de que los miembros de Podemos estarían preocupados de que su fracaso en hacer ataques más patentes a los nacionalistas catalanes podría hacerles perder votos.

En la carta, Iglesias expresa su preocupación de que Felipe VI y el PP no estén respetando el marco creado por la Transición de 1978 del fascismo al régimen parlamentario. En los años 1970, el régimen franquista reaccionó a las luchas de masas de la clase trabajadora integrando al PSOE y al estalinista Partido Comunista Español (PCE) en la élite gobernante fascista, a cambio de estrangular una revolución de la clase trabajadora. Pero hoy, se queja Iglesias, la clase gobernante no les está dando a Podemos o a los nacionalistas burgueses catalanes su tajada de los despojos.

Escribe, “El bloque monárquico tiene los medios de coerción que necesita para llevar a cabo sus planes. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió hace 40 años, le falta la capacidad política para la integración para hacer de España una realidad política y territorial viable a mediano y largo plazo”. Iglesias declara repetidamente su frustración por el hecho de que su competencia ha “movilizado todo su arsenal para impedirnos entrar en el gobierno nacional”.

Preguntando “¿Por qué nos oponemos a invocar el Artículo 155”, Iglesias responde que “se cargaría uno de los acuerdos cruciales de la Transición [la restauración de una institución republicana como la Generalitat de Cataluña, reconocida por la Constitución de 1978, fue una de las bases del amplio apoyo social a la Constitución en Cataluña] … El virrey Rajoy quiere gobernar en Cataluña, pero se topará con una resistencia con la que solo podrá tratar mediante la represión y los encarcelamientos”.

Podemos es perfectamente consciente del potencial tanto de dictadura militar como de oposición popular de masas. Refiriéndose al Artículo 116 de la Constitución española, que crearía un estado de sitio suspendiendo los derechos democráticos básicos en España, Iglesias escribe: “Hoy, el camino del 155 en Cataluña, que bien podría transformarse en el camino del 116 si el gobierno encuentra la resistencia de los ciudadanos, también podría llevar a una ofensiva reaccionaria de las principales fuerzas del Estado”.

Aún enfrentado al peligro de una dictadura, Iglesias insiste en que se canalice la oposición dentro de la maquinaria estatal existente. Lanza un deseo piadoso de que se celebre un “referéndum pactado” sobre la autonomía catalana, con el apoyo tanto del gobierno catalán regional y el de Madrid. Ataca cualquier llamamiento a las tradiciones de la clase trabajadora de oposición al franquismo y al derrocamiento por parte de Franco de la Segunda República. Escribe, “España tiene una reserva democrática de incalculable valor, un espíritu republicano que tiene que dejar de ser nostálgico en relación con los símbolos del siglo XX”.

Los argumentos de Iglesias no arman al pueblo trabajador para una oposición militante al PP y a la amenaza de dictadura militar. Perfilan la vía hacia la capitulación. La “solución” que quiere Podemos que el gobierno español adopte —pactar un referéndum con Barcelona— es una que Madrid ya rechazó hace mucho. La política impotente que Podemos ha estado siguiendo hasta ahora tampoco es probable que convenza a Madrid que cambie de rumbo.

Notablemente, aunque el régimen post-franquista de Madrid está volviendo a sus raíces franquistas, Iglesias insiste en que los trabajadores no conecten sus luchas con las tradiciones revolucionarias de la clase trabajadora en el siglo XX, como la Revolución de octubre de 1917 y la Guerra Civil española.

Los trabajadores no tienen por qué obedecer la orden de Iglesias de doblegarse ante la Constitución de 1978. Sus artículos, que han permanecido inactivos durante 40 años después de que los fascistas, el PSOE y los precursores del propio Iglesias del PCE se pusieran de acuerdo sobre ellos, ahora están allanando el camino a una vuelta a la dictadura y planteando el peligro de un baño de sangre por parte del ejército español en Cataluña.

En última instancia, el significado de la carta de Iglesias es, más que nada, lo que dice sobre el propio Podemos. Este partido, que se presentaba como desafiante del establishment político y como un paladín de la “regeneración democrática” es, de hecho, parte del marco posterior a la Transición. Los cimientos de su política, como resumió Iglesias, son ese acuerdo reaccionario que se basaba en la supresión de la clase trabajadora mediante la acción combinada del fascismo, la social-democracia y el estalinismo y sus aliados pequeño-burgueses como los Anticapitalistas pablistas.

Habrá una poderosa oposición en la clase trabajadora y en toda Europa a ese giro hacia la dictadura, de los cuales las manifestaciones de masas que tienen lugar ahora en Barcelona son apenas una indicación inicial.

La cuestión crítica es la perspectiva revolucionaria sobre la cual la clase trabajadora pueda luchar verdaderamente. Una lección central de la lucha hasta ahora es que no se puede dar absolutamente nada de confianza a Podemos, una herramienta pequeño-burguesa de la clase gobernante española disfrazada de partido “radical de izquierdas”.

Sus antecedentes confirman con creces el análisis que el CICI hizo de Podemos en el momento de su fundación, advirtiendo: “Podemos, el nuevo partido dirigido por el académico y presentador de TV Pablo Iglesias y lanzado por Izquierda Anticapitalista (IA), persigue por sobre todas las cosas desarmar políticamente a la clase trabajadora”.